Son las
cuatro y cuarenta y cuatro de la mañana. Y ahí está nuevamente. Pensé que no la
volvería a ver, pero no. Sentada en el
borde de la cama, de espaldas hacia mí. Vestida de negro impecable, como
siempre, con ese pelo ondulado, que apenas deja verle los ojos en la oscuridad.
Entonces gira la cabeza para mirarme con una sonrisa burlesca.
La he visto pocas
veces en veintiún años, pero no se me olvida esa expresión, esa puta sonrisa de
las cuatro de las mañana que se ríe de las malas noticias. Trato de prender la
luz, abrir más los ojos, agarrar el teléfono que está a mi lado. Nada funciona.
No puedo moverme. No puedo hacer nada. Trato de decirle algo. Tampoco.
Gira
completamente el cuerpo, sube las piernas a la cama, las cruza sentándose como
indio, se agarra las mejillas con las dos palmas y apoya los codos en las
rodillas. Y ahí tira la frase de nuevo; -"Te lo dije".- me dice con un tono melancólico más que
socarrón. Miro la suela de sus botas y me doy cuenta de que están nuevas.
Los ojos se
me llenan de lágrimas. Levanta una mano, dobla dos dedos frente a sus ojos y se
mira las uñas como buscando alguna imperfección en esa mano perfecta. Ahora
cruza los brazos por sobre la cabeza, estirándose con los ojos cerrados.
Me pregunta
que si se puede meter a la cama.
Que se
siente muy sola.
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