Hace mucho calor, no hay casi nada de viento. Caminamos por la avenida La Marina, paralelo al Marga-Marga, desde el Miramar hasta el Casino.
Nos detenemos frente al edificio Copacabana y me quedo mirando los balcones de colores. Me encanta el amarillo. Pintaría todo un edificio de ese mismo amarillo perfecto.
Estoy transmitiendo mi teoría de los colores cuando te miro y veo que no me estás poniendo atención en lo más mínimo. Miro tus ojos llenos de pena y me cuentas una historia de amor de invierno que terminó mal en ese mismo lugar.
-Tú eres igual que el resto, sólo te importan tus cosas y nada más- me dices tan despacio, que apenas puedo oír tu voz. Trato de defenderme, pero no tiene sentido. Estoy acostumbrado a esos cambios de ánimo que vienen de una historia muy antigua.
Seguimos caminando, cruzamos el puente, no hablamos.
Tomamos avenida San Martín, paramos frente al Bravissimo. Apenas mueves la cabeza, para responderme con un gesto, que no quieres nada. Para hacerme el divertido, pido un "helado amarillo". -¿De qué sabor?- me pregunta el vendedor. Le respondo que no importa, el que sea más amarillo.
Te miro de reojo y sigues triste. Tomo el helado y cuando voy a probarlo, siento que me tiras el pelo, y me lo quitas.
No alcanzo a reaccionar, cuando de una mascada, te lo comes casi entero.
Miro tu cara llena de helado y me hablas cagada de la risa.
-Esto da cáncer, huevón.-
miércoles, 30 de noviembre de 2011
martes, 29 de noviembre de 2011
Príncipe de papel
Somos irresponsables, es definitivo. No fue una buena idea haber salido anoche.
Despierto asustado por un poco de luz que se cuela a través de las cortinas y miro la hora en el celular.
Es tarde.
El pánico me invade; no vamos a llegar.
Me da una risa nerviosa, despiertas y te sientas sobre la cama de un salto.
Miras la hora, te tapas la cara con las dos manos.
Me doy el tiempo de perder el último minuto dándote un beso. Te paso la misma ropa que está tirada en el suelo, te la pones y no hablamos nada. Abandonamos las maletas listas, una bolsa con encargos y la cámara de fotos.
Te paso tu casco, tomo el mío, saco la mochila negra del clóset, meto todo lo que cabe adentro. Me miras con cara de culpable, te miro con una mueca fingida de enojo.
No cortamos el agua ni el gas, no recuerdo si puse la alarma.
Salimos a la Costanera Norte al borde del suicidio, sexta a fondo. Llegamos y corremos a la puerta de embarque 27, la mujer del counter nos mira con rabia y algo de envidia.
Habla un par de cosas por radio, nos hace pasar y seguimos corriendo.
Toda la gente, ya sentada en el avión, nos mira con desaprobación. Peor aún que nos hayan sentado en asientos de business como premio a nuestra tontera.
Te sientas, te pones tus lentes, comienzas a hojear una revista.
Pido un vodka tónica.
Despierto asustado por un poco de luz que se cuela a través de las cortinas y miro la hora en el celular.
Es tarde.
El pánico me invade; no vamos a llegar.
Me da una risa nerviosa, despiertas y te sientas sobre la cama de un salto.
Miras la hora, te tapas la cara con las dos manos.
Me doy el tiempo de perder el último minuto dándote un beso. Te paso la misma ropa que está tirada en el suelo, te la pones y no hablamos nada. Abandonamos las maletas listas, una bolsa con encargos y la cámara de fotos.
Te paso tu casco, tomo el mío, saco la mochila negra del clóset, meto todo lo que cabe adentro. Me miras con cara de culpable, te miro con una mueca fingida de enojo.
No cortamos el agua ni el gas, no recuerdo si puse la alarma.
Salimos a la Costanera Norte al borde del suicidio, sexta a fondo. Llegamos y corremos a la puerta de embarque 27, la mujer del counter nos mira con rabia y algo de envidia.
Habla un par de cosas por radio, nos hace pasar y seguimos corriendo.
Toda la gente, ya sentada en el avión, nos mira con desaprobación. Peor aún que nos hayan sentado en asientos de business como premio a nuestra tontera.
