miércoles, 24 de octubre de 2012

Ghost in the machine


Son las cuatro y cuarenta y cuatro de la mañana. Y ahí está nuevamente. Pensé que no la volvería a ver, pero no.  Sentada en el borde de la cama, de espaldas hacia mí. Vestida de negro impecable, como siempre, con ese pelo ondulado, que apenas deja verle los ojos en la oscuridad. Entonces gira la cabeza para mirarme con una sonrisa burlesca.

La he visto pocas veces en veintiún años, pero no se me olvida esa expresión, esa puta sonrisa de las cuatro de las mañana que se ríe de las malas noticias. Trato de prender la luz, abrir más los ojos, agarrar el teléfono que está a mi lado. Nada funciona. No puedo moverme. No puedo hacer nada. Trato de decirle algo. Tampoco.

Gira completamente el cuerpo, sube las piernas a la cama, las cruza sentándose como indio, se agarra las mejillas con las dos palmas y apoya los codos en las rodillas. Y ahí tira la frase de nuevo; -"Te lo dije".- me dice con un tono melancólico más que socarrón. Miro la suela de sus botas y me doy cuenta de que están nuevas.

Los ojos se me llenan de lágrimas. Levanta una mano, dobla dos dedos frente a sus ojos y se mira las uñas como buscando alguna imperfección en esa mano perfecta. Ahora cruza los brazos por sobre la cabeza, estirándose con los ojos cerrados.

Me pregunta que si se puede meter a la cama.

Que se siente muy sola.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Cuatrocientos dos


Dormí poco, comí mucho, tomé demasiado. No me acuerdo muy bien, pero no tenía ganas de levantarme. A duras penas puse "All Your Women Things" de Smog. Tomé un vaso de leche cultivada, o algo así, me metí a la ducha, abrí la ventana un poco, limpié el espejo empañado con la toalla de mano.

No recuerdo que ropa me puse, o si me afeité o no. Ni de la hora, ni si había sol o estaba nublado. Sólo me acuerdo de que llené un vaso de agua,  salí a la terraza, regué la planta que me regaló el Benja y me quedé mirando el árbol del frente por mucho rato. Es un encino. Eso creo al menos.

Entonces,  me llama mi vieja, me dice que me están esperando para empezar a almorzar, que me apure, que no lleve nada, que hay de todo, que todos ya llegaron. Pienso que siempre me han dicho que no cumplo lo que prometo, que soy abandonador, que soy torturador. Pero sigo pensando en lo contrario, que no cumplo todo porque prometo demasiado, que sienten que los abandono, porque cuando amo, lo hago con una intensidad que es imposible de mantener, que torturo para defenderme de la incomprensión.

Bajo, salgo a la calle, y antes de subirme al auto, miro la ventana de tu departamento.
Sé que estás con él.
Los ojos se me llenan de lágrimas, me arrepiento demasiado de haberte dejado ir.

Subo al auto, no parte.
No tiene batería.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Zona de promesas


Tengo mucho sueño, son las dos y cuarto de la mañana, tomo un café caliente. Para el frío, para despertar.  Para no quedarme dormido, en realidad. Miro la camioneta con todas mis cosas, que a todo esto son poquísimas. Miro la fila de camiones que pasan por la carretera en ambas direcciones, miro el letrero del precio de la bencina que imagino van a tener que modificar cuando el litro cueste luca.

Me acuerdo que Gonzalo está de cumpleaños hoy. Hace tiempo que no lo veo. En realidad hace tiempo que dejé de verlos a todos y no tengo muy claro en qué andan. Debería llamarlo en la mañana, aunque sea esa típica llamada que promete que nos veamos o algo parecido, y que nunca se cumple.

Termino el café, salgo, pero en vez de subirme al auto, me quedo hipnotizado pensando que todo lo que me queda, está en este auto, en la mitad de la nada. Camino un poco, me acerco a la carretera, le pregunto a los bomberos si estamos cerca de alguna ciudad, de algún pueblo, de algo. Me responden algo que no entiendo y prefiero no seguir preguntando.

Camino hacia el auto, pienso en ti. Me quedo mirando mi reflejo en el vidrio empañado. Tengo el pelo largo. Y la barba. Con el dedo dibujo un vaso lleno hasta la mitad. Pienso en que me dirías que es un vaso medio vacío.

Dejo las llaves sobre el techo.

Camino hacia el norte.

martes, 21 de agosto de 2012

Amador


No había comido nada ese día. Trabajé hasta tarde, me puse esa camisa blanca que, aunque es un poco corta, me trae buena suerte. Te paso a buscar, y nos vamos a ese lugar con la alfombra a cuadrillé y los mozos que parecen modelos.

Y no sé qué pasó, pero me doy cuenta de que mientras tú juegas con el fondue de queso, yo estoy absolutamente borracho. Para terminar de arreglarla, sigo tomando, me emborracho más, quiebro una copa, la escondo al lado de la pata de la mesa, grito a toda boca, le chiflo a Benjamín, el mozo de cara cuadrada perfecta, para que nos traiga la cuenta.

La gente de las mesas de los lados nos miran y yo apenas me contengo las ganas de tocar el piano blanco de cola que está en la esquina, para demostrarles lo poco que me importan y lo bien que toco el piano por lo demás. Salimos a la calle, partimos en el jeep.

Entonces, justo ahí, en la mitad del puente, me dices que te dé un beso. Y te digo que bueno, pero uno como la gente, nada de medias tintas. Paro el auto, me bajo, le doy la vuelta, abro tu puerta, te bajo, te agarro del trasero y nos damos el mejor beso del planeta.

De reojo miro el auto de atrás que espera que termine esta escena.

Es de pacos o algo por estilo, por las balizas digo.

Es hora de ir a casa.

sábado, 18 de agosto de 2012

Tetris


Nuestros clientes no nos pagan, nos dicen que esperemos hasta la próxima semana, ya llegamos a fin de mes, no hay plata. Reviento las líneas de crédito, las tarjetas, le pido a la ejecutiva que nos pague algunos sobregiros, que aguante un poco más. Le pagamos a los proveedores, a los empleados, y el almuerzo ritual de último viernes del mes; lo pagamos con un cheque a quince días.

Todos están felices, pedimos vino, celebramos por estar vivos. La tradición es que después del almuerzo de fin de mes; todos se van a su casa y están con su familia. Yo camino de vuelta a la oficina, respondo algunos correos, pongo la alarma, cierro y me voy. Antes de eso, reviso la caja chica, saco las últimas cinco lucas y pienso que es toda la plata que me queda en esta existencia. Bajo al estacionamiento, me subo al auto y veo la luz de la bencina parpadeando. Pienso que es absurdo tener un Porsche y no tener plata para la bencina. Lo dejo ahí, me robo los audífonos de la Olivia que los dejó en el asiento de atrás, camino cuarenta y cinco minutos a la casa.

Miro la música que tengo en el teléfono, pongo Somewhere Else de Marillion. Paso al Lider de Tobalaba, compro dos Australes calafate y una bolsita de pistacho con las cinco lucas.

Camino hacia la casa, te veo desde lejos, llegamos casi juntos.

Miro tu nuevo color de pelo.

Mi vida es perfecta.

miércoles, 15 de agosto de 2012

3 AM


Son las tres de la mañana, se acaba la música, se prenden las luces. Un par de minas duermen en los sillones y otras en el dormitorio principal, algunos miran las peleas de lucha libre en el televisor del living. Me ofrezco a llevarte, me dicen que te cuide, que maneje con cuidado. Bajamos por la Kennedy, te digo que te voy a raptar, que vayamos a mi casa. Nunca hago eso, pero no quiero que termine la noche. No todavía. No contigo.

Me dices que bueno, que pasemos a comprar cigarrillos. Pasamos a la bencinera de Lota con Tobalaba. Me bajo, me doy cuenta de que estoy un poco borracho. Me doy cuenta que estoy feliz. Me acuerdo de que fumas Lucky e incomprensiblemente compro una cajetilla blanda. Me subo al auto, te la paso, te cagas de la risa por lo ordinario del formato. Partimos, llegamos, subimos.

