jueves, 23 de febrero de 2017

La Fuga

Tomamos un über con Fede porque ya nadie quiere manejar. No se trata de los tragos, si no que del cansancio, el tráfico y del calor del verano interminable.

Llegamos, subimos en el ascensor al piso 29, pasamos por una oficina de dos pisos, con dobles alturas, llena de personajes sentados frente a las pantallas, hablando por celulares. Como sacados de un casting de comercial.

Subimos por una escalera a la terraza. No hay mucha gente.

Alguien está poniendo música, hay un par que arman unas pizzas bastante buenas, algunos mozos y por supuesto la barra libre que tanto le gusta a la gente.

Pedimos unos Aperols, saludamos a los que conocemos y a los que no tanto. Caminamos al otro lado de la terraza y nos sentamos donde no hay nadie. Desde ahí se puede ver la casa que se está arreglando Cristián en el cerrito San Luis. Le escribimos por el whatsapp que nos invite a conocer la obra. Nos dice que más adelante. Que cuando esté más terminada.

Fede me habla del nuevo libro que está leyendo. Voy a la barra, pido otra cosa.

Entonces se me acerca ella.
Rubia con rulos.
Con zapatos bajos Prada azules, pantalón T.M. Lewin y una blusa Gucci tornasol perfecta.
Me dice que hace rato que quiere hablarme. Conocerme.

Le entrego la copa, y sin hablarle, bajo la escalera, el ascensor y tomo un taxi.
Me saco la ropa en la oscuridad, me meto en la cama.

Te abrazo.