Despierto a las seis y media de la mañana, mirando los muros de mi pieza color azul. ¿A quién se le ocurre pintar de ese azul horrible? Obviamente lo hice en un minuto de depresión en el cual creía que ese color me iba a subir el ánimo, pero no.
Prendo el computador para meterme a facebook, twitter y cuanta cosa me de información sobre ti, pero no hay nada nuevo. Las mismas fotos de hace un par de meses en que dejamos de vernos.
Reviso los correos y nada, el pronóstico del tiempo, los resultados del fútbol, el horóscopo, los diarios, el saldo del banco, las cuentas por pagar, hasta que junto como veinte páginas abiertas.
Todavía tengo un poco de fiebre, la nariz hecha mierda de tanto sonarme, un dolor de guata feroz, por los remedios, y la maldita rodilla con una puntada insoportable.
Miro la fecha en la pantalla y me doy cuenta que hoy es veintinueve, el día en que comíamos ñoquis, como los argentinos. Con pesto, con crema, con camarones, con lo que fuera. Irrenunciablemente todos los putos y santos veintinueves, en un rito que me gustaba tanto, porque poníamos la moneda debajo del plato y toda la cosa.
A pesar de ser una idea estúpida, agarro el celular y te llamo. Me preguntas por qué mierda te llamo tan temprano. Te respondo con la historia de los ñoquis, por si quieres venir hoy.
Me dices que no puedes.
Que tienes hora para depilarte.
jueves, 29 de diciembre de 2011
martes, 20 de diciembre de 2011
La transición
Despierta luego de horas de ronquidos, me mira y pregunta -¿Me amas?-
-Por supuesto que te amo- respondo mientras la abrazo hasta asfixiarla.
Se levanta y para variar cierra la puerta del baño con un portazo "sin querer", moja el piso del baño por no cerrar bien la cortina, deja el lavamanos lleno de pelos y de pasta de dientes. Miro su ropa tirada por toda la pieza, tiras de remedios desordenadamente a medio gastar, el celular arreglado con scotch.
Miro los sillones gastados en los bordes y brazos por los rasguños de su gato, miro mi escritorio lleno de sus papeles, notas, fotos, lápices y recortes en el desorden más brutal. Miro los discos rayados, apilados afuera de sus cajas, miro la alfombra con manchas de Coca-Cola light, las almohadas manchadas con tintura de pelo al igual que las toallas.
Miro los lomos de mis libros rotos por esa manía de abrirlos hasta atrás, miro mis marcos de fotos arrumados en la repisa que está llena de sus fotos pegadas con tape, miro mi equipo de música lleno de sus huellas digitales, miro mi cámara afuera de sus estuche y sin la tapa del lente.
Sale del baño, con mi camisa favorita puesta como bata, tira la toalla en el piso y se para sobre ella. Apaga la música que estoy escuchando y se me acerca, mojando todo el diario a su paso.
Me mira coqueta mientras se pone unos calzones floreados.
-Son del Líder- me dice.
-Por supuesto que te amo- respondo mientras la abrazo hasta asfixiarla.
Se levanta y para variar cierra la puerta del baño con un portazo "sin querer", moja el piso del baño por no cerrar bien la cortina, deja el lavamanos lleno de pelos y de pasta de dientes. Miro su ropa tirada por toda la pieza, tiras de remedios desordenadamente a medio gastar, el celular arreglado con scotch.
Miro los sillones gastados en los bordes y brazos por los rasguños de su gato, miro mi escritorio lleno de sus papeles, notas, fotos, lápices y recortes en el desorden más brutal. Miro los discos rayados, apilados afuera de sus cajas, miro la alfombra con manchas de Coca-Cola light, las almohadas manchadas con tintura de pelo al igual que las toallas.
Miro los lomos de mis libros rotos por esa manía de abrirlos hasta atrás, miro mis marcos de fotos arrumados en la repisa que está llena de sus fotos pegadas con tape, miro mi equipo de música lleno de sus huellas digitales, miro mi cámara afuera de sus estuche y sin la tapa del lente.
Sale del baño, con mi camisa favorita puesta como bata, tira la toalla en el piso y se para sobre ella. Apaga la música que estoy escuchando y se me acerca, mojando todo el diario a su paso.
Me mira coqueta mientras se pone unos calzones floreados.
-Son del Líder- me dice.
jueves, 15 de diciembre de 2011
La insegura
Estamos comiendo en un restaurant en Valparaíso con esta mujer hermosa, le tomo la mano y le pregunto si quiere ser mi novia. Ella saca un papel arrugado del bolsillo, lo desliza sobre la mesa y me lo pasa.
Hay escrito siete párrafos, con una letra perfecta:
Quiero saber si bailas, o te aburre, o en realidad eres un fome, o en realidad quiero saber quién eres y en la pasada, si sabes bailar. O no.
Quiero saber si eres igual al resto, o no, o diferente, o diferente pero igual que el resto.
Quiero saber ahora si me amas, o no, o fue solo el fin de semana en Viña, o realmente me amas y es para siempre, o no.
Quiero saber si solo querías conseguir eso, o no, o intuyo que algo malo viene, o no, o me vas a dejar de querer, o nunca me quisiste realmente, o eres igual que el resto, o no.
Quiero saber si en la tarde cuando no me llamas, piensas en mí, o no, si de alguna forma te proyectas conmigo, o no, o ha pasado muy poco tiempo o no.
Quiero saber si me encuentras hermosa como dices, o no, si me admiras, o es todo mentira y ya no me quieres ver, o me quieres ver, o dices que me quieres ver, y cuando nos vemos, realmente no me quieres ver y eres igual que el resto. O no.
Creo que soy insegura. ¿O no?
¿Me amas?
Hay escrito siete párrafos, con una letra perfecta:
Quiero saber si bailas, o te aburre, o en realidad eres un fome, o en realidad quiero saber quién eres y en la pasada, si sabes bailar. O no.
Quiero saber si eres igual al resto, o no, o diferente, o diferente pero igual que el resto.
Quiero saber ahora si me amas, o no, o fue solo el fin de semana en Viña, o realmente me amas y es para siempre, o no.
Quiero saber si solo querías conseguir eso, o no, o intuyo que algo malo viene, o no, o me vas a dejar de querer, o nunca me quisiste realmente, o eres igual que el resto, o no.
Quiero saber si en la tarde cuando no me llamas, piensas en mí, o no, si de alguna forma te proyectas conmigo, o no, o ha pasado muy poco tiempo o no.
Quiero saber si me encuentras hermosa como dices, o no, si me admiras, o es todo mentira y ya no me quieres ver, o me quieres ver, o dices que me quieres ver, y cuando nos vemos, realmente no me quieres ver y eres igual que el resto. O no.
Creo que soy insegura. ¿O no?
¿Me amas?
lunes, 12 de diciembre de 2011
Cuba Libre
Viajamos por la carretera que va desde Santiago de Cuba a Baracoa. El trayecto no es muy largo, pero si toma tiempo porque hay que atravesar la cuesta interminable que pasa por Alto de Cotilla. Por una casualidad tenemos puesto un casette de Prodigy, el típico de la portada con una especie de jaiba.
Luego de un buen rato llegamos al lugar. Nada nos llama mucho la atención. Recorremos un poco a pie y pronto nos subimos al auto para volver a Santiago de Cuba.
Para hacerlo más entretenido, escogemos un camino alternativo que no aparece en el mapa. Ocupo el sol como orientación y avanzamos mucho rato en lo desconocido. En un momento, no vemos casas o personas a las que preguntarle por nuestro destino. El sol comienza a ponerse.
Detenemos el auto en la mitad del camino abandonado, apagamos la radio que a esta altura resulta desagradable. Te bajas y olvido mi idea de decirte que te pongas los zapatos. Me doy vuelta para mirarte y observo que caminas adentrándote en el pastizal con la mirada perdida.
Sin dejar de caminar, levantas los brazos y juntas las manos por detrás de la cabeza como si te estuvieras estirando. Vas vestida entera de blanco que contrasta con tu pelo negro liso. No me atrevo a llamarte, solo contemplo como desapareces en el horizonte.
Me siento sobre el capó y prendo el último cigarrillo que tenemos.
Lo fumo hasta la mitad.
Me lo apago en un brazo.
Quema.