Imagino que tengo que darte un beso o algo. Porque ya me gustabas desde hace algún tiempo. En realidad ya estaba enamorado de ti y no sabía muy bien qué cresta hacer con eso. Entonces, prendemos un par de cigarrillos y comenzamos a hablar. Y ahí cambió todo. La conversación contigo fue fascinante, las historias trascurrieron unas tras otras, las horas pasaron, los besos quedarían para otra vez.

Al día siguiente fue lo mismo y terminamos hablando hasta la misma hora.
En realidad normalmente hablamos hasta tarde.

A veces miro mi reloj.

Siempre marca las tres de la mañana.

Temores


Pongo Anesthesize por enésima vez. Prendo la llave del gas de la cocina, cierro las ventanas, cierro las cortinas, saco una hoja de papel en blanco y escribo esta despedida. Me gustaría irme con alguna genialidad, algo fuera del lugar común. Algo que todos recordaran. De una manera divertida al menos.

Entonces como epitafio, comienzo a escribir lo que pienso de lo que iba a ser la vida conmigo y ahora sin mí. Hago un listado de cosas buenas y malas, pero así y todo no quedo conforme. La releo varias veces y lo encuentro una basura mal escrita.

Arrugo la hoja, saco una nueva, pongo la canción de nuevo, ventilo la casa, vuelvo a cerrar las ventanas y las cortinas, me vuelvo a sentar, vuelvo a escribir, vuelvo a prender el gas. Empiezo un párrafo que pido que me cremen, que lleven mis cenizas a la pasarela de Lenga, mejor  al bosque de Vichuquén, mejor a Kennedy con Manquehue dónde tuve el accidente, mejor al hospital de la Fach donde nací.

Distribuyo equitativamente mis pocas cosas, el departamento, la casa en la playa. La motoneta, el porsche viejo. La cámara de fotos para Felisa, mis libros para Juan, mis discos para ti. La bicicleta para Enrique, mis platos y vasos para mi vieja, los cuadros para mi hermana, para su casa nueva.

Y para terminar, te escribo que esa vez que te mostré la Playboy de la Cindy Crawford y te dije que eras igual; hablaba en serio.

jueves, 9 de agosto de 2012

No más noches


Se supone que no debió ser así. Teníamos una hora para tomar un café juntos, pera conversar, para  tomarnos las manos bajo la mesa, o algo parecido. Pero desde que nos sentamos, tuve el presentimiento de que algo malo iba a pasar. La mesa que quisimos ocupar estaba ocupada por un letrero de ocupado. Tuvimos que pedir que alguien nos atendiera cuando ya había pasado mucho rato.

Se supone que no debió ser así. Que era mejor pedir un par de cafés con medialunas, pero tu colon y mi mis ganas de empatizar, terminaron con dos jugos y un par de muffins. Siempre caminamos por esta calle, siempre miro este café. Te insisto, sin mucha simpatía, de que es extraño que nunca lo hubieras visto. Me respondes, con odiosidad, de que no eres tan perfecta como yo.

Se supone que no debió ser así. Que ya habíamos acordado de que era una falta de respeto, y de cariño por cierto, esa cosa de hablar o teclear por el bendito teléfono cuando estábamos conversando algo importante. Pero no, insististe que tenías que contestar, que podía ser alguien de la pega.

Se supone que no debió ser así. Que ya habías terminado esa vieja relación enferma, que ya no te iba a llamar más. Menos que te ibas a hacer la desentendida y que me ibas a mentir cuando te pregunté quien llamó.

Se supone que no debió ser así. Que ya no iban a haber más noches tristes.

lunes, 6 de agosto de 2012

Salir de viaje


Llegamos al aeropuerto con el tiempo justo. Te dejo en la puerta tres, bajo tu maleta y la mochila, tomo el auto y parto a estacionarlo. Busco un lugar alejado por mi manía de evitar los portazos, lo cierro y corro para alcanzarte.

Es de noche, hace frío, estoy preocupado porque hace un día ya que tienes una puntada en el estómago y no se te quita. Subo por el ascensor y te veo haciendo una fila interminable, sentada sobre la maleta, doblada del dolor, balanceándote para ver si eso te ayuda.

Me ves, te reincorporas,  sonríes para que no me preocupe. Entonces se nos acerca una asistente de LAN y nos dice que todos los vuelos a Colombia se cancelaron. Nos damos cuenta de que vamos a perder la conexión a Cartagena, el hotel, el arriendo del auto, la travesía en burro, las noches en la hamaca de Tayrona.

Miro alrededor y la gente reclama airadamente, muchos ya perdieron la paciencia, una vieja grita como loca porque su nieto tiene frío. Me doy cuenta de que tienes los ojos brillantes de dolor, pero no quieres que se te note. Me preocupa de que sea algo grave y me desespero por no saber que mierda hacer.

Me doy cuenta de que no vamos a viajar. Pedimos un cambio de pasajes y nos agradecen nuestra buena disposición. Volvemos a la casa, pasamos por la farmacia, compramos Viadil.

Terminamos en la clínica.

Nos dicen que estás embarazada.

Te amo.

domingo, 5 de agosto de 2012

Vivir juntos


Ponemos sobre la mesa las galletitas con el queso camembert, el salame, el plato con dulce de membrillo, el queso chanco laminado, el pocillo con huevo, los vasos con leche cultivada y de la otra. Las magdalenas, el jugo, la frutilla picada con plátano, el té inglés, el agua con cascarita de limón.

Luego del desayuno, recogemos las cosas, limpiamos la mesa y armamos el tablero de monopolio. Tengo buena suerte en los dados, compro todo lo que se me pone por delante, mientras los niños tratan de quedarse con los barrios que sobran. A ti la suerte no te acompaña, en cinco vueltas no logras pasar por el banco, tienes solo una propiedad comprada, vives pagando rentas al resto.

Dejamos el juego inconcluso, nos duchamos con cronómetro para repartir el agua caliente del termo, todos se visten y yo te seco el pelo. Buscamos las entradas que compramos por anticipado, nos abrigamos un poco más, nos subimos a nuestro auto viejo y nos vamos al cine. Trato de convencerlos que no compremos ni cabritas, ni bebidas, ni nada. Les digo que la película ya empezó, que debe estar llena la sala. Pero no, ganan ustedes y terminan riéndose de mí porque hay cinco personas sentadas aparte de nosotros. Además la película se demora en empezar unos diez minutos más, entre tanta tontera que pasan antes.

Volvemos, almorzamos y nos metemos todos juntos a la cama para seguir viendo películas.

Traigo la cámara, nos saco una foto.


Sonreímos.

martes, 31 de julio de 2012

Los tuyos y los nuestros


Lola no termina nunca de armar su maleta. A pesar de que echó todos sus vestidos y sus zapatos de charol, dice que le falta un poco, que la esperemos. Se parece tanto a ti, aparte de las orejas, del pelo negro largo, de las cejas; se parece en que se demora una eternidad en estar lista para salir.

Ramuntcho espera sentado sobre su mochila. Es pequeña, bien armada, con lo justo y necesario. Me mira con cara de risa por mi desesperación de no poder partir. Escucha un Ipod, canta en inglés perfecto canciones de hace diez años atrás. Es tan distinto a ti y a mí.

Nos subimos al auto, subimos por Santa María, llamo por celular para que baje el triple pack, como cariñosamente los bautizaste.

Pablo viene con su mochila, con una bolsa con los zapatos de los dos, y con un bolso de mano en que trae su ajedrez, el computador y los juegos del Rafa. Pablo le cuesta mirar a los ojos. Cuando lo hace, se queda mirando de lado, como pensando.

El Rafa saluda a los más chicos poniéndoles caras divertidas. La Lola y Ramuntcho le celebran todo, mientras Pablo mueve la cabeza con desaprobación. El Rafa es el centro de mesa y el alma de la fiesta.

