Solo me escribiste que te fuera a buscar ya.
Altiro.
De una.
Como se diga.
Supe inmediatamente que algo malo te había pasado. Era martes. Los martes
siempre tenías reunión hasta tarde y que te fuera a buscar a las cuatro no significaba
nada bueno.
Se me apretó el
corazón y solo se me ocurrió ir con las niñas y el perro.
No había tráfico,
llegué muy rápido.
Estabas sentada en la vereda, abrazando una caja de cartón con tus cosas.
Con el colgante sin la credencial, con los ojos vidriosos, con la pena más grande
que alguien pueda tener.
Te sorprendiste
de que no viniera solo.
Y antes que dijeras algo, te dije que éramos una familia con perro y todo. Que íbamos
a estar juntos en las buenas y en las malas.
Con gran sacrificio contuviste las lágrimas, sacaste tu mejor sonrisa y les
hablaste a las niñas sobre su día, o algo así.
Los pocos minutos
del viaje se hicieron eternos.
No supe muy bien que decir, quizás no había que decir nada.
Más tarde me
contaste que te habían despedido, que eran trece años, que tenías pena.
Esa noche nos
emborrachamos, te fuiste a acostar mientras yo salí a pasear el perro y fumar
un cigarro. Traté de demorarme lo más posible para ver si estabas ya dormida.
Pero no.
Estabas completamente sin ropa sobre la cama.
Me hiciste un
gesto para que me acercara.
Supe que todo iba
a estar bien.