Luego de un buen rato llegamos al lugar. Nada nos llama mucho la atención. Recorremos un poco a pie y pronto nos subimos al auto para volver a Santiago de Cuba.
Para hacerlo más entretenido, escogemos un camino alternativo que no aparece en el mapa. Ocupo el sol como orientación y avanzamos mucho rato en lo desconocido. En un momento, no vemos casas o personas a las que preguntarle por nuestro destino. El sol comienza a ponerse.
Detenemos el auto en la mitad del camino abandonado, apagamos la radio que a esta altura resulta desagradable. Te bajas y olvido mi idea de decirte que te pongas los zapatos. Me doy vuelta para mirarte y observo que caminas adentrándote en el pastizal con la mirada perdida.
Sin dejar de caminar, levantas los brazos y juntas las manos por detrás de la cabeza como si te estuvieras estirando. Vas vestida entera de blanco que contrasta con tu pelo negro liso. No me atrevo a llamarte, solo contemplo como desapareces en el horizonte.
Me siento sobre el capó y prendo el último cigarrillo que tenemos.
Lo fumo hasta la mitad.
Me lo apago en un brazo.
Quema.
viernes, 9 de diciembre de 2011
Quédate conmigo
Es un fin de semana maravilloso contigo. Costó mucho esfuerzo y harta paciencia. Pero al fin estamos juntos y fue tal como imaginé.
El día es soleado, corre viento que mueve los árboles gigantes, un riachuelo sombreado y la risa de los amigos hace que la escena sea perfecta. De fondo suena Juan Gabriel para darle un aire más kitsch al asunto todavía.
Alguien prende un porro y me fumo un par de piteadas. Tomo una copa más de vino y entonces me das la mano para que vayamos a caminar un rato. Damos una vuelta completa alrededor de la casa, hasta que llegamos a la entrada donde hay un espejo de agua.
Siento la cabeza en las nubes y te miro a contraluz. Te quedas fija unos segundos mirándome, como para que te tome una foto. Reviso los bolsillos y no tengo el celular, pero no importa porque comprendo que nunca voy a olvidar ese momento.
Te comento que es el final del recorrido, porque no hay pasada a través del agua, pero me preguntas -¿Y si atravieso saltando?- No atino a decir nada, cuando te sacas los zapatos, tomas vuelo y saltas. Caes graciosamente al otro lado.
Tengo la copa de vino en una mano y tus zapatos en la otra, tomo aire y te digo -Casémonos-.
Te ríes y gentilmente me dices:
-Ya po' no te pongai' tonto, cuando quieras me llamas de nuevo, total son solo trescientas lucas-
-Me podí' pagar en tres cheques-
El día es soleado, corre viento que mueve los árboles gigantes, un riachuelo sombreado y la risa de los amigos hace que la escena sea perfecta. De fondo suena Juan Gabriel para darle un aire más kitsch al asunto todavía.
Alguien prende un porro y me fumo un par de piteadas. Tomo una copa más de vino y entonces me das la mano para que vayamos a caminar un rato. Damos una vuelta completa alrededor de la casa, hasta que llegamos a la entrada donde hay un espejo de agua.
Siento la cabeza en las nubes y te miro a contraluz. Te quedas fija unos segundos mirándome, como para que te tome una foto. Reviso los bolsillos y no tengo el celular, pero no importa porque comprendo que nunca voy a olvidar ese momento.
Te comento que es el final del recorrido, porque no hay pasada a través del agua, pero me preguntas -¿Y si atravieso saltando?- No atino a decir nada, cuando te sacas los zapatos, tomas vuelo y saltas. Caes graciosamente al otro lado.
Tengo la copa de vino en una mano y tus zapatos en la otra, tomo aire y te digo -Casémonos-.
Te ríes y gentilmente me dices:
-Ya po' no te pongai' tonto, cuando quieras me llamas de nuevo, total son solo trescientas lucas-
-Me podí' pagar en tres cheques-
lunes, 5 de diciembre de 2011
Clases de baile
Siembre quise invitar a salir a la rubia de cuarto piso, mi vecina.
Sabía perfecto que había terminado con su novio hace poco. Además sabía, que ella le gustaba el baile, a sobremanera. La veía salir a sus clases de flamenco, o con zapatos de Tap, o vestida para el tango.
Todos los martes salía como a las ocho de la noche a eso del baile, religiosamente. Ahí fue cuando vi la oportunidad.
Siento su puerta, y salgo por la mía, con mis zapatos de baile, recién comprados, en la mano. Ella me queda mirando curiosa, y yo hago como si nada. Nos subimos al ascensor y no puede evitarlo. -¿Tú bailas?- me pregunta. -Sí, claro, como todo el mundo- respondí haciéndome el interesante. Entonces hablamos sobre el tema, ofrecí llevarla y quedamos en salir a la semana siguiente. A bailar, por supuesto.
Me tomé la semana completa, fui a clases de ocho horas diarias, hasta que supe que estaba listo.
Salimos al famoso salón de baile, ella con un vestido rojo y un peinado perfectos, yo cagado de susto. Entonces pasó que nos sentamos, pedimos unos tragos y luego otros, hablamos hasta el infinito de nuestras vidas, de los viajes , de los miedos, de astrología.
De bailar, nada.
Pasaron las horas, ella, como una niña, apoya sus dos pies sobre mis rodillas, miro sus zapatos brillantes y sus uñas rojas y me dice, -¿Vamos a mi casa?-
Le hago cariño en los tobillos.
Calza ocho.
Sabía perfecto que había terminado con su novio hace poco. Además sabía, que ella le gustaba el baile, a sobremanera. La veía salir a sus clases de flamenco, o con zapatos de Tap, o vestida para el tango.
Todos los martes salía como a las ocho de la noche a eso del baile, religiosamente. Ahí fue cuando vi la oportunidad.
Siento su puerta, y salgo por la mía, con mis zapatos de baile, recién comprados, en la mano. Ella me queda mirando curiosa, y yo hago como si nada. Nos subimos al ascensor y no puede evitarlo. -¿Tú bailas?- me pregunta. -Sí, claro, como todo el mundo- respondí haciéndome el interesante. Entonces hablamos sobre el tema, ofrecí llevarla y quedamos en salir a la semana siguiente. A bailar, por supuesto.
Me tomé la semana completa, fui a clases de ocho horas diarias, hasta que supe que estaba listo.
Salimos al famoso salón de baile, ella con un vestido rojo y un peinado perfectos, yo cagado de susto. Entonces pasó que nos sentamos, pedimos unos tragos y luego otros, hablamos hasta el infinito de nuestras vidas, de los viajes , de los miedos, de astrología.
De bailar, nada.
Pasaron las horas, ella, como una niña, apoya sus dos pies sobre mis rodillas, miro sus zapatos brillantes y sus uñas rojas y me dice, -¿Vamos a mi casa?-
Le hago cariño en los tobillos.
Calza ocho.
sábado, 3 de diciembre de 2011
Los Vampiros
Miro el desastre que tengo en la pieza del hotel. Siempre lo mismo, las cosas tiradas por todas partes, la ropa de anoche pasada a cigarrillo, las carpetas para la reunión de hoy esparcidas por el suelo.
Debiera levantarme de una vez, pero sigo tapado, abrazado a la almohada, con la mitad de la cama intacta. Nunca me acostumbré a dormir solo, nunca dejé de ocupar el lado derecho, nunca me gustaron los hoteles.
Suena el teléfono, contesto, y una voz amable me avisa que me están esperando abajo.
Prendo la radio del despertador y suena la canción de la Annie Lenox, la de los vampiros. La misma que tanto te gustaba y que escuchábamos cien veces seguidas en el auto cuando íbamos al norte. En realidad no me acuerdo si te gustaba tanto la canción, o es la excusa para pensar en ti.
Nunca me perdonaste que tomara esta pega de viajes eternos. Cada vez nos empezamos a ver menos, ya no íbamos a la casa de la playa, no celebrábamos los cumpleaños, dejamos de viajar. Y nos fuimos separando de a poco. Muy de a poco.
El teléfono vuelve a sonar y no contesto. No quiero hablar con nadie ahora.
Tengo los ojos llenos de lágrimas, pienso en ese domingo que me fuiste a dejar abajo en pijama, que nos dimos el beso más cariñoso del universo.
Pienso en que prometí cuidarte para siempre, y no cumplí mi palabra.
Tomo el teléfono, marco tu número, contestas.
