martes, 25 de marzo de 2014

No hay


Nunca supe si fue verdad eso que me contaste de que habían alacranes en el sistema de calefacción por aire que tenía tu departamento. Me acuerdo cuando me lo contaste. Fue esa vez que yo insistía en cortar las frutillas en pequeñas rebanadas y tú me decías que mejor en mitades. Para después poder echarle nutella.

Era divertido, porque en tu casa no había ningún cuchillo medianamente decente. Pero ahí estábamos, jugando a ser cocineros expertos. Entonces hicimos ese invento de la cerveza con granadina y pasamos tardes maravillosas en eso; abriendo las botellas en la contracerradura del marco de la puerta del dormitorio. Así explotaban en un chorro que nos mojaba enteros, además del piso de madera.

Nunca supe si todo eso era de verdad, porque lo habías pasado tan mal antes, que quizás te bastaba con que yo te amara con devoción, que te regalara un reloj, un viaje a París, que te dibujara un anillo de compromiso, que te inventara como se iban a llamar nuestras hijas.

Entonces, tan rápido como empezó; todo se termino yendo a la mierda. Sin aviso, sin entender por qué. No hubo malas palabras, no hubo siquiera una discusión. Simplemente; un día ya no estábamos más juntos. Me dejaste un papel con unas frases de Rilke que todavía guardo, una foto, un par de discos.

Me gustaría llamarte, quizás juntarnos, quizás tomar algo. Un café. Qué se yo.

Nunca te dije lo mucho que me gustaba tus clases para principiantes.


Difícil de encontrar


Vamos caminando por lo de Pío décimo llegando a Los Leones. De la mano. Como siempre. Contigo.

En mi cabeza suena "Hard to find" de The National. Como en todas mis historias cliché, hay música cliché. Entonces, antes de doblar a la esquina, te pido que si nos podemos ir en trolleybus. Más que me guste que no haga ruido y que sea tan suave; me gusta porque además eso nos obliga a tomar el metro en Salvador. Me gusta andar en metro contigo. De la mano. Como siempre.

Lo divertido es que me consientes, aunque eso signifique que nos tenemos que bajar en Baquedano o la Católica y caminar un par de cuadras más hacia Bellavista.

Ni Lastarria ni el parque llaman mi atención. Solo el cruzar rápido para alcanzar la luz verde de todos los semáforos que llevan al puente.

Tengo miedo de que nunca pueda volver a contarte lo mágico de nuestros viajes en trolley y metro desde las clases de música a nuestra casa azul. Yo sé que el tiempo y la vida nos separó un poco. Que empezamos a pensar distinto y que nos tuvimos alguna rabia algunas veces. Yo se que los dos nos dijimos lo que pensábamos no de la mejor forma, pero ya está.

Entonces ahora, en que tengo todo lo que quise, en que por fin puedo estar feliz; necesito volver a ese lugar.

A  lo Pío décimo llegando a Los Leones. De la mano. Como siempre.

Contigo.