El departamento está alfombrado de muro a muro, incluso la alfombra sube por las murallas como diez centímetros para hacer una especie de guardapolvo. Miro el encuentro redondeado entre los muros y el cielo y pienso que de una vez por todas debería remodelar todo.
Pero me gusta la vista al mar de este departamento. Mira justo entre el edificio del hotel y el castillito. Si me asomo por el balcón, veo la piscina a medio llenar y el mar golpeando las rocas justo al frente.
Es domingo, me levanto temprano, pongo el disco de Toquinho con María Creuza que es mi fetiche de fin de semana, leo el diario. Trato de no despertarte, más para poder estar solo que no molestarte.
Pero como una pesadilla; apareces.
Con unos short cortísimos que ocupas de pijama, una polera suelta y unas calcetas que te llegan hasta la rodilla con franjas de colores. Llevas tus lentes ópticos con ese marco grueso que me carga y el pelo tomado. Trato de contener mi risa por tu pinta, porque pareces disfrazada de adolescente de película porno.
Me encantaría que me comentaras algo de la canción, pero por el contrario, cambias la música y me cuentas que compraste frutillas para el desayuno.
Quisiera que no estuvieras, que desaparecieras para siempre y me dejaras con mi diario y mi vista al mar.
Entonces te descubres la espalda, te levantas más el pelo y me muestras que te hiciste un tatuaje.
Es mi nombre.
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