Debiera levantarme de una vez, pero sigo tapado, abrazado a la almohada, con la mitad de la cama intacta. Nunca me acostumbré a dormir solo, nunca dejé de ocupar el lado derecho, nunca me gustaron los hoteles.
Suena el teléfono, contesto, y una voz amable me avisa que me están esperando abajo.
Prendo la radio del despertador y suena la canción de la Annie Lenox, la de los vampiros. La misma que tanto te gustaba y que escuchábamos cien veces seguidas en el auto cuando íbamos al norte. En realidad no me acuerdo si te gustaba tanto la canción, o es la excusa para pensar en ti.
Nunca me perdonaste que tomara esta pega de viajes eternos. Cada vez nos empezamos a ver menos, ya no íbamos a la casa de la playa, no celebrábamos los cumpleaños, dejamos de viajar. Y nos fuimos separando de a poco. Muy de a poco.
El teléfono vuelve a sonar y no contesto. No quiero hablar con nadie ahora.
Tengo los ojos llenos de lágrimas, pienso en ese domingo que me fuiste a dejar abajo en pijama, que nos dimos el beso más cariñoso del universo.
Pienso en que prometí cuidarte para siempre, y no cumplí mi palabra.
Tomo el teléfono, marco tu número, contestas.
miércoles, 30 de noviembre de 2011
Amarillo crepúsculo
Hace mucho calor, no hay casi nada de viento. Caminamos por la avenida La Marina, paralelo al Marga-Marga, desde el Miramar hasta el Casino.
Nos detenemos frente al edificio Copacabana y me quedo mirando los balcones de colores. Me encanta el amarillo. Pintaría todo un edificio de ese mismo amarillo perfecto.
Estoy transmitiendo mi teoría de los colores cuando te miro y veo que no me estás poniendo atención en lo más mínimo. Miro tus ojos llenos de pena y me cuentas una historia de amor de invierno que terminó mal en ese mismo lugar.
-Tú eres igual que el resto, sólo te importan tus cosas y nada más- me dices tan despacio, que apenas puedo oír tu voz. Trato de defenderme, pero no tiene sentido. Estoy acostumbrado a esos cambios de ánimo que vienen de una historia muy antigua.
Seguimos caminando, cruzamos el puente, no hablamos.
Tomamos avenida San Martín, paramos frente al Bravissimo. Apenas mueves la cabeza, para responderme con un gesto, que no quieres nada. Para hacerme el divertido, pido un "helado amarillo". -¿De qué sabor?- me pregunta el vendedor. Le respondo que no importa, el que sea más amarillo.
Te miro de reojo y sigues triste. Tomo el helado y cuando voy a probarlo, siento que me tiras el pelo, y me lo quitas.
No alcanzo a reaccionar, cuando de una mascada, te lo comes casi entero.
Miro tu cara llena de helado y me hablas cagada de la risa.
-Esto da cáncer, huevón.-
Nos detenemos frente al edificio Copacabana y me quedo mirando los balcones de colores. Me encanta el amarillo. Pintaría todo un edificio de ese mismo amarillo perfecto.
Estoy transmitiendo mi teoría de los colores cuando te miro y veo que no me estás poniendo atención en lo más mínimo. Miro tus ojos llenos de pena y me cuentas una historia de amor de invierno que terminó mal en ese mismo lugar.
-Tú eres igual que el resto, sólo te importan tus cosas y nada más- me dices tan despacio, que apenas puedo oír tu voz. Trato de defenderme, pero no tiene sentido. Estoy acostumbrado a esos cambios de ánimo que vienen de una historia muy antigua.
Seguimos caminando, cruzamos el puente, no hablamos.
Tomamos avenida San Martín, paramos frente al Bravissimo. Apenas mueves la cabeza, para responderme con un gesto, que no quieres nada. Para hacerme el divertido, pido un "helado amarillo". -¿De qué sabor?- me pregunta el vendedor. Le respondo que no importa, el que sea más amarillo.
Te miro de reojo y sigues triste. Tomo el helado y cuando voy a probarlo, siento que me tiras el pelo, y me lo quitas.
No alcanzo a reaccionar, cuando de una mascada, te lo comes casi entero.
Miro tu cara llena de helado y me hablas cagada de la risa.
-Esto da cáncer, huevón.-
martes, 29 de noviembre de 2011
Príncipe de papel
Somos irresponsables, es definitivo. No fue una buena idea haber salido anoche.
Despierto asustado por un poco de luz que se cuela a través de las cortinas y miro la hora en el celular.
Es tarde.
El pánico me invade; no vamos a llegar.
Me da una risa nerviosa, despiertas y te sientas sobre la cama de un salto.
Miras la hora, te tapas la cara con las dos manos.
Me doy el tiempo de perder el último minuto dándote un beso. Te paso la misma ropa que está tirada en el suelo, te la pones y no hablamos nada. Abandonamos las maletas listas, una bolsa con encargos y la cámara de fotos.
Te paso tu casco, tomo el mío, saco la mochila negra del clóset, meto todo lo que cabe adentro. Me miras con cara de culpable, te miro con una mueca fingida de enojo.
No cortamos el agua ni el gas, no recuerdo si puse la alarma.
Salimos a la Costanera Norte al borde del suicidio, sexta a fondo. Llegamos y corremos a la puerta de embarque 27, la mujer del counter nos mira con rabia y algo de envidia.
Habla un par de cosas por radio, nos hace pasar y seguimos corriendo.
Toda la gente, ya sentada en el avión, nos mira con desaprobación. Peor aún que nos hayan sentado en asientos de business como premio a nuestra tontera.
Te sientas, te pones tus lentes, comienzas a hojear una revista.
Pido un vodka tónica.
Despierto asustado por un poco de luz que se cuela a través de las cortinas y miro la hora en el celular.
Es tarde.
El pánico me invade; no vamos a llegar.
Me da una risa nerviosa, despiertas y te sientas sobre la cama de un salto.
Miras la hora, te tapas la cara con las dos manos.
Me doy el tiempo de perder el último minuto dándote un beso. Te paso la misma ropa que está tirada en el suelo, te la pones y no hablamos nada. Abandonamos las maletas listas, una bolsa con encargos y la cámara de fotos.
Te paso tu casco, tomo el mío, saco la mochila negra del clóset, meto todo lo que cabe adentro. Me miras con cara de culpable, te miro con una mueca fingida de enojo.
No cortamos el agua ni el gas, no recuerdo si puse la alarma.
Salimos a la Costanera Norte al borde del suicidio, sexta a fondo. Llegamos y corremos a la puerta de embarque 27, la mujer del counter nos mira con rabia y algo de envidia.
Habla un par de cosas por radio, nos hace pasar y seguimos corriendo.
Toda la gente, ya sentada en el avión, nos mira con desaprobación. Peor aún que nos hayan sentado en asientos de business como premio a nuestra tontera.
Te sientas, te pones tus lentes, comienzas a hojear una revista.
Pido un vodka tónica.
domingo, 27 de noviembre de 2011
Mejor imposible
Quedamos en juntarnos un cuarto para las diez, y llegas puntualmente. Nuestra conversación no va muy bien, además siempre terminamos riéndonos de todo y no tomando nada en serio. Llevo mucho tiempo pensando en que quiero decirte que me gustas, que podríamos intentar tener algo estable.
Torpemente, termino hablando de la gente de la oficina.
Nos sentamos en la sala, desabrochas el cierre de tus zapatos, te los sacas y apoyas los pies sobre el respaldo de adelante. Se apagan las luces y ya no hablamos más.
Las sinopsis se me hacen interminables, así como ver por segunda vez una película que no te hace ninguna gracia. No te ríes en los momentos divertidos. Todo lo contrario; suspiras con desaprobación y aburrimiento sin querer esconderlo.
Está claro que todo esto es un fracaso, y quiero que termine pronto para cortarla.
Sin embargo, quisiera girar la cabeza y mirarte en la oscuridad. Imagino que es la última vez que nos veremos. No me gustan estos asientos tan anchos, porque no existe la posibilidad de rozar tu mano por casualidad. No me gusta estar en este puto lugar mirando una película, porque quisiera preguntarte donde compraste esos zapatos y si todavía haces clases en la universidad.
La espera se hace eterna, me siento mal. Termina la película y me comentas que no te gustó.
Salimos, no hablamos nada.
Hace mucho frío.
