miércoles, 24 de octubre de 2012

Ghost in the machine


Son las cuatro y cuarenta y cuatro de la mañana. Y ahí está nuevamente. Pensé que no la volvería a ver, pero no.  Sentada en el borde de la cama, de espaldas hacia mí. Vestida de negro impecable, como siempre, con ese pelo ondulado, que apenas deja verle los ojos en la oscuridad. Entonces gira la cabeza para mirarme con una sonrisa burlesca.

La he visto pocas veces en veintiún años, pero no se me olvida esa expresión, esa puta sonrisa de las cuatro de las mañana que se ríe de las malas noticias. Trato de prender la luz, abrir más los ojos, agarrar el teléfono que está a mi lado. Nada funciona. No puedo moverme. No puedo hacer nada. Trato de decirle algo. Tampoco.

Gira completamente el cuerpo, sube las piernas a la cama, las cruza sentándose como indio, se agarra las mejillas con las dos palmas y apoya los codos en las rodillas. Y ahí tira la frase de nuevo; -"Te lo dije".- me dice con un tono melancólico más que socarrón. Miro la suela de sus botas y me doy cuenta de que están nuevas.

Los ojos se me llenan de lágrimas. Levanta una mano, dobla dos dedos frente a sus ojos y se mira las uñas como buscando alguna imperfección en esa mano perfecta. Ahora cruza los brazos por sobre la cabeza, estirándose con los ojos cerrados.

Me pregunta que si se puede meter a la cama.

Que se siente muy sola.