Te sientas, te pones tus lentes, comienzas a hojear una revista.
Pido un vodka tónica.
domingo, 27 de noviembre de 2011
Mejor imposible
Quedamos en juntarnos un cuarto para las diez, y llegas puntualmente. Nuestra conversación no va muy bien, además siempre terminamos riéndonos de todo y no tomando nada en serio. Llevo mucho tiempo pensando en que quiero decirte que me gustas, que podríamos intentar tener algo estable.
Torpemente, termino hablando de la gente de la oficina.
Nos sentamos en la sala, desabrochas el cierre de tus zapatos, te los sacas y apoyas los pies sobre el respaldo de adelante. Se apagan las luces y ya no hablamos más.
Las sinopsis se me hacen interminables, así como ver por segunda vez una película que no te hace ninguna gracia. No te ríes en los momentos divertidos. Todo lo contrario; suspiras con desaprobación y aburrimiento sin querer esconderlo.
Está claro que todo esto es un fracaso, y quiero que termine pronto para cortarla.
Sin embargo, quisiera girar la cabeza y mirarte en la oscuridad. Imagino que es la última vez que nos veremos. No me gustan estos asientos tan anchos, porque no existe la posibilidad de rozar tu mano por casualidad. No me gusta estar en este puto lugar mirando una película, porque quisiera preguntarte donde compraste esos zapatos y si todavía haces clases en la universidad.
La espera se hace eterna, me siento mal. Termina la película y me comentas que no te gustó.
Salimos, no hablamos nada.
Hace mucho frío.
Caminamos hacia las máquinas de los estacionamientos.
Te detienes, me miras con los ojos brillantes.
Me pides una luca.
Torpemente, termino hablando de la gente de la oficina.
Nos sentamos en la sala, desabrochas el cierre de tus zapatos, te los sacas y apoyas los pies sobre el respaldo de adelante. Se apagan las luces y ya no hablamos más.
Las sinopsis se me hacen interminables, así como ver por segunda vez una película que no te hace ninguna gracia. No te ríes en los momentos divertidos. Todo lo contrario; suspiras con desaprobación y aburrimiento sin querer esconderlo.
Está claro que todo esto es un fracaso, y quiero que termine pronto para cortarla.
Sin embargo, quisiera girar la cabeza y mirarte en la oscuridad. Imagino que es la última vez que nos veremos. No me gustan estos asientos tan anchos, porque no existe la posibilidad de rozar tu mano por casualidad. No me gusta estar en este puto lugar mirando una película, porque quisiera preguntarte donde compraste esos zapatos y si todavía haces clases en la universidad.
La espera se hace eterna, me siento mal. Termina la película y me comentas que no te gustó.
Salimos, no hablamos nada.
Hace mucho frío.
Caminamos hacia las máquinas de los estacionamientos.
Te detienes, me miras con los ojos brillantes.
Me pides una luca.
viernes, 25 de noviembre de 2011
La cala
Mientras espero a que llegues, sigo cortando las nueces en pedazos pequeños. El movimiento del cuchillo, sirve para calmar mi ansiedad. Tengo sueño, dormí mal toda la semana, pero tengo demasiadas ganas de verte.
Demasiadas ganas de que esto funcione.
Me miro en el espejo de la entrada. Miro mis ojeras y cara de cansado. Algunas canas, una sonrisa fingida, una mala afeitada.
Me llama el conserje y me dice que vas subiendo. Me miro una vez más en el espejo, me desordeno un poco el pelo y abro la puerta. Estás parada a diez centímetros de mí, no alcanzo a verte entera, solamente tus ojos, tus manos juntas sosteniendo una cala.
Me encanta lo que preguntas, lo que respondes. Como cierras todas las puertas para fumar, como te mueves, como ríes.
Te desabrochas un botón, luego los otros dos, dejas la chaqueta en la silla de al lado y me pides que te sirva otra copa de vino.
Logro preguntarte muchas cosas que quería saber de ti. Me confiesas algunas con un poco de vergüenza, me hablas de tu trabajo con orgullo. No me atrevo a contarte que me enamoré de ti la primera vez que nos vimos y que me parece absurdo.