Caminamos hacia las máquinas de los estacionamientos.
Te detienes, me miras con los ojos brillantes.
Me pides una luca.
Torpemente, termino hablando de la gente de la oficina.
Nos sentamos en la sala, desabrochas el cierre de tus zapatos, te los sacas y apoyas los pies sobre el respaldo de adelante. Se apagan las luces y ya no hablamos más.
Las sinopsis se me hacen interminables, así como ver por segunda vez una película que no te hace ninguna gracia. No te ríes en los momentos divertidos. Todo lo contrario; suspiras con desaprobación y aburrimiento sin querer esconderlo.
Está claro que todo esto es un fracaso, y quiero que termine pronto para cortarla.
Sin embargo, quisiera girar la cabeza y mirarte en la oscuridad. Imagino que es la última vez que nos veremos. No me gustan estos asientos tan anchos, porque no existe la posibilidad de rozar tu mano por casualidad. No me gusta estar en este puto lugar mirando una película, porque quisiera preguntarte donde compraste esos zapatos y si todavía haces clases en la universidad.
La espera se hace eterna, me siento mal. Termina la película y me comentas que no te gustó.
Salimos, no hablamos nada.
Hace mucho frío.
Caminamos hacia las máquinas de los estacionamientos.
Te detienes, me miras con los ojos brillantes.
Me pides una luca.
viernes, 25 de noviembre de 2011
La cala
Mientras espero a que llegues, sigo cortando las nueces en pedazos pequeños. El movimiento del cuchillo, sirve para calmar mi ansiedad. Tengo sueño, dormí mal toda la semana, pero tengo demasiadas ganas de verte.
Demasiadas ganas de que esto funcione.
Me miro en el espejo de la entrada. Miro mis ojeras y cara de cansado. Algunas canas, una sonrisa fingida, una mala afeitada.
Me llama el conserje y me dice que vas subiendo. Me miro una vez más en el espejo, me desordeno un poco el pelo y abro la puerta. Estás parada a diez centímetros de mí, no alcanzo a verte entera, solamente tus ojos, tus manos juntas sosteniendo una cala.
Me encanta lo que preguntas, lo que respondes. Como cierras todas las puertas para fumar, como te mueves, como ríes.
Te desabrochas un botón, luego los otros dos, dejas la chaqueta en la silla de al lado y me pides que te sirva otra copa de vino.
Logro preguntarte muchas cosas que quería saber de ti. Me confiesas algunas con un poco de vergüenza, me hablas de tu trabajo con orgullo. No me atrevo a contarte que me enamoré de ti la primera vez que nos vimos y que me parece absurdo.
Pasan las horas
A las doce en punto, tomas el celular y llamas un taxi. Te avisan que llega en cinco minutos.
Bajamos juntos, nos despedimos.
Subo, me doy cuenta de que dejaste un papel sobre la mesa.
Dice: "No me gustan los mariscos".
Demasiadas ganas de que esto funcione.
Me miro en el espejo de la entrada. Miro mis ojeras y cara de cansado. Algunas canas, una sonrisa fingida, una mala afeitada.
Me llama el conserje y me dice que vas subiendo. Me miro una vez más en el espejo, me desordeno un poco el pelo y abro la puerta. Estás parada a diez centímetros de mí, no alcanzo a verte entera, solamente tus ojos, tus manos juntas sosteniendo una cala.
Me encanta lo que preguntas, lo que respondes. Como cierras todas las puertas para fumar, como te mueves, como ríes.
Te desabrochas un botón, luego los otros dos, dejas la chaqueta en la silla de al lado y me pides que te sirva otra copa de vino.
Logro preguntarte muchas cosas que quería saber de ti. Me confiesas algunas con un poco de vergüenza, me hablas de tu trabajo con orgullo. No me atrevo a contarte que me enamoré de ti la primera vez que nos vimos y que me parece absurdo.
Pasan las horas
A las doce en punto, tomas el celular y llamas un taxi. Te avisan que llega en cinco minutos.
Bajamos juntos, nos despedimos.
Subo, me doy cuenta de que dejaste un papel sobre la mesa.
Dice: "No me gustan los mariscos".
lunes, 21 de noviembre de 2011
Tacones cercanos
Son casi las seis de la mañana.
Miro alrededor y me da risa el haber terminado en la Bunker. Miro a mis amigas con sus novios y a todo el mundo con sus parejas.
Me siento muy solo.
No me despido, hago como que voy al baño, pero subo derecho por la escalera y salgo a la calle. Camino por Bombero Núñez buscando la camioneta. Gente de la calle se acerca para pedirme cigarrillos.
Aprovecho de fumar un poco y conversar de la vida. Por primera vez en mucho tiempo, ya no siento miedo de la noche. Pasa el tiempo y veo que empiezan a salir todos del lugar, prendo otro cigarrillo y me quedo solo.
Me subo a la camioneta, apago la radio y parto hacia el departamento. Estaciono en la calle, escucho los pájaros que cantan, subo en el ascensor. Ya amanece.
Dejo las llaves sobre la mesa de la entrada y escucho a mi vecina de arriba cerrar la puerta y caminar con sus tacos. Imagino que viene llegando y que sería una buena idea invitarla a tomar desayuno.
La he invitado a salir muchas veces, pero de una forma o de otra, siempre me dice que no, con evasivas.
Subo la escalera, toco el timbre.
Me abre la puerta una niña de unos ocho años, con unos zapatos rojos con taco que le quedan gigantes, abrazando el diario que acaba de recoger.
Le pregunto si está su mamá.
Siento el olor a pan tostado.
Miro alrededor y me da risa el haber terminado en la Bunker. Miro a mis amigas con sus novios y a todo el mundo con sus parejas.
Me siento muy solo.
No me despido, hago como que voy al baño, pero subo derecho por la escalera y salgo a la calle. Camino por Bombero Núñez buscando la camioneta. Gente de la calle se acerca para pedirme cigarrillos.
Aprovecho de fumar un poco y conversar de la vida. Por primera vez en mucho tiempo, ya no siento miedo de la noche. Pasa el tiempo y veo que empiezan a salir todos del lugar, prendo otro cigarrillo y me quedo solo.
Me subo a la camioneta, apago la radio y parto hacia el departamento. Estaciono en la calle, escucho los pájaros que cantan, subo en el ascensor. Ya amanece.
Dejo las llaves sobre la mesa de la entrada y escucho a mi vecina de arriba cerrar la puerta y caminar con sus tacos. Imagino que viene llegando y que sería una buena idea invitarla a tomar desayuno.
La he invitado a salir muchas veces, pero de una forma o de otra, siempre me dice que no, con evasivas.
Subo la escalera, toco el timbre.
Me abre la puerta una niña de unos ocho años, con unos zapatos rojos con taco que le quedan gigantes, abrazando el diario que acaba de recoger.
Le pregunto si está su mamá.
Siento el olor a pan tostado.
jueves, 17 de noviembre de 2011
Míreme
Bajo los escalones con mucho cuidado. Ayer nevó y todavía quedan algunos manchones de de nieve por toda la plaza. La rodilla me duele todavía, trato de levantar los talones al caminar, de tal manera de que no se note mi cojera.
Imagino que llegaste un rato antes y que me estás mirando. Son unos cien metros los que debo recorrer caminando para llegar al café en donde quedamos en juntarnos. Es una eternidad. Parezco un imbécil sintiéndome observado. Para peor estacioné el auto en el lugar más visible de la cuadra.
Miro la gente del café, pero no estás. Saludo a algunos que conozco y entonces te veo llegar. Te bajas de un auto negro con un hombre algo mayor, intercambian un par de palabras. Él se sube ahora por el lado del conductor y avanza lentamente hasta perderse.
Te acercas hacia mí y en una reacción estúpida, sigo hablando con la gente, haciendo como que no me hubiera enterado de que llegaste.
Saludas a todos, me miras y me abrazas afectuosamente. Nos sentamos, pedimos algo y hablamos. Irremediablemente, me equivoco una vez más y termino hablando de mí, olvido hacerte muchas preguntas que quería hacerte, hago otras que nunca debí preguntar.
El tiempo pasa rápidamente. Pago la cuenta, caminamos hacia el auto, noto que miras mi cojera. Para hacerme el gracioso, te prometo que la próxima semana voy a caminar bien.
Te detienes, me observas muy fijamente.
Miro tu cara de impresión.