La Verito se acerca a mi ventana, me dice que quiere manejar ella.

Nunca le diría que no a algo que me pidiera.

Pasamos a Huentelauquén, a comer empanadas.

Amor a primera vista


Quedamos de juntarnos con la corredora en el departamento 1503 a las cinco en punto. Llego cinco minutos antes, me estaciono en la cuadra anterior, camino apurado, saludo al conserje y espero el ascensor. Pienso que llevo mucho tiempo buscando este departamento. Que es perfecto. Que firmo hoy y me cambio en un par de semanas.

Subo al ascensor, marco el quince, espero que se cierre la puerta. Entonces la puerta se vuelve a abrir y aparece ella. Alta con su abrigo azul, con la chasquilla recortada. Apenas me saluda y vuelve a marcar el quince. La miro de reojo, trae un archivador, unos libros y unas hojas con apuntes. Alcanzo a leer que se trata de un magister. Tiene cara de cansada.

Mis ganas de ser amable le ganan a la ansiedad, la dejo bajar primero, camino casi a su lado por el pasillo estrecho. Para mi curiosidad, se detiene frente a la puerta del 1503 y toca el timbre. Entramos al living. Saludo a la corredora y trato de explicarle que no venimos juntos. Sin embargo, nos cuenta que la llamamos el mismo día, que hicimos la oferta a la misma hora, que nos pongamos de acuerdo sobre quién se queda con el departamento.

Extrañamente, por primera vez no siento rabia ni frustración.

La miro, le digo que ella decida.

Que si le parece, nos casemos y vivamos juntos.

Me dice que no sabe cocinar.

Le digo que eso ya no me importa más.

domingo, 29 de julio de 2012

Baile de bodas


No hace mucho calor, corre un viento tibio. Cien de nuestros mejores amigos y familiares nos abrazan. Me pasas la libreta de familia para que no se pierda, la trato de meter en el bolsillo de la chaqueta y me doy cuenta de que sigue cosido, a pesar de que no es nueva.

Miro tu vestido blanco. Es corto, harto más arriba de la rodilla. Es asimétrico, un hombro queda a la vista y el otro tapado. Tiene un cuello alto y apretado, y un bolsillo en la parte de abajo que calza con el hombro descubierto.

Sirven champaña, la gente brinda, suena una canción de Soraya, todo el mundo ríe. Entonces pasa lo que mil veces te dije que no quería. Hablamos de eso muchas veces y fue lo único que te pedí. Del resto no opiné nada, pero esto para mí era importante. Suena el vals. Todo el mundo hace un círculo alrededor nuestro.

Te miro con cara entre súplica y rabia. Te encoges de hombros haciendo un gesto de inocencia, te acercas y tomas mi mano. Siento como todos están mirando. Quiero escapar de ese lugar.

Entonces, bailamos. Y cuando creo que viene lo peor, recuerdo esas tardes de miércoles en la casa de Bellavista cuando mi vieja bailaba conmigo un vals, me marcaba el ritmo, me contaba los compases. Yo tenía ocho años.

Te digo al oído que mi vieja me enseñó a bailar.

Me dices que a ti te enseñó tu papá.

sábado, 28 de julio de 2012

Amor (dos)


Nunca encontré cómo decírtelo. Que me gustabas, que quería invitarte a salir. Fue imposible. Yo no existía para ti. A pesar de que nos cruzamos un montón de veces en el ascensor de dónde trabajábamos.

Entonces desistí de la idea, lo olvidé, te cambiaste de pega y no nos vimos más. Hasta ese día que, de borracho, le pinté amarillo el techo a mi auto negro y salí en la mitad de la noche a buscar pasajeros,  me paraste en Apoquindo, y te subiste pidiéndome que te llevara al aeropuerto.

No dije nada, pensé que me ibas a reconocer, pero no. Como siempre, no pude hablar, y me quedé en blanco. No atiné a nada mejor que poner una canción de Sabina que una vez contaste que te gustaba. Tampoco resultó, me dijiste que por favor apagara la música y que no te hablara.

Me dices que me vaya por Vespucio y no por la Costanera Norte. Me dices que suba la calefacción, que tienes un frío de mierda. Me conformo con mirarte por el retrovisor en la oscuridad, mientras tecleas en dos teléfonos a la vez. Me dices que mire para adelante mejor, que vamos a chocar si te sigo mirando para atrás.

Pierdo la paciencia y te digo que te conozco.

Me dices que sabes perfectamente quién soy, y que soy un patético por estar jugando al taxi un jueves en la madrugada en vez de invitarte a salir.

Miro hacia adelante.

No sé qué decir.

jueves, 26 de julio de 2012

Amor (uno)


Me pides que te confiese cuando empezó todo. Que cuando empecé a enamorarme de ti, de ese amor que no tiene vuelta atrás.

Que no fue en la fiesta, porque fue antes de eso; que no fue esa vez que nos encontramos en Bellavista y no te acordaste de mí, a pesar de que estábamos sentados en mesas vecinas y te miré todo el rato. Que fue después de eso.

Que no fue esa vez que te mandé las flores con un nombre falso, porque fue antes de eso; que no fue esa vez que me quedé mirándote con la boca abierta mientras bailabas sobre esa rejilla iluminada, en ese antro en Noviembre. Que fue después de eso.

Que no fue la vez que fuimos por primera vez a mi casa, esa en que estuviste a punto de llorar dos veces , porque fue antes de eso; que no fue la vez que te dije que andaba con el vestido de novio en la guantera del auto. Que fue después de eso.

Que no fue la vez que te abracé y te dije que te quería por primera vez, en la despedida del aeropuerto, porque fue antes de eso; que no fue la vez que te abracé en el terminal de buses de la Alameda como a la una de la madrugada. Que fue después de eso.

Te escucho atentamente y te digo que tienes la razón.
Que no fue ninguna de esas veces.

Que te amo desde siempre.

martes, 24 de julio de 2012

Amor Amor


Me quedo mirando como armas la maleta con las pocas cosas que te quedan en la casa. Me gustaría decirte que te quedes, que lo intentemos una vez más. Que vayamos a terapia, que nos perdonemos, que hagamos un viaje, que hagamos algo.

Pero no hay nada que hacer. Ya me dijiste que habías pensado tu decisión. Que era lo mejor. Que estabas segura. Que no dijera nada más.

Te acompaño al ascensor, no me dejas subir. Me das un beso en la frente y te vas. Vuelvo a entrar, me tiro sobre la cama y me doy cuenta de que olvidaste tu perfume. Ese del frasco rojo.

Y ahí empezó el rito, el de ponerle un poco de perfume a la almohada todas las noches y repetir en voz alta, con la luz apagada, las buenas historias que tuvimos juntos durante todo esos años, para no olvidarlas.

Fueron meses de hacerlo todas las noches, luego empezó a ser un par de veces al mes, luego pasaban meses sin volver a lo mismo. Entonces pasó el tiempo, se acabó el perfume, compré otro frasco pero ya no era lo mismo.

Olvidé el asunto, boté todo a la basura, me cambié de casa. Me puse viejo, pasó el tiempo, nunca volví a estar con alguien, enfermé irremediablemente.

Miro por la ventana de la pieza de la clínica, me dicen que tengo visitas. Hace años que no tengo visitas.

Entras tú, o alguien muy parecida a ti.

Huelo tu perfume.

lunes, 23 de julio de 2012

Hormigas


Irremediablemente termino contándote sobre mis sueños.  Algunos son más entretenidos, otros son de lugares comunes. Trato de levantarme y escribir en la mitad de la noche lo que sueño, así no olvidarlo al día siguiente.

Este sueño trata de que voy caminando por un bosque. Es un día de invierno, hay un sol tibio. Es un camino ancho, lo suficiente para que pudiera circular un auto pequeño. Sin embargo, alguien excavó unos hoyos cuadrados de unos tres por tres metros, de tres metros de profundidad, de tal manera de dejar el paso solo a los caminantes. Los hoyos están llenos de basura, de bolsas, de botellas plásticas, de qué se yo.

