jueves, 18 de julio de 2019

Te perdí. La culpa fue mía.




Ya es hora de irse. Termino de lavar los platos del almuerzo, ordeno nuestras cosas y limpio la cocina. Me asomo por la ventana, te veo hacer un mono de nieve con tus amigos.

Todos llevan puestas unas parkas verdes, con los típicos logos de auspiciadores, en cambio tú andas con tu parka celeste. Esa que te había comprado mucho tiempo atrás.

Ordeno otro poco, te vuelvo a mirar. Voy al baño, me lavo los dientes y voy a buscarte.

Entonces; no te veo.

Pregunto por ti. Todos me miran extrañados. Todos se miran entre ellos y nadie me responde.
Grito tu nombre con todas mis fuerzas, corro cerro abajo por la nieve profunda. Llego al montañés y no te encuentro. Corro de vuelta cerro arriba, por la mitad de la pista. Hay mucha nieve, pero corro cada vez más rápido.

La gente sale al escuchar mis gritos. Siento que alguien me agarra de un brazo, me dice que me tranquilice, que nadie está perdido. Que me entre a la casa. Que me siente. Que respire.

Pero yo sé que es mentira. Me logro zafar, grito más fuerte, vuelvo a bajar por el cerro. Me entierro cada vez más en la nieve. Siento que me falta el aire, que estoy a punto de desmayarme.


Imagino un hilo de sangre roja en la mitad de la nieve blanca y tu parka celeste.


Imagino que no voy a volver a ver nunca más tus cejas tupidas.