Me sale sangre de narices.
Imagino que llegaste un rato antes y que me estás mirando. Son unos cien metros los que debo recorrer caminando para llegar al café en donde quedamos en juntarnos. Es una eternidad. Parezco un imbécil sintiéndome observado. Para peor estacioné el auto en el lugar más visible de la cuadra.
Miro la gente del café, pero no estás. Saludo a algunos que conozco y entonces te veo llegar. Te bajas de un auto negro con un hombre algo mayor, intercambian un par de palabras. Él se sube ahora por el lado del conductor y avanza lentamente hasta perderse.
Te acercas hacia mí y en una reacción estúpida, sigo hablando con la gente, haciendo como que no me hubiera enterado de que llegaste.
Saludas a todos, me miras y me abrazas afectuosamente. Nos sentamos, pedimos algo y hablamos. Irremediablemente, me equivoco una vez más y termino hablando de mí, olvido hacerte muchas preguntas que quería hacerte, hago otras que nunca debí preguntar.
El tiempo pasa rápidamente. Pago la cuenta, caminamos hacia el auto, noto que miras mi cojera. Para hacerme el gracioso, te prometo que la próxima semana voy a caminar bien.
Te detienes, me observas muy fijamente.
Miro tu cara de impresión.
Me sale sangre de narices.
viernes, 11 de noviembre de 2011
Verano
Sigo sentado en la cama, con el computador sobre las piernas, metido en internet. Los niños me tironean del brazo para que bajemos a la playa. El día está perfectamente asoleado, no tan caluroso, con un cielo azul absoluto y el mar tranquilo.
Cuando estoy a punto de cerrar el notebook, apareces chateando para preguntar si estoy en Puerto Velero. Me molestas que mi departamento parece casa piloto, en cambio que tu casa de Tongoy es hippie. Me cuentas que estás obligando a las niñas a bajar a la playa, porque insisten en quedarse en la casa.
Quedamos en encontrarnos en la mitad de la Socos.
Agarramos las cosas y partimos. Bajamos por la escalera del funicular y caminamos por la arena. Desde lejos, te veo a ti y a las niñas mientras seguimos caminando para encontrarnos.
Me doy cuenta que ustedes tres son tan rubias, blancas y con bikinis tonos pastel. Nosotros tres somos tan negros, con las mechas tiesas, con trajes de baño negros y dibujos de tiburones y calaveras.
Comento eso a los niños y nos baja un ataque de risa.
Nos miran con desaprobación, entonces empezamos a armar los quitasoles para ser más amistosos.
Las niñas escuchan música y leen un libro cada una. Los niños se tiran terrones de arena mojada mientras se bañan.
Te miro y creo que debiera, de una vez por todas, decirte que me gustas demasiado.
Das vuelta la cabeza, me miras un buen rato y exclamas:
-Estai' guatón, Andrés-
Cuando estoy a punto de cerrar el notebook, apareces chateando para preguntar si estoy en Puerto Velero. Me molestas que mi departamento parece casa piloto, en cambio que tu casa de Tongoy es hippie. Me cuentas que estás obligando a las niñas a bajar a la playa, porque insisten en quedarse en la casa.
Quedamos en encontrarnos en la mitad de la Socos.
Agarramos las cosas y partimos. Bajamos por la escalera del funicular y caminamos por la arena. Desde lejos, te veo a ti y a las niñas mientras seguimos caminando para encontrarnos.
Me doy cuenta que ustedes tres son tan rubias, blancas y con bikinis tonos pastel. Nosotros tres somos tan negros, con las mechas tiesas, con trajes de baño negros y dibujos de tiburones y calaveras.
Comento eso a los niños y nos baja un ataque de risa.
Nos miran con desaprobación, entonces empezamos a armar los quitasoles para ser más amistosos.
Las niñas escuchan música y leen un libro cada una. Los niños se tiran terrones de arena mojada mientras se bañan.
Te miro y creo que debiera, de una vez por todas, decirte que me gustas demasiado.
Das vuelta la cabeza, me miras un buen rato y exclamas:
-Estai' guatón, Andrés-
martes, 8 de noviembre de 2011
Candela
- Dime dónde estuviste anoche -
- Dime conchadetumadre -
Siento su voz distorsionada por los gritos y por el nudo en la garganta. Me quedo en silencio, prefiero no responder, porque sé que será para peor.
Ella sabe la verdad.
Ayer me llamó la Claudia con una crisis de pánico y una vez más dejé todo botado por ella. Nos quedamos conversando hasta que se calmó, luego la acosté en su cama y me dediqué a lavar el cerro de platos sucios y tratar de ordenar el desorden acumulado de semanas.
Luego miré por enésima vez las fotos de la época de universidad, le escribí una nota y partí.
- ¿Me vas a contestar o no? - insiste la Mane, con el tono cada vez más alto.
No le quiero hacer daño. Ella no comprende mi relación protectora con la Claudia, después de tantos años que ya no estamos juntos.
Los gritos se confunden con sus lágrimas, trato de poner cara de culpable arrepentido, pero ella lo único que busca es que le diga la verdad que no quiere escuchar.
-¿Quieres que te saque la mierda? - me amenaza desde el otro lado del comedor. Yo no me atrevo a mirarla a los ojos, ni tampoco a hablarle. Quisiera abrazarla, pero creo que sería para peor.
Pasan los minutos, no hablamos.
Camina y se pone atrás mío.
Siento el golpe más doloroso del universo en mi cabeza.
Miro su reflejo en la ventana.
Odio ese maldito candelabro.
- Dime conchadetumadre -
Siento su voz distorsionada por los gritos y por el nudo en la garganta. Me quedo en silencio, prefiero no responder, porque sé que será para peor.
Ella sabe la verdad.
Ayer me llamó la Claudia con una crisis de pánico y una vez más dejé todo botado por ella. Nos quedamos conversando hasta que se calmó, luego la acosté en su cama y me dediqué a lavar el cerro de platos sucios y tratar de ordenar el desorden acumulado de semanas.
Luego miré por enésima vez las fotos de la época de universidad, le escribí una nota y partí.
- ¿Me vas a contestar o no? - insiste la Mane, con el tono cada vez más alto.
No le quiero hacer daño. Ella no comprende mi relación protectora con la Claudia, después de tantos años que ya no estamos juntos.
Los gritos se confunden con sus lágrimas, trato de poner cara de culpable arrepentido, pero ella lo único que busca es que le diga la verdad que no quiere escuchar.
-¿Quieres que te saque la mierda? - me amenaza desde el otro lado del comedor. Yo no me atrevo a mirarla a los ojos, ni tampoco a hablarle. Quisiera abrazarla, pero creo que sería para peor.
Pasan los minutos, no hablamos.
Camina y se pone atrás mío.
Siento el golpe más doloroso del universo en mi cabeza.
Miro su reflejo en la ventana.
Odio ese maldito candelabro.
domingo, 6 de noviembre de 2011
Vista al mar
El departamento está alfombrado de muro a muro, incluso la alfombra sube por las murallas como diez centímetros para hacer una especie de guardapolvo. Miro el encuentro redondeado entre los muros y el cielo y pienso que de una vez por todas debería remodelar todo.
Pero me gusta la vista al mar de este departamento. Mira justo entre el edificio del hotel y el castillito. Si me asomo por el balcón, veo la piscina a medio llenar y el mar golpeando las rocas justo al frente.
Es domingo, me levanto temprano, pongo el disco de Toquinho con María Creuza que es mi fetiche de fin de semana, leo el diario. Trato de no despertarte, más para poder estar solo que no molestarte.
Pero como una pesadilla; apareces.
Con unos short cortísimos que ocupas de pijama, una polera suelta y unas calcetas que te llegan hasta la rodilla con franjas de colores. Llevas tus lentes ópticos con ese marco grueso que me carga y el pelo tomado. Trato de contener mi risa por tu pinta, porque pareces disfrazada de adolescente de película porno.
Me encantaría que me comentaras algo de la canción, pero por el contrario, cambias la música y me cuentas que compraste frutillas para el desayuno.
Quisiera que no estuvieras, que desaparecieras para siempre y me dejaras con mi diario y mi vista al mar.
Entonces te descubres la espalda, te levantas más el pelo y me muestras que te hiciste un tatuaje.
Es mi nombre.
