Nunca supe
si fue verdad eso que me contaste de que habían alacranes en el sistema de
calefacción por aire que tenía tu departamento. Me acuerdo cuando me lo
contaste. Fue esa vez que yo insistía en cortar las frutillas en pequeñas
rebanadas y tú me decías que mejor en mitades. Para después poder echarle
nutella.
Era
divertido, porque en tu casa no había ningún cuchillo medianamente decente. Pero
ahí estábamos, jugando a ser cocineros expertos. Entonces hicimos ese invento
de la cerveza con granadina y pasamos tardes maravillosas en eso; abriendo las
botellas en la contracerradura del marco de la puerta del dormitorio. Así
explotaban en un chorro que nos mojaba enteros, además del piso de madera.
Nunca supe
si todo eso era de verdad, porque lo habías pasado tan mal antes, que quizás te
bastaba con que yo te amara con devoción, que te regalara un reloj, un viaje a
París, que te dibujara un anillo de compromiso, que te inventara como se iban a
llamar nuestras hijas.
Entonces,
tan rápido como empezó; todo se termino yendo a la mierda. Sin aviso, sin
entender por qué. No hubo malas palabras, no hubo siquiera una discusión.
Simplemente; un día ya no estábamos más juntos. Me dejaste un papel con unas
frases de Rilke que todavía guardo, una foto, un par de discos.
Me gustaría
llamarte, quizás juntarnos, quizás tomar algo. Un café. Qué se yo.
Nunca te
dije lo mucho que me gustaba tus clases para principiantes.