Pasan las horas
A las doce en punto, tomas el celular y llamas un taxi. Te avisan que llega en cinco minutos.
Bajamos juntos, nos despedimos.
Subo, me doy cuenta de que dejaste un papel sobre la mesa.
Dice: "No me gustan los mariscos".
Demasiadas ganas de que esto funcione.
Me miro en el espejo de la entrada. Miro mis ojeras y cara de cansado. Algunas canas, una sonrisa fingida, una mala afeitada.
Me llama el conserje y me dice que vas subiendo. Me miro una vez más en el espejo, me desordeno un poco el pelo y abro la puerta. Estás parada a diez centímetros de mí, no alcanzo a verte entera, solamente tus ojos, tus manos juntas sosteniendo una cala.
Me encanta lo que preguntas, lo que respondes. Como cierras todas las puertas para fumar, como te mueves, como ríes.
Te desabrochas un botón, luego los otros dos, dejas la chaqueta en la silla de al lado y me pides que te sirva otra copa de vino.
Logro preguntarte muchas cosas que quería saber de ti. Me confiesas algunas con un poco de vergüenza, me hablas de tu trabajo con orgullo. No me atrevo a contarte que me enamoré de ti la primera vez que nos vimos y que me parece absurdo.
Pasan las horas
A las doce en punto, tomas el celular y llamas un taxi. Te avisan que llega en cinco minutos.
Bajamos juntos, nos despedimos.
Subo, me doy cuenta de que dejaste un papel sobre la mesa.
Dice: "No me gustan los mariscos".
lunes, 21 de noviembre de 2011
Tacones cercanos
Son casi las seis de la mañana.
Miro alrededor y me da risa el haber terminado en la Bunker. Miro a mis amigas con sus novios y a todo el mundo con sus parejas.
Me siento muy solo.
No me despido, hago como que voy al baño, pero subo derecho por la escalera y salgo a la calle. Camino por Bombero Núñez buscando la camioneta. Gente de la calle se acerca para pedirme cigarrillos.
Aprovecho de fumar un poco y conversar de la vida. Por primera vez en mucho tiempo, ya no siento miedo de la noche. Pasa el tiempo y veo que empiezan a salir todos del lugar, prendo otro cigarrillo y me quedo solo.
Me subo a la camioneta, apago la radio y parto hacia el departamento. Estaciono en la calle, escucho los pájaros que cantan, subo en el ascensor. Ya amanece.
Dejo las llaves sobre la mesa de la entrada y escucho a mi vecina de arriba cerrar la puerta y caminar con sus tacos. Imagino que viene llegando y que sería una buena idea invitarla a tomar desayuno.
La he invitado a salir muchas veces, pero de una forma o de otra, siempre me dice que no, con evasivas.
Subo la escalera, toco el timbre.
Me abre la puerta una niña de unos ocho años, con unos zapatos rojos con taco que le quedan gigantes, abrazando el diario que acaba de recoger.
Le pregunto si está su mamá.
Siento el olor a pan tostado.
Miro alrededor y me da risa el haber terminado en la Bunker. Miro a mis amigas con sus novios y a todo el mundo con sus parejas.
Me siento muy solo.
No me despido, hago como que voy al baño, pero subo derecho por la escalera y salgo a la calle. Camino por Bombero Núñez buscando la camioneta. Gente de la calle se acerca para pedirme cigarrillos.
Aprovecho de fumar un poco y conversar de la vida. Por primera vez en mucho tiempo, ya no siento miedo de la noche. Pasa el tiempo y veo que empiezan a salir todos del lugar, prendo otro cigarrillo y me quedo solo.
Me subo a la camioneta, apago la radio y parto hacia el departamento. Estaciono en la calle, escucho los pájaros que cantan, subo en el ascensor. Ya amanece.
Dejo las llaves sobre la mesa de la entrada y escucho a mi vecina de arriba cerrar la puerta y caminar con sus tacos. Imagino que viene llegando y que sería una buena idea invitarla a tomar desayuno.
La he invitado a salir muchas veces, pero de una forma o de otra, siempre me dice que no, con evasivas.
Subo la escalera, toco el timbre.