Pero me gusta la vista al mar de este departamento. Mira justo entre el edificio del hotel y el castillito. Si me asomo por el balcón, veo la piscina a medio llenar y el mar golpeando las rocas justo al frente.
Es domingo, me levanto temprano, pongo el disco de Toquinho con María Creuza que es mi fetiche de fin de semana, leo el diario. Trato de no despertarte, más para poder estar solo que no molestarte.
Pero como una pesadilla; apareces.
Con unos short cortísimos que ocupas de pijama, una polera suelta y unas calcetas que te llegan hasta la rodilla con franjas de colores. Llevas tus lentes ópticos con ese marco grueso que me carga y el pelo tomado. Trato de contener mi risa por tu pinta, porque pareces disfrazada de adolescente de película porno.
Me encantaría que me comentaras algo de la canción, pero por el contrario, cambias la música y me cuentas que compraste frutillas para el desayuno.
Quisiera que no estuvieras, que desaparecieras para siempre y me dejaras con mi diario y mi vista al mar.
Entonces te descubres la espalda, te levantas más el pelo y me muestras que te hiciste un tatuaje.
Es mi nombre.
jueves, 3 de noviembre de 2011
La última
Te invito a un café en Lastarria, en el mismo sucucho donde siempre nos juntábamos después de la oficina, en nuestra época buena. Es verdad que yo me fui a estudiar afuera y no volví, pero fue en parte porque supe que andabas con el estúpido de tu sicólogo, que aparte de comerse tu sueldo por años, terminó por quedarse contigo y con todos los discos que compramos juntos.
Llego un poco antes, pido un té.
Ya no aguanto el café, me hace mierda la úlcera. No me vas a creer que ya no tomo, ni fumo y no como nada que tenga ojos. Al fin entendí los sermones que tanto me diste; por años.
Si hubiera entendido antes, me habría evitado todas esas peleas porque dejaba la casa pasada a cigarrillo.
Llegas con un par de minutos de atraso, pero con la misma calma de siempre.
Me saludas, me haces cariño en el pelo, te abrazo y me doy cuenta que estás en los huesos. Te ves mucho más vieja, pero igual de guapa, para mí al menos. El pelo más oscuro, ojeras bien marcadas y una expresión de cansancio que no te conocía.
Te miro las manos y veo tus uñas deformes de tanto masticarlas y los dedos hinchados por sacarse pedacitos de piel.
Te sientas, pides un café. Me cuentas que dejaste de ser vegetariana, que yo tenía razón, que la vida hay que gozarla.
Prendes un cigarrillo, te miro los dientes.
Los tienes amarillos.
Llego un poco antes, pido un té.
Ya no aguanto el café, me hace mierda la úlcera. No me vas a creer que ya no tomo, ni fumo y no como nada que tenga ojos. Al fin entendí los sermones que tanto me diste; por años.
Si hubiera entendido antes, me habría evitado todas esas peleas porque dejaba la casa pasada a cigarrillo.
Llegas con un par de minutos de atraso, pero con la misma calma de siempre.
Me saludas, me haces cariño en el pelo, te abrazo y me doy cuenta que estás en los huesos. Te ves mucho más vieja, pero igual de guapa, para mí al menos. El pelo más oscuro, ojeras bien marcadas y una expresión de cansancio que no te conocía.
Te miro las manos y veo tus uñas deformes de tanto masticarlas y los dedos hinchados por sacarse pedacitos de piel.
Te sientas, pides un café. Me cuentas que dejaste de ser vegetariana, que yo tenía razón, que la vida hay que gozarla.
Prendes un cigarrillo, te miro los dientes.
Los tienes amarillos.
martes, 1 de noviembre de 2011
Nueve milímetros
Miro mis zapatos negros, de suela. Siempre están opacos, nunca muy lustrados, con la punta de los cordones deshilachadas.
Me acuerdo que la Constanza me los regaló para una navidad, porque se los pedí. De hecho siempre me regalaba zapatos, siempre con muy buen gusto, siempre pagados con mi tarjeta de crédito. Cuando ya no empezó a regalármelos más, debí haberme dado cuenta que algo andaba mal. Muy mal.
Hace frio, no es una buena idea andar un día de invierno trayéndolos puestos, la humedad se cuela hasta las rodillas, el tibio sol de invierno no calienta a nadie.
Mi día transcurre invariablemente hacia el fracaso desde todo punto de vista. No tengo ganas de nada, ni siquiera de desaparecer.
Bajo un brazo toco entre mis rodillas. Bajo el otro, junto las palmas, la cabeza aún a poyada sobre el escritorio. La boca seca, las comisuras de los labios con heridas, la barba de cuatro días sigue creciendo. El ventilador del computador con un ruido insoportable, una chimenea quemando leña a lo lejos.
El metal liso entre las palmas, rozando la madera justo debajo de mi oído.
La campanita del computador avisa que entra un mail. Giro un poco la cabeza y alcanzo a ver la nube celeste en la esquina de la pantalla, que avisa de que respondiste mi correo.
"No, muchas gracias Pablo, dejémoslo hasta acá."
Un estruendo.
Los zapatos quedan teñidos de rojo. Pequeñas astillas de madera flotan.
Ya no siento frío. Ya tengo sueño.
Me acuerdo que la Constanza me los regaló para una navidad, porque se los pedí. De hecho siempre me regalaba zapatos, siempre con muy buen gusto, siempre pagados con mi tarjeta de crédito. Cuando ya no empezó a regalármelos más, debí haberme dado cuenta que algo andaba mal. Muy mal.
Hace frio, no es una buena idea andar un día de invierno trayéndolos puestos, la humedad se cuela hasta las rodillas, el tibio sol de invierno no calienta a nadie.
Mi día transcurre invariablemente hacia el fracaso desde todo punto de vista. No tengo ganas de nada, ni siquiera de desaparecer.
Bajo un brazo toco entre mis rodillas. Bajo el otro, junto las palmas, la cabeza aún a poyada sobre el escritorio. La boca seca, las comisuras de los labios con heridas, la barba de cuatro días sigue creciendo. El ventilador del computador con un ruido insoportable, una chimenea quemando leña a lo lejos.
El metal liso entre las palmas, rozando la madera justo debajo de mi oído.
La campanita del computador avisa que entra un mail. Giro un poco la cabeza y alcanzo a ver la nube celeste en la esquina de la pantalla, que avisa de que respondiste mi correo.
"No, muchas gracias Pablo, dejémoslo hasta acá."
Un estruendo.
Los zapatos quedan teñidos de rojo. Pequeñas astillas de madera flotan.
Ya no siento frío. Ya tengo sueño.
viernes, 28 de octubre de 2011
La foto
Me avisa la Silvia, mi secretaria, que tengo que sacarme una foto para el libro que estoy publicando. Durante dos días es el tema de la comida en la noche, con la Cata y los niños. Todos opinan que debiera afeitarme y ponerme una camisa blanca que es la que me queda mejor.
Yo los miro a todos con aburrimiento, dejo que opinen y bromeen al respecto. Me acuesto pensando en que debí haber mandado esa foto que me sacó la Cata hace tiempo.
Finalmente al día siguiente vienen los de la editorial a sacar la famosa foto. Suena el timbre, le digo a la Silvia que los haga pasar al escritorio. Me hago esperar y bajo a los cinco minutos.
Encuentro solo una mujer, con un bolso que parece de un astronauta, esperándome de pie, mirando en detalle las fotos que tengo colgadas en la pared. Me dice que salgamos al jardín. Es una mujer de unos cuarenta años, pelo crespo negro, la frente amplia, con hoyuelos en las mejillas cuando ríe.
Hermosa.
Le pone a la cámara un lente gigante, me ordena sentarme en una pirca de piedra, y me saca fotos a mucha distancia. Hace varios intentos de hacerme reír. Me insiste en que me suelte, que no sea tan serio.
No hay caso.
Entonces deja la cámara en el pasto, se acerca rápido, instintivamente cierro los ojos, y siento que me besa.
En la boca.
Se aleja nuevamente, toma la cámara y enfoca.
Sonrío.
Yo los miro a todos con aburrimiento, dejo que opinen y bromeen al respecto. Me acuesto pensando en que debí haber mandado esa foto que me sacó la Cata hace tiempo.
Finalmente al día siguiente vienen los de la editorial a sacar la famosa foto. Suena el timbre, le digo a la Silvia que los haga pasar al escritorio. Me hago esperar y bajo a los cinco minutos.
