Mientras espero a que llegues, sigo cortando las nueces en pedazos pequeños. El movimiento del cuchillo, sirve para calmar mi ansiedad. Tengo sueño, dormí mal toda la semana, pero tengo demasiadas ganas de verte.
Demasiadas ganas de que esto funcione.
Me miro en el espejo de la entrada. Miro mis ojeras y cara de cansado. Algunas canas, una sonrisa fingida, una mala afeitada.
Me llama el conserje y me dice que vas subiendo. Me miro una vez más en el espejo, me desordeno un poco el pelo y abro la puerta. Estás parada a diez centímetros de mí, no alcanzo a verte entera, solamente tus ojos, tus manos juntas sosteniendo una cala.
Me encanta lo que preguntas, lo que respondes. Como cierras todas las puertas para fumar, como te mueves, como ríes.
Te desabrochas un botón, luego los otros dos, dejas la chaqueta en la silla de al lado y me pides que te sirva otra copa de vino.
Logro preguntarte muchas cosas que quería saber de ti. Me confiesas algunas con un poco de vergüenza, me hablas de tu trabajo con orgullo. No me atrevo a contarte que me enamoré de ti la primera vez que nos vimos y que me parece absurdo.
Pasan las horas
A las doce en punto, tomas el celular y llamas un taxi. Te avisan que llega en cinco minutos.
Bajamos juntos, nos despedimos.
Subo, me doy cuenta de que dejaste un papel sobre la mesa.
Dice: "No me gustan los mariscos".
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