El camino tiene unos setecientos metros desde un portal de madera hasta que se abre entre los árboles para dejar ver una playa paradisíaca secreta. En la playa  hay gente. No mucha, pero suficiente para que sea una molestia. Algunos hacen fogatas, otros ponen una música insoportable.

Me alejo de la gente yendo al extremo dónde está asoleado y no hay nadie. Me siento en la arena, jugando excavo un poco y encuentro un tesoro.

El sueño transcurre entre la felicidad de haber hecho el descubrimiento, la imposibilidad de rescatarlo y llevármelo sin que el resto lo note, el plan de cómo hacerlo en otro momento.

Trabajo varias noches, lo desentierro, lo llevo escondido a la casa.

No me canso de mirarlo.

Es un cofre, como los de los cuentos.

Está lleno de ramitas de queso.

Soy feliz.

martes, 17 de julio de 2012

Pulsar

Justo cuando nos conocimos, te pasó lo del tobillo. Vi tus fotos en lo de facebook con esa bota gris, las típicas que ponen ahora, en vez de la bota blanca de yeso de antes. Entonces nos mandamos mensajes por primera vez y te conté mi accidente a caballo; que yo sabía lo que era estar con esa bota por meses y caminar con bastones.

Me preguntaste más detalles, de cómo había sido, que si me había recuperado bien y todas esas cosas. Te respondí que lo buscaras en google, que estaba en todas las noticias, que había sido famoso por el par de días que quedé perdido en el bosque y que todos me buscaron.

Luego no nos vimos más, luego pasó el tiempo, nos encontramos, nos pusimos de novios, nos fuimos a vivir juntos, nos casamos. Luego nunca más hablamos de ese asunto.

Y ahí se juntan las dos historias. Los caballos con la de la playa famosa que nos contaron que existía, cerca de Lenga, dando al Pacífico. La que buscamos en nuestra primera cita, y también en la segunda. La que creímos haber encontrado una vez, que sacamos fotos y luego supimos que no era.

Y ahí estamos, bajando el caballo del trailer, porque ahora sabemos donde queda la playa y que solo se llega a caballo. Te subes a una cerca, mientras observas ponerme las botas y ensillarlo.

Miro al caballo, gira la cabeza y me queda mirando.

En sus ojos veo la locura.

jueves, 12 de julio de 2012

Resaca


Estamos sentados, nadie nos atiende, el lugar está lleno, una abeja sobrevuela solamente la mesa de nosotros. Hay un olor intenso a pescado frito, el sol me da directo en la cara. Me duele la cabeza, anoche tomamos más de la cuenta, seguimos esperando que alguien nos atienda.

Miro la puerta de vidrio de la entrada y me da risa una leyenda, escrita a mano con pintura blanca, que dice que no está permitido el ingreso de personas ebrias. Supongo que estamos ebrios técnicamente. Miro hacia afuera, los autos pasan por la costanera, el mar está tranquilo, el cielo azul perfecto, un par de nubes esponjosas a lo lejos. Logramos que nos traigan un par de cervezas, la abeja sigue molestando, ya no cabe más gente en el boliche.

Te miro, estás con un vestido corto con flores, medias negras y un chaleco negro con los puños elasticados. Como te veo a contraluz, tu pelo se ve de color rojo.  Hago un silencio, pienso en que me gustaría formalizar el tema contigo, que llevamos mucho tiempo juntos, pero que no hemos dicho nada. Entonces, justo cuando nos traen los platos con el pescado frito y las sopaipillas, te miro a los ojos y te digo si quieres ser mi novia.

Te empiezas a reír de nerviosa, me preguntas por qué te pregunto eso.
Te digo que quiero que seas mi novia, que es una pregunta simple.

Me dices que bueno.
Te ríes.

Me pides que te pase la sal.

martes, 10 de julio de 2012

Purísima


Como Juan, yo también empecé a repetirme en las historias. Pero bueno. Ya está.
Es esa del puente de Purísima con Bellavista. Esos puentes que en realidad son dos, juntos iguales, porque como yo soy más viejo, me acuerdo cuando lo corrieron con rieles un par de cuadras. Creo que uno era el de Loreto. Porque el puente de Pio Nono lo corrieron un poco y luego lo transformaron en un café. Ahora es un teatro.

Bueno, el asunto es que vamos por Purísima, a cruzar uno de los dos puentes, cuando un taxista por cambiar de pista, nos encierra y casi choca tu puerta. Con una mano te agarro y te empujo hacia mí y con la otra giro el volante para pasarlo y encerrarlo de vuelta.

No alcanzo a bajar el vidrio para decir algo, cuando me empiezas a putear. Que por qué hice eso, que el taxista también es una persona, que no lo conozco, que debe tener una familia e hijos, que seguramente está estresado por la pega del taxi y todo eso. Que qué derecho tengo a pensar que es un imbécil, si no lo conozco.

Prefiero no decir nada, una vez más me siento estúpido y solo. Sigo por la costanera hacia arriba, te miro de reojo la chasquilla que ya te creció, y me acuerdo que la había guardado en un papel la última vez que te la cortaste.

Me acuerdo que botaste el papel.

Bueno, al final son detalles sin importancia.

jueves, 5 de julio de 2012

Doppler


Vamos por la ciento cincuenta y seis desde Collipulli a Santa Juana, cerca de Nacimiento. Vamos últimos en una fila interminable de autos detrás de un camión. Aprovechamos de hablar un poco del fin de semana, de los planes para el futuro, de las discusiones de tu familia y de la mía.

Me miras, pones la voz de niña y me preguntas si todavía pienso en tener hijos contigo. Te respondo que no, que en realidad no quiero. Te ríes porque sabes que te estoy molestando. Miro hacia adelante, veo la fila de autos y que nadie se anima a adelantar.

Tengo muchas ganas de llegar a la casa, ducharme y cocer los camotes que compramos. Cambiamos la música y ponemos Close Cover de Wim Mertens, aparece una recta infinita, engancho en tercera y comienzo a adelantar a todo el mundo. Nos acercamos a una subida, pongo cuarta, pasamos a todos los autos y quedamos a nada de pasar al camión.

Me dices que no lo pase, que no se ve nada hacia el otro lado. Te hago caso, terminamos la subida detrás del camión  y nos encontramos con los pacos que están controlando la velocidad. Te miro con cara de culpable agradecido, me dices que doble en un camino de tierra que se ve adelante.

Te hago caso, doblo de curioso, avanzamos y me pides que me detenga. Te bajas, te sacas los pantalones, me dices que mire para otro lado.

Me cuentas que ya no aguantabas más.

sábado, 23 de junio de 2012

Hay locuras


Cortamos el teléfono, la última pregunta que me haces es si estoy seguro de que te amo realmente. Son las dos y media de la tarde, estoy metido en la cama, vestido. Afuera hace calor aunque es invierno.

Decido que mejor tomo el auto y voy a verte. No me importa manejar quinientos kilómetros, pero necesito decírtelo personalmente, que sí estoy seguro, que no es un juego. Que no soporto la idea de pasar otra noche peleado contigo, de seguir con la incertidumbre de si esto va a hacia alguna parte o ya no funciona más.

Paso a echar bencina en la salida de Santiago, como algo, tomo un café para no quedarme dormido. Pienso en que si te gustará verme, en que quizás no y que ya no quieres verme más. Pasan las horas y los kilómetros, miro el atardecer con un cielo anaranjado impresionante en Linares. Cambio de radio cada cinco minutos para subirme el ánimo, para ganarle al sueño.

Oscurece. A lo lejos miro las luces de Chillán, miro la hora y ya son más de las siete. Me imagino que estás a punto de salir de la oficina y que debiera llamarte en un rato, para darte la sorpresa de que por fin nos veremos.

