lunes, 15 de marzo de 2021

Luna Rossa

 

Nunca había navegado en un yate.
Pero había leído mucho, visitado ferias de embarcaciones y estaba suscrito a un canal de reseñas de todo tipo de cruceros que anima un inglés medio turnio y muy simpático.
Soñaba que me ganaba el Kino y me compraba uno.
Con varias cabinas, para invitar a los amigos.
A motor si me ganaba el Powerball y a vela si me ganaba el Kino.

Siempre te contaba lo mismo, pero no llamaba tu atención en lo más mínimo.

Te mostraba los videos, las fotos, los atardeceres con una copa en la mano, con un sombrero para protegerse del sol, en esas reposaderas de cojines interminables.

Pero no había caso. Cero.

Entonces fuimos de vacaciones a San Andrés, y de la nada, casi de aburrida, decidiste arrendar una lanchita para que nos paseara por las pequeñas islas mientras tomábamos caipiriñas y piñas coladas.

La tripulación era un papá y su hijo que hablaban mitad español y mitad creole. El hijo se avergonzaba un poco de las historias del papá, pero igual lo ayudaba buceando y trayendo una estrella de mar, una mantarraya o cualquier cosa que llamara nuestra atención.
Su piel era casi azul de lo oscura, sus dientes blancos perfectos y sus ojos; hermosos.

 

Entonces, en la mitad de la nada, borrachos, nos tiramos una vez más al agua.

Me abrazaste y me dijiste que por fin entendías lo del yate.

 

Te sonreí.

Me dio un calambre.


Tragué un poco de agua salada.