Me abre la puerta una niña de unos ocho años, con unos zapatos rojos con taco que le quedan gigantes, abrazando el diario que acaba de recoger.
Le pregunto si está su mamá.
Siento el olor a pan tostado.
jueves, 17 de noviembre de 2011
Míreme
Bajo los escalones con mucho cuidado. Ayer nevó y todavía quedan algunos manchones de de nieve por toda la plaza. La rodilla me duele todavía, trato de levantar los talones al caminar, de tal manera de que no se note mi cojera.
Imagino que llegaste un rato antes y que me estás mirando. Son unos cien metros los que debo recorrer caminando para llegar al café en donde quedamos en juntarnos. Es una eternidad. Parezco un imbécil sintiéndome observado. Para peor estacioné el auto en el lugar más visible de la cuadra.
Miro la gente del café, pero no estás. Saludo a algunos que conozco y entonces te veo llegar. Te bajas de un auto negro con un hombre algo mayor, intercambian un par de palabras. Él se sube ahora por el lado del conductor y avanza lentamente hasta perderse.
Te acercas hacia mí y en una reacción estúpida, sigo hablando con la gente, haciendo como que no me hubiera enterado de que llegaste.
Saludas a todos, me miras y me abrazas afectuosamente. Nos sentamos, pedimos algo y hablamos. Irremediablemente, me equivoco una vez más y termino hablando de mí, olvido hacerte muchas preguntas que quería hacerte, hago otras que nunca debí preguntar.
El tiempo pasa rápidamente. Pago la cuenta, caminamos hacia el auto, noto que miras mi cojera. Para hacerme el gracioso, te prometo que la próxima semana voy a caminar bien.
Te detienes, me observas muy fijamente.
Miro tu cara de impresión.
Me sale sangre de narices.
Imagino que llegaste un rato antes y que me estás mirando. Son unos cien metros los que debo recorrer caminando para llegar al café en donde quedamos en juntarnos. Es una eternidad. Parezco un imbécil sintiéndome observado. Para peor estacioné el auto en el lugar más visible de la cuadra.
Miro la gente del café, pero no estás. Saludo a algunos que conozco y entonces te veo llegar. Te bajas de un auto negro con un hombre algo mayor, intercambian un par de palabras. Él se sube ahora por el lado del conductor y avanza lentamente hasta perderse.
Te acercas hacia mí y en una reacción estúpida, sigo hablando con la gente, haciendo como que no me hubiera enterado de que llegaste.
Saludas a todos, me miras y me abrazas afectuosamente. Nos sentamos, pedimos algo y hablamos. Irremediablemente, me equivoco una vez más y termino hablando de mí, olvido hacerte muchas preguntas que quería hacerte, hago otras que nunca debí preguntar.
El tiempo pasa rápidamente. Pago la cuenta, caminamos hacia el auto, noto que miras mi cojera. Para hacerme el gracioso, te prometo que la próxima semana voy a caminar bien.
Te detienes, me observas muy fijamente.
Miro tu cara de impresión.
Me sale sangre de narices.
viernes, 11 de noviembre de 2011
Verano
Sigo sentado en la cama, con el computador sobre las piernas, metido en internet. Los niños me tironean del brazo para que bajemos a la playa. El día está perfectamente asoleado, no tan caluroso, con un cielo azul absoluto y el mar tranquilo.
Cuando estoy a punto de cerrar el notebook, apareces chateando para preguntar si estoy en Puerto Velero. Me molestas que mi departamento parece casa piloto, en cambio que tu casa de Tongoy es hippie. Me cuentas que estás obligando a las niñas a bajar a la playa, porque insisten en quedarse en la casa.
Quedamos en encontrarnos en la mitad de la Socos.
Agarramos las cosas y partimos. Bajamos por la escalera del funicular y caminamos por la arena. Desde lejos, te veo a ti y a las niñas mientras seguimos caminando para encontrarnos.
Me doy cuenta que ustedes tres son tan rubias, blancas y con bikinis tonos pastel. Nosotros tres somos tan negros, con las mechas tiesas, con trajes de baño negros y dibujos de tiburones y calaveras.
Comento eso a los niños y nos baja un ataque de risa.
Nos miran con desaprobación, entonces empezamos a armar los quitasoles para ser más amistosos.