Encuentro solo una mujer, con un bolso que parece de un astronauta, esperándome de pie, mirando en detalle las fotos que tengo colgadas en la pared. Me dice que salgamos al jardín. Es una mujer de unos cuarenta años, pelo crespo negro, la frente amplia, con hoyuelos en las mejillas cuando ríe.
Hermosa.
Le pone a la cámara un lente gigante, me ordena sentarme en una pirca de piedra, y me saca fotos a mucha distancia. Hace varios intentos de hacerme reír. Me insiste en que me suelte, que no sea tan serio.
No hay caso.
Entonces deja la cámara en el pasto, se acerca rápido, instintivamente cierro los ojos, y siento que me besa.
En la boca.
Se aleja nuevamente, toma la cámara y enfoca.
Sonrío.
martes, 25 de octubre de 2011
La venganza
Entramos un poco atrasados a la sala de reuniones por culpa del maldito tráfico del centro. Algunos intercambian tarjetas de presentación mientras el resto se prepara un café en la mesita del rincón. Nos dicen que esperemos cinco minutos más, mientras llega el abogado que los representa, para que haga las preguntas de rigor.
Pasan los minutos y me comienzo a molestar. Esta fusión les conviene a ellos, que aunque no lo reconozcan, están al borde de la quiebra por su estúpida administración "familiar".
Siento por el pasillo un taconeo apurado que se dirige hacia nosotros, imagino a la secretaria confirmando que el abogado sigue atrasado, como si nosotros no lo supiéramos.
Pero no.
A través del vidrio pavonado distingo el pelo rojo y largo. Las medias a rayas blancas y negras, como el teclado de un piano, y su voz tratando de cortarle a alguien una conversación por celular.
La María.
En todos los años que estuvimos juntos, nunca le puse mucha atención a que idiotas asesoraba, ni nada de nada en realidad. La historia terminó muy mal y ahora la tenía frente a mí.
Me mira y pone disimuladamente su índice sobre los labios cerrados, con una mirada seria.
Durante la presentación, hace sugerencias bastante lógicas y les comenta a ellos que le parece bien lo que estamos ofreciendo.
Finalmente me pregunta:
-Pablo, ¿Vas a cumplir tus promesas esta vez, o vas a ser un maricón cómo fuiste conmigo?-
Miro el suelo, la alfombra es café.
Pasan los minutos y me comienzo a molestar. Esta fusión les conviene a ellos, que aunque no lo reconozcan, están al borde de la quiebra por su estúpida administración "familiar".
Siento por el pasillo un taconeo apurado que se dirige hacia nosotros, imagino a la secretaria confirmando que el abogado sigue atrasado, como si nosotros no lo supiéramos.
Pero no.
A través del vidrio pavonado distingo el pelo rojo y largo. Las medias a rayas blancas y negras, como el teclado de un piano, y su voz tratando de cortarle a alguien una conversación por celular.
La María.
En todos los años que estuvimos juntos, nunca le puse mucha atención a que idiotas asesoraba, ni nada de nada en realidad. La historia terminó muy mal y ahora la tenía frente a mí.
Me mira y pone disimuladamente su índice sobre los labios cerrados, con una mirada seria.
Durante la presentación, hace sugerencias bastante lógicas y les comenta a ellos que le parece bien lo que estamos ofreciendo.
Finalmente me pregunta:
-Pablo, ¿Vas a cumplir tus promesas esta vez, o vas a ser un maricón cómo fuiste conmigo?-
Miro el suelo, la alfombra es café.
lunes, 24 de octubre de 2011
Cuídame
Espero que llegue la enfermera que cuida a mi vieja. Desde hace un tiempo que no la puedo dejar sola, porque se le olvidan las cosas y se desorienta un poco. Nada grave, pero me preocupa y la Vanessa se lleva bien con ella. De hecho a mi vieja le entretiene que venga, porque conversan sin parar, arreglando el mundo juntas.
No tengo apuro, me siento en el borde de la terraza mientras fumo el último cigarrillo y pongo una y otra vez la canción de Angus y Julia Stone. Es como una especie de rito que cada vez que llega, yo la mire desde la terraza, el cigarrillo, la canción, su vestido naranjo.
Abro la puerta, el saludo cordial, el aroma inconfundible de su perfume. Los ojos verdes intensos, las cejas finas y largas, el lunar sobe el labio.
Entra en el departamento, saluda a mi vieja con un abrazo, abre las cortinas para dejar entrar el último sol de la tarde, baja un poco la música, pone a calentar el hervidor para un té. Se saca los zapatos y se sienta sobre la cama hojeando una revista, conversando muy animadamente.
Termino el cigarrillo, tomo la chaqueta y las llaves, me despido de las dos y salgo. Mientras llamo el ascensor, infantilmente pego la oreja a la puerta y escucho.
-Es guapo tu hijo, verdad?- le dice a mi vieja.
Las dos se matan de la risa.
Me subo al ascensor, me miro en el espejo.
Estoy viejo.
No tengo apuro, me siento en el borde de la terraza mientras fumo el último cigarrillo y pongo una y otra vez la canción de Angus y Julia Stone. Es como una especie de rito que cada vez que llega, yo la mire desde la terraza, el cigarrillo, la canción, su vestido naranjo.
Abro la puerta, el saludo cordial, el aroma inconfundible de su perfume. Los ojos verdes intensos, las cejas finas y largas, el lunar sobe el labio.
Entra en el departamento, saluda a mi vieja con un abrazo, abre las cortinas para dejar entrar el último sol de la tarde, baja un poco la música, pone a calentar el hervidor para un té. Se saca los zapatos y se sienta sobre la cama hojeando una revista, conversando muy animadamente.
Termino el cigarrillo, tomo la chaqueta y las llaves, me despido de las dos y salgo. Mientras llamo el ascensor, infantilmente pego la oreja a la puerta y escucho.
-Es guapo tu hijo, verdad?- le dice a mi vieja.
Las dos se matan de la risa.
Me subo al ascensor, me miro en el espejo.
Estoy viejo.
After hour
A esta hora no me parece gracioso tener puestos estos pantalones naranja y Converse celestes. Imagino que en un boliche de bencinera, a las cuatro y media de la mañana, no es la gran cosa. Hace tiempo que no me emborrachaba de esta manera, de no acordarme donde cresta dejé el auto, ni las llaves de la casa.
Miro mis pelos parados en el reflejo en el espejo del fondo y me encuentro patético.
Me siento en las sillas de plástico de afuera, para hacer hora hasta que amanezca. Un jeep se estaciona justo en el lugar que estoy y me encandila con sus luces altas. Siento el calor del motor y una música que me resulta familiar.
Miro el resto de los estacionamientos, siento rabia de que me jodan a esta hora. Me animo a pararme y terminar con el jueguito, cuando escucho que el volumen de la radio del auto sube más, dejando salir mi voz, grabada hace un par de días.
Me detengo con la mano empuñada, y me escucho hablar sobre que para subirme el ánimo estoy escuchando a los Killers. Veo un par de piernas largas y maravillosas bajarse del auto.
La Camila.
-Así que te patearon por fin-, exclama entre risas, tambaleándose.
Sus llaves y celular se caen entre los dedos. Más risas, ahora de los dos. Trato de decir algo, pero me interrumpe.
-Al menos ya no hablas en inteligente, en tu programa de mierda..... súbete, huevón-.
Partimos.
Abro la ventana.
Miro mis pelos parados en el reflejo en el espejo del fondo y me encuentro patético.
Me siento en las sillas de plástico de afuera, para hacer hora hasta que amanezca. Un jeep se estaciona justo en el lugar que estoy y me encandila con sus luces altas. Siento el calor del motor y una música que me resulta familiar.
Miro el resto de los estacionamientos, siento rabia de que me jodan a esta hora. Me animo a pararme y terminar con el jueguito, cuando escucho que el volumen de la radio del auto sube más, dejando salir mi voz, grabada hace un par de días.
Me detengo con la mano empuñada, y me escucho hablar sobre que para subirme el ánimo estoy escuchando a los Killers. Veo un par de piernas largas y maravillosas bajarse del auto.
La Camila.
-Así que te patearon por fin-, exclama entre risas, tambaleándose.
Sus llaves y celular se caen entre los dedos. Más risas, ahora de los dos. Trato de decir algo, pero me interrumpe.