Tomo la autopista del Itata y comienza a llover un diluvio. Prendo las luces altas y me acerco al parabrisas tratando de ver mejor. Es hora de llamarte.

Me distraigo marcando tu número.

Golpeo fuerte la barrera.

Suena ocupado.

viernes, 15 de junio de 2012

Huevo duro


Fue antes de la vez que te tomaste la botella de vino blanco tú sola, fueras a mear al baño con la puerta abierta, y me siguieras molestando desde allá. Fue antes de que empezaras a hacer la metáfora del pollito y de cómo iba engordando con el alpiste que recogía de lo que se caía de la mesa.

Fue mucho antes de cuando me cagaste con ese pollo al vino que cocinaste, el que nos terminamos comiendo con la botella de vino del matrimonio del loquito que no se casó. Fue antes de que tuviste que ordenar toda tu casa, para armar una pieza para que me quedara y que nunca ocupé. Fue antes de que te enojaras por eso y salieras a la calle a gritarme sobrenombres, en la madrugada cuando me fui.

Fue antes de que te invitara a la casa de la playa, y aparecieras con todos tus amigos y parientes sin avisar. Fue antes de que me obligaras a ir a la Playa de Caleta Abarca y sacaste los sándwiches y huevos duros de un canasto, cagada de la risa. Antes de que nos emborracháramos ahí mismo y hiciéramos una competencia de garabatos, para vergüenza de todo el resto.

Fue antes de que te mandara a Iquique, cuando querías ir a Concepción , antes de que fueras a Concepción y te escondiera los cuchillos en la maleta para que te pararan en el Aeropuerto.

Fue antes de eso que ya me caías bien.

miércoles, 13 de junio de 2012

Perone


Estaba en eso de la sertralina para la depresión, el clonazepam para la ansiedad. Estaba en eso de la terapia con la sicóloga tres veces a la semana, la ida al siquiatra los viernes, eso de quedarme pegado mirando el techo de la pieza. Eso de dormir todo el día.

Estaba en lo de juntarme con el Nene los jueves, en que me decía que no me quedara pegado ni en lo del trago, ni en lo del trabajo, ni en lo de las minas. Que no duraba más de seis meses.

Estaba en lo de la terapia de shock de mi vecino del cuarto, que me decía que mientras más reviviera el dolor, más me iba a acostumbrar y más rápido se me iba a pasar. Me decía que era como acordarse de algún ridículo público que hicimos. La primera vez era insoportable, luego daba para la risa.

Estaba en todo eso que no me servía, cuando fui a la adivina; esa de las cartas del tarot y olor a incienso del centro. Estaba en lo de emputecerme cuando me dijo que iba a encontrar el amor eterno en una mujer con capucha roja y una escoba. 

Y luego pasó el tiempo y olvidé todo eso.

Y ahora estoy contigo en lo de tu amiga Paz en Viña, y te miro con una copa de vino en la mano, una escoba en la otra y ese chaleco con capuchón rojo que te compraste con la Vale.

Eres tú.

domingo, 10 de junio de 2012

Competencias


Maldito Juan. Aunque es domingo y anoche solo tomé una copa de champaña y no me acosté tarde; él siempre gana. Aunque es muy temprano y me levanté cuando estaba oscuro todavía, ahí ya está él. Ahí está su puto escrito perfecto, en su página desde quizás qué hora de madrugada.

Afuera el cielo negro de nublado. Sigo con la página en blanco, con el computador en la cama, aunque juré una vez que nunca iba a escribir en otro lugar que no fuera el escritorio. No tengo muchas opciones, porque se acabó la parafina para la Toyotomi, hace un frío de mierda, no tengo café, ni tampoco ganas de levantarme.

Tengo en la cabeza la historia de esa noche que hablamos que me decías que estabas triste y que te sentías sola. Esa de que me fui a negro nuevamente y pensé que todo se podía ir a la mierda. Me gustaría escribir sobre eso, para contarla de otra forma, en que yo apareciera como que no soy un pendejo cagado de susto por las noches.

Pero no, creo que quizás me sería mejor escribir algo más de domingo, más positivo, sobre viajes a playas perdidas o en el sur, o en el Caribe perdido quizás. Entonces me sale esa nube que dice que me quedan siete minutos de batería y que enchufe la huevada antes de que se vaya a negro también.

No encuentro el cargador.

No dejo de pensar en cuando hicimos el amor con ropa.

martes, 5 de junio de 2012

Bruja


Pongo algo de música y me siento en el comedor. Saco una hoja desde un cuaderno viejo y comienzo a escribirte una carta de despedida. No se me ocurre como empezar, así que hago un listado de nuestras diferencias. Que yo soy viejo, que tú eres más joven, que tú eres guapa y que yo soy lo que soy.

Que yo nunca tuve ni un cuaderno y tú no paras de estudiar, que tú haces clases y que a mí me echaron de todos los colegios y universidades. Que yo no pronuncio las eses y que tú modulas perfecto, que yo soy un desatinado y tú siempre eres tan sabia en tus comentarios. Que yo soy un desastre y que tú mereces algo mejor.

Leo la lista y la encuentro absurda, decido que es mejor decírtelo en persona, tomo el auto y manejo hasta tu departamento. Nos saludamos displicentemente, nos echamos en el sillón del living.

Me das la espalda para que te haga cariño, pero me siento muy lejos de ese lugar. Saco mi ipod del bolsillo y busco alguna canción del pasado olvidado que me dé valor para hablarte.

Entonces encuentro "La Gaviota" de Silvio y la empiezo a cantar como una especie de himno de independencia.

Entonces sucede.

Sin dejarme de dar la espalda, comienzas a cantarla perfectamente, palabra por palabra, con una voz perfecta, como si en eso se te fuera a ir la vida.

En todo este tiempo, es la primera vez que cantas.


viernes, 1 de junio de 2012

Todo por vos


Me dijiste que harías cualquier cosa por mí. Lo que sea. Es verdad, fue en una pelea en la mitad de la noche, en que te desesperaste porque por primera vez hablamos de separarnos. Me miraste y me dijiste que ni cagando, que no ibas a dejar las cosas así. Me abrazaste y me dijiste que agarrabas tus pilchas, y que renunciabas a tu pega, y que te venías conmigo al norte.

Y fue en ese minuto, en que me di cuenta de que era un imbécil y que no podía pensar mi vida sin ti, en que eras todo lo que yo quería, todo lo que me importaba en el mundo.

Y bueno, nunca más se habló del tema, pero de vez en cuando jugaba con eso y te pedía cosas. Tonteras. Pequeñas pruebas estúpidas de que era verdad. Como que dijeras garabatos, o meterte la lengua por la nariz, o hacerte cosquillas. Ponerte la polera de la U y subir la foto a facebook, para que tu familia que es del Colo se enojara.

Entonces, te pedí que me acompañaras a los setenta años de mi viejo, que no veía hace años. Te pedí que dejaras de fumar, que nos casáramos, que adoptaras a mis hijos, que nos fuéramos a vivir al campo, que dejaras tus clases, tu trabajo, tu familia. Y todo lo hiciste.

Y ahora, que han pasado años, te pido que me dejes de querer.

Y ahora me sales con que no.

martes, 29 de mayo de 2012

Priodas


Pienso que es un poco tarde ya y deberías haber llegado.

Pienso que ha pasado mucho tiempo desde que nos conocimos, tenemos tantas historias juntos, tantas cosas que nos han pasado.

Pienso cuando nos conocimos y, para mi furia, insistías en hacerme gancho con tu amiga, o cuando te toqué la rodilla de puro patudo, o cuando te quise tomar la mano en ese almuerzo y me la quitaste, o cuando quería darte un beso, pero en cambio, nos quedábamos conversando en lados opuestos de la mesa hasta las seis de la mañana.

