Nunca me
gustó que dejáramos el papel mural detrás del sillón. Está bien, había que
terminar y cambiarse rápido, pero siempre me ha molestado. Al menos los dos
cuadros con las fotos de las refinerías de Lenga, ayudan a tapar un poco. Me
acuerdo cuando me dijiste que las enmarcáramos en una caja negra, con paspartú
negro.
Entro sin
meter ruido, dejo la chaqueta sobre tu silla de tres patas. Me da risa, porque
aunque lleva años con nosotros, aunque estuvo en Santiago un tiempo y luego la traje
una noche manejando cinco horas, aunque ya está un poco vieja, la seguimos
tratando con devoción y cuidado. Como si fuera una persona.
Entro a la
pieza, miro los grabados del test de Rorschach, las famosas cortinas que hemos
cambiado tres veces, el cubre plumón que mandamos a hacer con las telas del
outlet de Ikea. Entro al baño, me lavo la cara, las manos, miro en el reflejo
del espejo los mosaicos grises de los muros que cambiamos cuando llegamos.
Cruzo hasta
la otra pieza, abro lentamente la puerta. Me quedo mirando como haces las
tareas con la Olivia, miro las paredes llenas de libros y cosas, las fotos de
los niños remando en la laguna. Pienso en que me da un poco de pena dejar esta
casa, pero es verdad que ya no cabemos. Debiéramos empezar a embalar.
Te miro a
contraluz con la ventana. Me gusta cómo te ves embarazada.
Esa polera
naranja es mía.
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