Las niñas escuchan música y leen un libro cada una. Los niños se tiran terrones de arena mojada mientras se bañan.
Te miro y creo que debiera, de una vez por todas, decirte que me gustas demasiado.
Das vuelta la cabeza, me miras un buen rato y exclamas:
-Estai' guatón, Andrés-
Cuando estoy a punto de cerrar el notebook, apareces chateando para preguntar si estoy en Puerto Velero. Me molestas que mi departamento parece casa piloto, en cambio que tu casa de Tongoy es hippie. Me cuentas que estás obligando a las niñas a bajar a la playa, porque insisten en quedarse en la casa.
Quedamos en encontrarnos en la mitad de la Socos.
Agarramos las cosas y partimos. Bajamos por la escalera del funicular y caminamos por la arena. Desde lejos, te veo a ti y a las niñas mientras seguimos caminando para encontrarnos.
Me doy cuenta que ustedes tres son tan rubias, blancas y con bikinis tonos pastel. Nosotros tres somos tan negros, con las mechas tiesas, con trajes de baño negros y dibujos de tiburones y calaveras.
Comento eso a los niños y nos baja un ataque de risa.
Nos miran con desaprobación, entonces empezamos a armar los quitasoles para ser más amistosos.
Las niñas escuchan música y leen un libro cada una. Los niños se tiran terrones de arena mojada mientras se bañan.
Te miro y creo que debiera, de una vez por todas, decirte que me gustas demasiado.
Das vuelta la cabeza, me miras un buen rato y exclamas:
-Estai' guatón, Andrés-
martes, 8 de noviembre de 2011
Candela
- Dime dónde estuviste anoche -
- Dime conchadetumadre -
Siento su voz distorsionada por los gritos y por el nudo en la garganta. Me quedo en silencio, prefiero no responder, porque sé que será para peor.
Ella sabe la verdad.
Ayer me llamó la Claudia con una crisis de pánico y una vez más dejé todo botado por ella. Nos quedamos conversando hasta que se calmó, luego la acosté en su cama y me dediqué a lavar el cerro de platos sucios y tratar de ordenar el desorden acumulado de semanas.
Luego miré por enésima vez las fotos de la época de universidad, le escribí una nota y partí.
- ¿Me vas a contestar o no? - insiste la Mane, con el tono cada vez más alto.
No le quiero hacer daño. Ella no comprende mi relación protectora con la Claudia, después de tantos años que ya no estamos juntos.
Los gritos se confunden con sus lágrimas, trato de poner cara de culpable arrepentido, pero ella lo único que busca es que le diga la verdad que no quiere escuchar.
-¿Quieres que te saque la mierda? - me amenaza desde el otro lado del comedor. Yo no me atrevo a mirarla a los ojos, ni tampoco a hablarle. Quisiera abrazarla, pero creo que sería para peor.
Pasan los minutos, no hablamos.
Camina y se pone atrás mío.
Siento el golpe más doloroso del universo en mi cabeza.
Miro su reflejo en la ventana.
Odio ese maldito candelabro.
- Dime conchadetumadre -
Siento su voz distorsionada por los gritos y por el nudo en la garganta. Me quedo en silencio, prefiero no responder, porque sé que será para peor.
Ella sabe la verdad.
Ayer me llamó la Claudia con una crisis de pánico y una vez más dejé todo botado por ella. Nos quedamos conversando hasta que se calmó, luego la acosté en su cama y me dediqué a lavar el cerro de platos sucios y tratar de ordenar el desorden acumulado de semanas.
Luego miré por enésima vez las fotos de la época de universidad, le escribí una nota y partí.
- ¿Me vas a contestar o no? - insiste la Mane, con el tono cada vez más alto.
No le quiero hacer daño. Ella no comprende mi relación protectora con la Claudia, después de tantos años que ya no estamos juntos.
Los gritos se confunden con sus lágrimas, trato de poner cara de culpable arrepentido, pero ella lo único que busca es que le diga la verdad que no quiere escuchar.
-¿Quieres que te saque la mierda? - me amenaza desde el otro lado del comedor. Yo no me atrevo a mirarla a los ojos, ni tampoco a hablarle. Quisiera abrazarla, pero creo que sería para peor.
