lunes, 15 de julio de 2013

Reno


No me gusta acompañar a la Cote al cumpleaños de sus amigos. No encuentro tema en común. Puede ser la diferencia de edad, de gustos, de qué se yo. No me gusta, y punto.

Pero siempre pongo mi mejor cara, me tomo un par de vodkas, me alegro y lo paso bien.

Voy pensando en todo esto mientras subimos en el ascensor a un cumpleaños más, pero esta vez, es diferente. De todas las personas del universo que podrían abrir esa puerta, apareces tú. Con la misma sonrisa, con un par de arrugas más en los ojos, un poco menos flaca, pero básicamente igual después de todos estos años.

La Cote pregunta qué de dónde nos conocemos, y sólo atinas a responder que en una época en que eras autodestructiva. Me escondo en la cocina, me hago un vodka, la Cote me reta porque lleno el vaso sin pensar, mientras miro una foto tuya con un niño que imagino es tu hijo.

Durante toda la noche hablo distraídamente y pienso que pudimos haber tenido algo serio. Que te lo dije muchas veces la vez que nos conocimos, y que te reíste, pensando que era por la borrachera.

Llega el minuto de la torta, y tienen que ir a buscar a tu marido con una grúa a la terraza. Apagas las velas y él, a duras penas te da un abrazo y te besa. Como sin ganas.

Miro la pared, hay un par de diplomas de título enmarcados.

Es dentista.

martes, 2 de abril de 2013

Bola de cristal


Nunca me gustó que dejáramos el papel mural detrás del sillón. Está bien, había que terminar y cambiarse rápido, pero siempre me ha molestado. Al menos los dos cuadros con las fotos de las refinerías de Lenga, ayudan a tapar un poco. Me acuerdo cuando me dijiste que las enmarcáramos en una caja negra, con paspartú negro.

Entro sin meter ruido, dejo la chaqueta sobre tu silla de tres patas. Me da risa, porque aunque lleva años con nosotros, aunque estuvo en Santiago un tiempo y luego la traje una noche manejando cinco horas, aunque ya está un poco vieja, la seguimos tratando con devoción y cuidado. Como si fuera una persona.

Entro a la pieza, miro los grabados del test de Rorschach, las famosas cortinas que hemos cambiado tres veces, el cubre plumón que mandamos a hacer con las telas del outlet de Ikea. Entro al baño, me lavo la cara, las manos, miro en el reflejo del espejo los mosaicos grises de los muros que cambiamos cuando llegamos.

Cruzo hasta la otra pieza, abro lentamente la puerta. Me quedo mirando como haces las tareas con la Olivia, miro las paredes llenas de libros y cosas, las fotos de los niños remando en la laguna. Pienso en que me da un poco de pena dejar esta casa, pero es verdad que ya no cabemos. Debiéramos empezar a embalar.

Te miro a contraluz con la ventana. Me gusta cómo te ves embarazada.

Esa polera naranja es mía.