Me había preparado con todo.
Me corté el pelo, me arreglé la barba.
Me compré pantalones nuevos y una camisa de esas entalladas.
Me compré pantalones nuevos y una camisa de esas entalladas.
Hice un playlist con las canciones que averigüé que te gustaban,
compré flores para la casa, hice un arroz perfecto, que estaba de concurso.
Llegaste puntual.
Tan hermosa como siempre.
Yo ya tenía puesto el lomo vetado en la parrilla un buen
rato, para que almorzáramos a la hora precisa y no como lo que siempre pasaba donde
nuestros amigos, en que alegabas que terminábamos
comiendo muy tarde.
El picoteo estaba para la foto y todos nuestros amigos en
común hacían lo posible para que la cosa funcionara.
Hasta puse un ventilador escondido para que no hubiera
posibilidad que te llegara el humo.
Entonces vino la debacle y todo se fue a la mierda.
De tanto abrir y cerrar de la parrilla a gas para darlo
vuelta; el lomo cayó al suelo y como una pelota de fútbol, dio un bote para
terminar desangrándose sobre mi
zapatilla izquierda.
En mi desesperación por evitar lo inevitable, hice un
movimiento ninja tratando de atajar el lomo, lancé lejos la copa de vino tinto que
explotó contra el muro y con el aletazo de la mano izquierda, boté el salero
que me acababas de regalar.
Explotó en mil pedazos.
Miro el suelo incrédulo.
Nadie atina a decir nada.
Levanto la cabeza y busco tu mirada.
Solo veo tu teléfono sacando la foto y tus dientes hermosos
riendo.