Pasan los minutos, no hablamos.
Camina y se pone atrás mío.
Siento el golpe más doloroso del universo en mi cabeza.
Miro su reflejo en la ventana.
Odio ese maldito candelabro.
domingo, 6 de noviembre de 2011
Vista al mar
El departamento está alfombrado de muro a muro, incluso la alfombra sube por las murallas como diez centímetros para hacer una especie de guardapolvo. Miro el encuentro redondeado entre los muros y el cielo y pienso que de una vez por todas debería remodelar todo.
Pero me gusta la vista al mar de este departamento. Mira justo entre el edificio del hotel y el castillito. Si me asomo por el balcón, veo la piscina a medio llenar y el mar golpeando las rocas justo al frente.
Es domingo, me levanto temprano, pongo el disco de Toquinho con María Creuza que es mi fetiche de fin de semana, leo el diario. Trato de no despertarte, más para poder estar solo que no molestarte.
Pero como una pesadilla; apareces.
Con unos short cortísimos que ocupas de pijama, una polera suelta y unas calcetas que te llegan hasta la rodilla con franjas de colores. Llevas tus lentes ópticos con ese marco grueso que me carga y el pelo tomado. Trato de contener mi risa por tu pinta, porque pareces disfrazada de adolescente de película porno.
Me encantaría que me comentaras algo de la canción, pero por el contrario, cambias la música y me cuentas que compraste frutillas para el desayuno.
Quisiera que no estuvieras, que desaparecieras para siempre y me dejaras con mi diario y mi vista al mar.
Entonces te descubres la espalda, te levantas más el pelo y me muestras que te hiciste un tatuaje.
Es mi nombre.
Pero me gusta la vista al mar de este departamento. Mira justo entre el edificio del hotel y el castillito. Si me asomo por el balcón, veo la piscina a medio llenar y el mar golpeando las rocas justo al frente.
Es domingo, me levanto temprano, pongo el disco de Toquinho con María Creuza que es mi fetiche de fin de semana, leo el diario. Trato de no despertarte, más para poder estar solo que no molestarte.
Pero como una pesadilla; apareces.
Con unos short cortísimos que ocupas de pijama, una polera suelta y unas calcetas que te llegan hasta la rodilla con franjas de colores. Llevas tus lentes ópticos con ese marco grueso que me carga y el pelo tomado. Trato de contener mi risa por tu pinta, porque pareces disfrazada de adolescente de película porno.
Me encantaría que me comentaras algo de la canción, pero por el contrario, cambias la música y me cuentas que compraste frutillas para el desayuno.
Quisiera que no estuvieras, que desaparecieras para siempre y me dejaras con mi diario y mi vista al mar.
Entonces te descubres la espalda, te levantas más el pelo y me muestras que te hiciste un tatuaje.
Es mi nombre.
jueves, 3 de noviembre de 2011
La última
Te invito a un café en Lastarria, en el mismo sucucho donde siempre nos juntábamos después de la oficina, en nuestra época buena. Es verdad que yo me fui a estudiar afuera y no volví, pero fue en parte porque supe que andabas con el estúpido de tu sicólogo, que aparte de comerse tu sueldo por años, terminó por quedarse contigo y con todos los discos que compramos juntos.
Llego un poco antes, pido un té.
Ya no aguanto el café, me hace mierda la úlcera. No me vas a creer que ya no tomo, ni fumo y no como nada que tenga ojos. Al fin entendí los sermones que tanto me diste; por años.
Si hubiera entendido antes, me habría evitado todas esas peleas porque dejaba la casa pasada a cigarrillo.
Llegas con un par de minutos de atraso, pero con la misma calma de siempre.
Me saludas, me haces cariño en el pelo, te abrazo y me doy cuenta que estás en los huesos. Te ves mucho más vieja, pero igual de guapa, para mí al menos. El pelo más oscuro, ojeras bien marcadas y una expresión de cansancio que no te conocía.
Te miro las manos y veo tus uñas deformes de tanto masticarlas y los dedos hinchados por sacarse pedacitos de piel.
Te sientas, pides un café. Me cuentas que dejaste de ser vegetariana, que yo tenía razón, que la vida hay que gozarla.