Pienso cuando te di un té que vomitaste, o cuando te llamé en la mitad de la noche con el nombre de mi ex, o cuando me dijiste que odiabas mi pésima manera de hablar, o cuando te dije que te subieras al auto de una vez, o cuando te dije que tenías que ir al cumpleaños de punta en blanco.

Pienso en nuestros viajes, como el que fuimos a esa playa con un muelle infinito, o a ese lugar dónde te dio el ataque de risa porque la gente se sacaba fotos asomando la cabeza en un cartel de tiroleses, o el de la cancha de fútbol en la orilla del mar y en la mitad de la nada, o al otro dónde te doblaste el tobillo y luego te mojaste entera y te devolviste con mi chaqueta puesta y nada más.

Pienso en eso, cuando finalmente llegas.

Pienso que te ves perfecta de blanco.

lunes, 28 de mayo de 2012

Mar


Estamos en un bosque, hay una neblina densa que hace todo un poco más memorable, paramos el auto en la mitad de la nada, tratamos de sacarnos fotos poniendo la cámara en el techo del auto.

Es extraño, te abrazo y quisiera decirte tantas cosas, pero es mejor no decir nada. Nos subimos al auto, prendemos la radio y escuchamos "We Found Love". Subes el volumen y me dices que baile. Hago unos movimientos torpes para hacerte reír.

El camino se vuelve cada vez más difícil y cerrado. Abrimos las ventanas para sentir el olor del bosque de eucaliptos gigantes que estamos tratando de cruzar. Llegamos a una bifurcación, tomamos la salida a la derecha que nos lleva a un portón cerrado. Nos devolvemos y tomamos hacia la izquierda que lleva a un camino peor aún, pero de una belleza impresionante.

No hablamos, apagamos la radio. El bosque se abre y llegamos a un acantilado donde golpea el mar levantando unas olas gigantes. Abajo vemos un caserío abandonado y los restos de lo que debe haber sido una ballenera.

Caminamos por un sendero que baja con mucha pendiente, nos acercamos a la orilla del mar embravecido. Saco la cuenta que para llegar a este lugar, nos hemos visto veinticinco días de nuestras vidas y tomado siete aviones.

Te miro adentrar en el mar caminando por un molo estrechísimo mientras las olas tratan de hacerte caer.

No se si sea digno de ti.

Siempre le he tenido miedo al mar.

jueves, 24 de mayo de 2012

Profecías


Son las once y treinta. Recién terminamos de comer y mi amigo Juan me dice que lo acompañe a saludar a alguien que está de cumpleaños. Tengo un poco de sueño, no tengo muchas ganas, pero siempre termina convenciéndome de que me va a presentar a alguien. Siempre el mismo cuento de que voy a encontrar a mi futura esposa, pero termino solo y aburrido.

Subimos por Apoquindo, doblamos un poco más arriba del Omnium y estacionamos el auto. El conserje nos dice por el citófono que no quedan estacionamientos de visita disponibles, así que dejamos el auto en la calle. Antes de subir, vamos a una botillería que queda en la esquina, hacemos la fila, compramos un vodka y algunas bebidas. Un par de Red Bull y cigarrillos.

Volvemos a cruzar la calle, entramos al edificio, hablamos con el conserje y subimos. Nos abre la dueña de casa, una mina de un poco más de treinta, muy simpática. Está sola con el que imagino que es su novio. Abrimos una botella de vino tinto, mientras Juan toma vodka.

Comienzan a llegar el resto de los invitados, curiosamente hay pocos chilenos. Llegan unos mexicanos, argentinos y no sé qué más. Ahora tengo más sueño. Miro los adornos mexicanos del mueble de la entrada, los afiches de películas que están en el pasillo, escucho Paul van Dyk con "Let Go", tomo más vino.

Entonces, suena el timbre, y entras tú.

Te miro.

Y todo se va a la mierda.

Maravillosamente.

lunes, 21 de mayo de 2012

Fantasmas


La misma escena. Está bien, es otro lugar, en otra época. Estoy más viejo, más racional, pero la escena en sí es la misma. Es tarde, de madrugada, los dos hemos tomado un poco, los dos estamos cansados, quizás quisiéramos hablarlo en otro día, a otra hora; pero no.

Ella abre la ventana de la terraza. Por un segundo pienso que quiere saltar. Que no puede aceptar que lo nuestro se está acabando porque no puedo soportar que me mienta. No es una mentira sobre si pagó o no la cuenta de la autopista. Me miente sobre su antiguo novio, que ahora descubrí que se siguen viendo, que ella dice que son sólo amigos, que no me lo dijo para que no sufriera más, para que no me pasara rollos.

Sólo atina a decirme que yo también le he mentido, que fue una tontera, que la culpa la tengo yo con mis celos. No hablo nada, porque no tengo mucho que decir. Para variar termino sintiéndome culpable, para variar  se me viene el peso de la noche. Como a Portales.

Quisiera salir corriendo, olvidarme de todo lo que planeamos, olvidarme de ella, del mundo. Pero esta vez hay algo diferente. Ella respira profundo para no llorar, me abraza de todas las maneras posibles, se para y camina para todos lados como un animal encerrado.

Me dice que mejor no sigue hablando, porque siente que la está cagando cada vez más.

La miro.

Pienso que debería decirle que nos casemos.

jueves, 17 de mayo de 2012

Pijamas


Hace frío, deberíamos prender la calefacción. Estoy tapado entero, metido en la cama con pijama desde temprano. Escucho cuando llegas, dejas tu cartera en el suelo, te sacas los zapatos en el living, vas hacia la cocina. Bajo el volumen del televisor y te escucho llenar un vaso con agua de la llave y tomarla con sorbos grandes.

Me hablas desde allá, me cuentas de tus clases, de las cosas que estás estudiando. Apagas las luces, entras a la pieza tecleando algo en la blackberry, me miras de reojo. Sueltas el teléfono, me abrazas y me das un beso cariñoso.

Vas al baño, tomas tus remedios para la migraña, vuelves a la pieza con el pijama en la mano y terminas de esparcirte una crema en la cara. Te desvistes al lado de la cama, apago el televisor y te miro.

Te quedas inmóvil por un rato y me preguntas sobre qué estoy mirando. Te digo que a ti, que eres demasiado guapa, que me encantas. Te ríes, me dices que eso no es verdad, que soy un mentiroso.

Me tapo la cara con la almohada y sin ver nada, te describo. Con precisión en todos los detalles que recuerdo. Desde tus cejas y tus pómulos, hasta ese lunar que tienes en el pie, cerca del empeine.

Me saco la almohada, te miro muerta de la risa y roja de vergüenza.

Te pones el pijama.

Me quitas el control remoto.

Me pides que te traiga otro vaso con agua.

martes, 15 de mayo de 2012

Remolinos


Para variar se me acaba la batería del celular. Justo cuando te iba a contar que me esperaras un rato más, porque estaba en un taco. Siempre lo mismo de todos los viernes. Miro las caras de la gente impaciente, comienza a atardecer, todos tocan las bocinas.

En la radio suena “Crossfire” de Brandon Flowers. Puede que sea una basura de canción, pero me recuerda mucho a ti. Quizás, y ahora que lo pienso, todo me recuerda a ti últimamente. Los autos no se mueven, canto la canción a los gritos. Una mina del auto de al lado me mira muerta de la risa y lejos de importarme, canto más fuerte, ahora mirándola fijamente.

Pasan los minutos y apenas avanzo un par de cuadras. Trato de tomar las calles laterales, pero es más de lo mismo. Avanzo otro poco y llego a la esquina de tu casa. Te veo desde el semáforo, apago la radio, te miro jugar con el celular.

Doy la vuelta, quedo al frente tuyo y no te das cuenta de que soy yo, porque ando en el auto nuevo de la oficina. Pienso que debería bajarme, tomarte en brazos, besarte como si se fuera a acabar el mundo. Pienso que debería decirte que me gustan tus medias con dibujos, tu abrigo, tus zapatos. Decirte lo maravillosa que eres y lo bien que lo paso contigo.