-Al menos ya no hablas en inteligente, en tu programa de mierda..... súbete, huevón-.
Partimos.
Abro la ventana.
sábado, 22 de octubre de 2011
Todo Vale
Subo al ascensor, marco el cinco, abro la puerta del departamento. No hay nadie, no hay nada.
Miro el piso vacío de parquet con marcas de muebles que alguna vez hubo. Miro la capa de tierra de un tiempo ya. Dejo la mochila y la maleta afuera, entro sin cerrar, busco algún papel o carta, pero no encuentro nada.
Miro por última vez el departamento, nunca más vuelvo.
Años después, me despierto recordando esa historia antigua, escucho la "Sugestión Diabólica" sonando en el piano del living. Me levanto, camino silenciosamente, la miro escondido.
El pelo rubio largo, la piel blanca, el ceño fruncido, la boca pequeña, la muñeca vendada.
El piano es rojo como el de Elton John. A ella siempre le cargó el color, aparte de ser japonés. Lo más imbécil es que lo compré para molestarla y conquistarla a la vez. Se lo regalé cuando le pedí que viviéramos juntos.
Vuelvo, abro el clóset, saco de su escondite una caja.
Paso por la cocina, le preparo un té y la interrumpo pasándole la taza. Me mira enojada, pero logro llamar su curiosidad con el regalo. Lo abre y desenvuelve los zapatos negros que esperan este momento hace tanto tiempo.
Me atrevo a tocar su pie y probar que no estoy equivocado. Le queda perfecto. Le quedan perfecto.
Ella es la elegida.
Me mira. Suelta una carcajada.
Sin decirme nada, deja los zapatos a un lado y sigue tocando.
Con la cabeza, hace un gesto de negación.
Miro el piso vacío de parquet con marcas de muebles que alguna vez hubo. Miro la capa de tierra de un tiempo ya. Dejo la mochila y la maleta afuera, entro sin cerrar, busco algún papel o carta, pero no encuentro nada.
Miro por última vez el departamento, nunca más vuelvo.
Años después, me despierto recordando esa historia antigua, escucho la "Sugestión Diabólica" sonando en el piano del living. Me levanto, camino silenciosamente, la miro escondido.
El pelo rubio largo, la piel blanca, el ceño fruncido, la boca pequeña, la muñeca vendada.
El piano es rojo como el de Elton John. A ella siempre le cargó el color, aparte de ser japonés. Lo más imbécil es que lo compré para molestarla y conquistarla a la vez. Se lo regalé cuando le pedí que viviéramos juntos.
Vuelvo, abro el clóset, saco de su escondite una caja.
Paso por la cocina, le preparo un té y la interrumpo pasándole la taza. Me mira enojada, pero logro llamar su curiosidad con el regalo. Lo abre y desenvuelve los zapatos negros que esperan este momento hace tanto tiempo.
Me atrevo a tocar su pie y probar que no estoy equivocado. Le queda perfecto. Le quedan perfecto.
Ella es la elegida.
Me mira. Suelta una carcajada.
Sin decirme nada, deja los zapatos a un lado y sigue tocando.
Con la cabeza, hace un gesto de negación.
jueves, 20 de octubre de 2011
Lunares
Ya habíamos quedado en salir, pero ese día no tenía ganas de nada. Mentí en la oficina diciendo que tenía una reunión fuera, pero la verdad era que no pude volver después de almorzar en la casa, si no que apagué la música, cerré las cortinas de la pieza y me acosté tapado, sin siquiera sacarme los zapatos.
Desperté un par de horas después con el sonido del teléfono. La típica llamada perdida anónima.
Miro el reloj y me doy cuenta de que estoy con el tiempo justo para ir a buscar las entradas, pasarte a buscar y partir al teatro. A duras penas me levanto y me lavo la cara con agua helada.
De ahí en adelante lo único que siento es una angustia incontrolable.
Angustia de manejar en el taco, de buscar un estacionamiento, de recorrer esos pasillos interminables llenos de gente.
Tengo la constante sensación de que no voy a poder ser capaz de seguir. Me falta el aire, me siento en el segundo peldaño de una escalera.
Tomo el teléfono y pienso que es una buena idea llamarte para cancelar todo. Las manos me tiemblan, transpiro helado y no logro marcar tu número.
Entonces justo me llamas.
Me dices que mejor no hagamos nada, que te atrasaste en la oficina. Cuando estoy a punto de responderte, levanto la cabeza y te veo con el celular en la mano, a un par de metros, cagada de la risa.
Llevas puesto un vestido azul, con lunares blancos.
Desperté un par de horas después con el sonido del teléfono. La típica llamada perdida anónima.
Miro el reloj y me doy cuenta de que estoy con el tiempo justo para ir a buscar las entradas, pasarte a buscar y partir al teatro. A duras penas me levanto y me lavo la cara con agua helada.
De ahí en adelante lo único que siento es una angustia incontrolable.
Angustia de manejar en el taco, de buscar un estacionamiento, de recorrer esos pasillos interminables llenos de gente.
Tengo la constante sensación de que no voy a poder ser capaz de seguir. Me falta el aire, me siento en el segundo peldaño de una escalera.
Tomo el teléfono y pienso que es una buena idea llamarte para cancelar todo. Las manos me tiemblan, transpiro helado y no logro marcar tu número.
Entonces justo me llamas.
Me dices que mejor no hagamos nada, que te atrasaste en la oficina. Cuando estoy a punto de responderte, levanto la cabeza y te veo con el celular en la mano, a un par de metros, cagada de la risa.
Llevas puesto un vestido azul, con lunares blancos.
martes, 18 de octubre de 2011
La orquídea
Sigo sentado en el auto, escuchando radio, en el estacionamiento del supermercado. No me quiero bajar hasta que termine la canción de la Stevie Nicks que ocupo de excusa para pensar en ti.
Nunca entendí mucho eso de que “estoy viviendo un momento personal importante y no puedo compartirlo”. Solo me acuerdo de haberte visto un par de días después de ese mensaje, besándote afuera del Liguria, con el pendejo que trabajaba para ti.
Ese mismo de la chaqueta de cotelé con parches en los codos.
Pobre.
Varios autos dan vueltas y vueltas buscando estacionamiento, algunos me hacen señas para saber si ya me voy, pero nada. Sigo escuchando la canción.
Miro la lista del supermercado tratando de entender la letra de mi nana, haciéndome el ánimo de entrar a esa mierda llena de gente.
Entonces; de la nada, te veo pasar por el frente. Vas vestida con esa chaqueta vieja de cuero que me gustaba tanto, desabrochada, dejando ver un embarazo ya bastante avanzado.
Trato de esconderme hundiéndome en el asiento, pero te acercas, cruzas directo hacia el auto, te pones al lado de la puerta y me tocas el vidrio.
-¿Todavía sigue en pie la invitación a salir?-, me dices medio riendo y bastante en serio, acariciándote la panza.
Ahí me acuerdo que te dije que estábamos viejos para tener hijos. Eso fue la noche que te invite a mi casa, esa última que nos vimos, la misma en que llevaste la orquídea.
Apago la radio.
Nunca entendí mucho eso de que “estoy viviendo un momento personal importante y no puedo compartirlo”. Solo me acuerdo de haberte visto un par de días después de ese mensaje, besándote afuera del Liguria, con el pendejo que trabajaba para ti.
Ese mismo de la chaqueta de cotelé con parches en los codos.
Pobre.
Varios autos dan vueltas y vueltas buscando estacionamiento, algunos me hacen señas para saber si ya me voy, pero nada. Sigo escuchando la canción.
Miro la lista del supermercado tratando de entender la letra de mi nana, haciéndome el ánimo de entrar a esa mierda llena de gente.
Entonces; de la nada, te veo pasar por el frente. Vas vestida con esa chaqueta vieja de cuero que me gustaba tanto, desabrochada, dejando ver un embarazo ya bastante avanzado.
Trato de esconderme hundiéndome en el asiento, pero te acercas, cruzas directo hacia el auto, te pones al lado de la puerta y me tocas el vidrio.
-¿Todavía sigue en pie la invitación a salir?-, me dices medio riendo y bastante en serio, acariciándote la panza.
Ahí me acuerdo que te dije que estábamos viejos para tener hijos. Eso fue la noche que te invite a mi casa, esa última que nos vimos, la misma en que llevaste la orquídea.
Apago la radio.
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