Prendes un cigarrillo, te miro los dientes.
Los tienes amarillos.
Llego un poco antes, pido un té.
Ya no aguanto el café, me hace mierda la úlcera. No me vas a creer que ya no tomo, ni fumo y no como nada que tenga ojos. Al fin entendí los sermones que tanto me diste; por años.
Si hubiera entendido antes, me habría evitado todas esas peleas porque dejaba la casa pasada a cigarrillo.
Llegas con un par de minutos de atraso, pero con la misma calma de siempre.
Me saludas, me haces cariño en el pelo, te abrazo y me doy cuenta que estás en los huesos. Te ves mucho más vieja, pero igual de guapa, para mí al menos. El pelo más oscuro, ojeras bien marcadas y una expresión de cansancio que no te conocía.
Te miro las manos y veo tus uñas deformes de tanto masticarlas y los dedos hinchados por sacarse pedacitos de piel.
Te sientas, pides un café. Me cuentas que dejaste de ser vegetariana, que yo tenía razón, que la vida hay que gozarla.
Prendes un cigarrillo, te miro los dientes.
Los tienes amarillos.
martes, 1 de noviembre de 2011
Nueve milímetros
Miro mis zapatos negros, de suela. Siempre están opacos, nunca muy lustrados, con la punta de los cordones deshilachadas.
Me acuerdo que la Constanza me los regaló para una navidad, porque se los pedí. De hecho siempre me regalaba zapatos, siempre con muy buen gusto, siempre pagados con mi tarjeta de crédito. Cuando ya no empezó a regalármelos más, debí haberme dado cuenta que algo andaba mal. Muy mal.
Hace frio, no es una buena idea andar un día de invierno trayéndolos puestos, la humedad se cuela hasta las rodillas, el tibio sol de invierno no calienta a nadie.
Mi día transcurre invariablemente hacia el fracaso desde todo punto de vista. No tengo ganas de nada, ni siquiera de desaparecer.
Bajo un brazo toco entre mis rodillas. Bajo el otro, junto las palmas, la cabeza aún a poyada sobre el escritorio. La boca seca, las comisuras de los labios con heridas, la barba de cuatro días sigue creciendo. El ventilador del computador con un ruido insoportable, una chimenea quemando leña a lo lejos.
El metal liso entre las palmas, rozando la madera justo debajo de mi oído.
La campanita del computador avisa que entra un mail. Giro un poco la cabeza y alcanzo a ver la nube celeste en la esquina de la pantalla, que avisa de que respondiste mi correo.
"No, muchas gracias Pablo, dejémoslo hasta acá."
Un estruendo.
Los zapatos quedan teñidos de rojo. Pequeñas astillas de madera flotan.
Ya no siento frío. Ya tengo sueño.
Me acuerdo que la Constanza me los regaló para una navidad, porque se los pedí. De hecho siempre me regalaba zapatos, siempre con muy buen gusto, siempre pagados con mi tarjeta de crédito. Cuando ya no empezó a regalármelos más, debí haberme dado cuenta que algo andaba mal. Muy mal.
Hace frio, no es una buena idea andar un día de invierno trayéndolos puestos, la humedad se cuela hasta las rodillas, el tibio sol de invierno no calienta a nadie.
Mi día transcurre invariablemente hacia el fracaso desde todo punto de vista. No tengo ganas de nada, ni siquiera de desaparecer.
Bajo un brazo toco entre mis rodillas. Bajo el otro, junto las palmas, la cabeza aún a poyada sobre el escritorio. La boca seca, las comisuras de los labios con heridas, la barba de cuatro días sigue creciendo. El ventilador del computador con un ruido insoportable, una chimenea quemando leña a lo lejos.
El metal liso entre las palmas, rozando la madera justo debajo de mi oído.
La campanita del computador avisa que entra un mail. Giro un poco la cabeza y alcanzo a ver la nube celeste en la esquina de la pantalla, que avisa de que respondiste mi correo.
"No, muchas gracias Pablo, dejémoslo hasta acá."
Un estruendo.
Los zapatos quedan teñidos de rojo. Pequeñas astillas de madera flotan.
Ya no siento frío. Ya tengo sueño.
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