Entonces me ves, corres, te subes al auto y me das un beso.

Me dices que estás embarazada.

Te abrazo.

viernes, 11 de mayo de 2012

Despedida


Me acuerdo perfecto cuando te conocí. Fue un amor a primera vista, en realidad a primera lectura. Me encantaba leer los artículos que escribías, tus comentarios, lo que pensabas. Pensé que eras una persona inventada, o con un prodigioso talento de buscar información por internet. Pero no. Eras real.

Investigué quién eras, qué hacías, conseguí tu foto, te contacté. Fuiste igual de amable que tus escritos, y más interesante aún. Me llamó la atención lo bien que modulabas, tu humor fantasioso y técnico. Me acuerdo esa vez que te invité por primera vez a comer, esa vez que empezaste a describir tu plan de conquistar el mundo a través de un país africano. De cómo protegiendo a tu ejército del SIDA, ibas a dominar África primero y luego el mundo. Sin más armas que condones.

Me acuerdo que nadie rió mucho con el asunto, pero yo me maravillé contigo. Luego fue tu cumpleaños y te regalé un DVD de " Apocalypse Now" envuelto en una hoja de revista. Me acuerdo que te sorprendió un poco. Nunca supe si por el gesto, o porque te gustaba lo de "Walkürenritt" de Wagner. Me acuerdo que me fascinó tu mundo y tus amigos, me acuerdo cuando empezó el "por qué de la locura" con un mail. Me acuerdo de la regata en Temuco cuando nuestro bote casi se hunde pero de milagro llegamos y terceros.

Me acuerdo de anoche.

De la despedida.

Me acuerdo como el día más triste de mi vida.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Si lo preguntas


Nos juntamos en un café, me dices que esto no puede ser más, que te cuente lo que tengo con ella, que en qué minuto dejé de quererte, que cuándo me enamoré. Que por qué ella.

Te digo que es verdad. Que si tanto te importa, te lo cuento sin problemas. Que lo dije siempre, que lo nuestro no funcionaba por tu frialdad y porque nunca pudiste decirme que me amabas. Que me aburrí de estar contigo pero sentirme solo. Que me aburrí que te burlaras de mis historias y que me trataras de mentiroso y de soñador. Que me aburrí de tu poco compromiso y que siempre buscaras en mí la explicación de tu falta de amor.

Que sí, que es verdad que le conté mis historias, pero que ella es distinta. Que ella un día, me escribió las suyas, y no lo vi venir. Que no supe qué responder ni qué hacer. Que a todo esto, no era necesario hacerlo tampoco. Que no me dejó siquiera respirar, y me siguió escribiendo, y que ya no hubo vuelta atrás.

Que ella sí sabe dar besos y abrazos,  que ella sabe dormir abrazada, que sabe no dormir y hablar hasta las cuatro de la mañana.

La conversación sube de tono, la gente de las mesas de al lado, observan.
Me preguntas que si fue en la fiesta famosa cuando comenzó todo.

Te digo que no.

Que fue cuando le regalé una cuchara de palo.

Y un sartén.

domingo, 6 de mayo de 2012

Te lo digo ahora


Ya es como el cuarto día con la misma historia en que te cuento que te quiero decir algo, pero no encuentro el cómo. Pienso en experiencias que sirvieran para darte un ejemplo de lo que voy a decir, para que no suene antojadizo, o inoportuno, o sin valor, o estupidez.

Me levanto de la cama, miro tu tatuaje, tu ombligo que tanto te molesta, miro tus piernas que ganarían un concurso. No sé si es de noche o está amaneciendo, pero me quedo pegado mirando las nubes con forma de oso y el contraste de la ciudad todavía iluminada.

Entonces voy por un vaso de agua a la cocina y siento la alarma. Esa de incendios que suena como que se fuera acabar el mundo e imagino que algún estúpido hizo una broma. Sin soltar el vaso, abro la ventana del living, y veo las llamas salir del departamento justo debajo de nosotros, pero dos pisos más abajo.

Me fijo que hay varios carrobombas estacionados y que los bomberos me mueven las manos. Me hacen una seña o algo que no entiendo. Solo atino a saludarlos con el mismo gesto. El departamento se empieza a llenar de humo, y cierro la ventana. Me siento en el sillón y pienso que encontré las palabras para decírtelo.

Corro a la pieza, me meto en la cama, te hago cucharita y te hablo al oído.

Te digo que eres el amor de mi vida.

Te ríes.


Siento calor.

viernes, 4 de mayo de 2012

Las promesas


Te paso a buscar en el auto.  Te veo caminar, te subes. No sé cómo darte un beso, no sé qué hablar. Prefiero subir un poco la música, abrochar el cinturón de seguridad, bajar un poco la ventana.

Es de noche. Estamos contra el tiempo. Por culpa del feriado, todos cierran más temprano y no podemos encontrar esa torta de panqueque naranja que prometimos llevar cada año al cumpleaños de tu vieja. Es una promesa rara, porque en realidad no sé si le gusta tanto; o en realidad se transformó en un rito que nos junta una vez al año, en la misma noche fría de otoño.

Cada año es lo mismo, pasamos por ese lugar lleno de gente con el estacionamiento al lado. Ese donde duermen personas en la noche. Compramos la torta, tu le compras algo a los vagabundos y yo no digo nada. Luego te llevo a dónde tu vieja, te bajas, entras por la puerta del edificio y me voy. Nunca hablamos.

Pero esta noche es distinto, no encontramos la torta, hay un taco insoportable y me dices que es un mal signo. Entonces me desespero y te digo que me esperes. Corro por las calles, pregunto en todos los lugares por la famosa torta, corro otro poco, vuelvo a preguntar. Me doy cuenta que empiezan a cerrar ya, que se hace tarde y vuelvo con las manos vacías.

Entonces te veo.

Parada en la calle.

Con la torta en la mano.

Te abrazo.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Por una cabeza


Esperé por esta entrevista casi seis meses. En realidad por casi toda la vida, porque este es el trabajo que siempre quise. Estudié para esto, trabajé para esto, no dormí, no comí, pasé todas las desgracias posibles y aquí estoy.

Dos cajoneras a cada lado, una con una planta encima y otra con un marco de fotos con sus amigas o compañeras de trabajo, tal vez. En el marco de la ventana hay un botiquín tirado.

Trato de encontrar alguna cosa en común de la que pueda comentar en cuanto llegue. Algo para romper el hielo, algo que haga más fácil las cosas. Pero no. No la encuentro

Escucho sus tacos por el pasillo, escucho su voz y su risa en una conversación por celular que corta justo antes de entrar a entrevistarme. Me paro para saludarla; darle la mano o algo así, cuando sucede. No sé si fue que estoy comiendo mal, o los antibióticos, o los nervios, o la presión. Cuando me paro, en ese mismo instante, siento que me voy a desmayar.

Mientras voy cayendo, la arrastro conmigo al suelo. Para evitar caer sobre ella, logro caer en contra de la pared al lado del escritorio, quedando aturdido del cabezazo.


Finalmente quedamos acostados los dos juntos, uno al lado del otro.

Lleva puesta una blusa azul a rayas con unos pantalones negros.

Ella es perfecta.

Me mira, con su cara a cinco centímetros de la mía.

Me dice que quedo contratado.

Suelta una carcajada.

jueves, 26 de abril de 2012

Historias


Me duele la cabeza. Sigo mirando por la ventana de mi oficina. La bandeja de entrada se llena de correos sin abrir, el teléfono suena.

Mi secretaria me toca la espalda y me entrega un paquete de chilexpress. El remitente dice que lo envía alguien que no conozco, pero sé perfectamente que eres tú. Lo abro con curiosidad. Es un disco con una canción de Rachael Yamagata; “The Reason Why”.

La había escuchado un par de veces, pero nunca había puesto atención a la letra. Entiendo perfecto el mensaje. De hecho me lo dijiste una vez. Esa vez que fuimos a ver la película de Polanski, la que no te gustó. Me acuerdo cuando salimos y me dijiste que te atormentaba la distancia.

