Despierto a las seis y media de la mañana, mirando los muros de mi pieza color azul. ¿A quién se le ocurre pintar de ese azul horrible? Obviamente lo hice en un minuto de depresión en el cual creía que ese color me iba a subir el ánimo, pero no.
Prendo el computador para meterme a facebook, twitter y cuanta cosa me de información sobre ti, pero no hay nada nuevo. Las mismas fotos de hace un par de meses en que dejamos de vernos.
Reviso los correos y nada, el pronóstico del tiempo, los resultados del fútbol, el horóscopo, los diarios, el saldo del banco, las cuentas por pagar, hasta que junto como veinte páginas abiertas.
Todavía tengo un poco de fiebre, la nariz hecha mierda de tanto sonarme, un dolor de guata feroz, por los remedios, y la maldita rodilla con una puntada insoportable.
Miro la fecha en la pantalla y me doy cuenta que hoy es veintinueve, el día en que comíamos ñoquis, como los argentinos. Con pesto, con crema, con camarones, con lo que fuera. Irrenunciablemente todos los putos y santos veintinueves, en un rito que me gustaba tanto, porque poníamos la moneda debajo del plato y toda la cosa.
A pesar de ser una idea estúpida, agarro el celular y te llamo. Me preguntas por qué mierda te llamo tan temprano. Te respondo con la historia de los ñoquis, por si quieres venir hoy.
Me dices que no puedes.
Que tienes hora para depilarte.
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