En ese minuto entendí que se trataba de que te fueras a Londres por un par de años a tu beca. Pero después, con el tiempo, entendí que era que nunca te hice sentir segura ni menos acogida. Me dijiste que querías enamorarte, tener una historia con un final feliz o mejor aún; una historia feliz que no terminara nunca.

La canción se repite y me arrepiento que nunca te dije que me gustaste desde la primera vez que te vi, nunca te dije que esa vez que nos separamos en el ascensor me sentí el imbécil más grande del universo, nunca te dije que no creía en el amor a primera vista hasta que te conocí.

Miro el reloj, es hora del partido del Barcelona.

martes, 24 de abril de 2012

Churrasco italiano


Nunca me aburro de juntarme con ellos. Hablamos siempre de lo mismo, de navegar, de los yates, las lanchas, los botes. De los que compraron o vendieron, de los que recibieron en parte de pago. Del poco tiempo que tienen para navegar, de las novedades de las regatas, de las copuchas del mar.

Siempre nos juntamos en el mismo lugar, en la misma mesa, con los mismos churrascos sin ají, las Canada Dry light, con las mismas separadas de la mesa del lado que no paran de mirar.

No tenemos otro tema, no hablamos de las mujeres, de las separaciones, de que la mayoría está solo. No hablamos de los problemas con los hijos, o que nos estamos poniendo más viejos, que los niños salieron del colegio y entraron a la universidad.

Esos temas, inexplicablemente; ya no se tocan.

Pero hoy nada de eso me llama la atención. Miro tu foto en el teléfono, pienso en lo que me dijiste, en que es antigua ya, en que ha pasado el tiempo, en que pasan los años y no quieres seguir juntando historias malas; en que no ves que lo que tenemos pudiera ser diferente.

Respondo con monosílabos las preguntas que me hacen y trato de disimular que estoy pensando en otra cosa. Pienso en que ya no quiero estar aquí, en que hay mucho ruido.

Pagamos la cuenta, nos despedimos, camino por la calle, hace frío.

Quisiera llamarte, miro tu foto en el teléfono.

Me encanta tu chasquilla.

lunes, 23 de abril de 2012

Para el registro


Estoy viendo el programa del fútbol. Es tarde, no debo quedarme dormido. Me acuerdo de esa parábola de las vírgenes insensatas y de las prudentes, que finalmente se duermen. No entiendo por qué me acordé de eso, pero imagino que es el sueño acumulado, las quince horas seguidas que hablamos, la cerveza, la coca cola, el café.

Me da mucha risa que entre los sueños despiertos, aparece en televisión el mismo viejito de nuestro primer almuerzo con toda tu familia extraña.

Ya no puedo mantenerme sentado en la cama, no quiero quedarme dormido, no quiero hasta saber que me amas realmente.

Hasta ver alguna señal.

Entonces, aparece tu mensaje en la pantalla, y me doy cuenta que ya no distingo entre los sueños y la realidad.

Aparezco en una especie de hospital. Pero sin enfermera ni doctores. Es como un lugar de reposo, medio abandonado en la orilla de una playa desierta con un cielo anaranjado entre las nubes de un día de otoño. Esa imagen la debo haber sacado de alguna película que no recuerdo.

No me duele nada ni estoy enfermo, simplemente parezco descansar. Ahí estás tú sentada al lado, abrazándote una rodilla y sentada sobre la otra pierna. Yo ya viví esta escena, pero fue en la casa, en el sillón que es incómodo.

Pero esta vez, los ojos los tienes más brillantes y sí cae una lágrima. No como en el sueño.

Te pregunto si eres feliz conmigo.

Me dices que sí.

Mucho.

domingo, 22 de abril de 2012

Amigos


Había pensado en escribirte la historia de tu amigo de las empanadas. El de la ponchera y de los ojos saltones. Ese que canta a voz en cuello, que toca la guitarra y la armónica para luego seguir cantando algo sobre que entregaría los ojos por amor. Ese mismo que luego se pone la máscara de lucha libre y cuenta esos chistes gruesos que a todos nos matan de la risa.

Había pensado en escribirte la parte en que se pasa de copas y su mujer; que es impresionantemente guapa, lo putea desde la cocina diciéndole que se calle, que la corte con sus tonteras. Y él sigue con la voz cada vez más fuerte, los chistes cada vez más divertidos, los ojos cada vez más desorbitados.

Había pensado en escribirte sobre la vez que se encerraron en la cocina a gritarse porque ella le hizo una escena de celos y él, en realidad, no había hecho nada malo, aparte de haber tomado mucha cerveza y haber hecho sus mismos chistes de siempre, dirigidos a la rubia desabrida que alguien invitó.

Había pensado en escribirte todas esas historias para ponerte un ejemplo de que las relaciones no siempre son como esperamos, pero que nadie puede dudar que esos dos se aman a morir y que en el fondo es lo que yo quería contigo cuando me dijiste que fuéramos amigos.

Había pensado en escribirte que los envidio.


Y ahora me mandas una carta y me dices que nos casemos.

viernes, 20 de abril de 2012

La Carta


Termino de escribirla, aprieto el print, la impresora se come el papel, arrugando una parte de la ruma. La abro, saco sin cuidado lo que ya no sirve, la vuelvo a cerrar y vuelvo a imprimir.

La leo, una y otra vez, encuentro que es una estupidez, que no estoy hecho para escribir cartas ni poemas de amor. Que lo mío es lo otro; la talla sin sentido, el comentario estúpido, las buenas malas ideas, la cosa práctica.

Ella me llama desde el living, está tirada sobre el sillón, sin zapatos, jugando con el dinosaurio de plástico que le regalé cuando la invité a salir. Tiene la  mirada triste. Me encanta su mirada triste, pero no me gusta que esta vez sea yo el causante de esa pena.

Se suponía que todo esto era para mejor, para pasarlo bien, para ser felices, como las películas. Pero no, nunca pude hacerme entender, nunca pude decirle que realmente me importaba todo esto. Me cuesta decirle lo que siento, lo que me pasa con ella.  Lo mío no es esto. Definitivamente.

Ya no puedo dilatar más la cosa, ella me pregunta si terminé, si le voy a decir lo que quiero hacer de una vez, que si lo pensé, que si tomé una decisión, que la corte y que venga al living.

Se endereza de un salto al verme con el papel en la mano.

Suelta el dinosaurio, apaga la música y abre los ojos.

Leo.

Ella se tapa la cara.

Encargo


Me dijo que le escribiera una carta.
Antes de las doce.
Que le escribiera toda la puta verdad.
Que iba a estar en un bar de mala muerte en un pueblo perdido.
Lejos de Buenos Aires.

Ahí iba a estar, vestida con su blusa de señorita, sus zapatos fifíes con taco que no sirven para nada, menos para ese bar, menos para esa manga de pelotudos que la acompañan.

Simple, una carta de amor, en no más de una carilla.
Antes de las doce y punto.
Una carta que diga por qué ella debería darme una oportunidad, si en el fondo, todo este tiempo la he llenado de mentiras y cuentos que todos sabemos que no pueden ser verdad.
Una carta que en pocas ideas, sino una sola, resuma cual es mi idea de toda esta idea.

Y yo, que me vanaglorié tanto tiempo de poder escribir hasta por encargo; ahora no puedo.
Figuro frente al maldito computador rascándome la cabeza con las dos manos, llenando de caspa el teclado, con una cerveza a medio tomar, un lucky sin filtro sin prender y Miles con So What a lo que dan los parlantes.

Me gustaría parecerme a Hank Moody.

Miro mi reflejo en la ventana y me encuentro bastante patético. Cierro el Word y me voy a Facebook a mirar sus fotos.

Le podría escribir sobre sus cejas o su sonrisa, pero creo que por ahí no va la cosa.

Debería escribirle que pienso en ella todo el día.