jueves, 18 de noviembre de 2021

Diez

Se suponía que me iban a emparejar con la dueña de casa, pero nunca fue así. Nunca entendí muy bien para qué me habían invitado a la fiesta, si en realidad la mina estaba pololeando con un vendedor de calzoncillos y yo no conocía a nadie.

Me entretuve, un poco, tratando de descifrar a los invitados, entender sus historias, quiénes estaban emparejados, y dejar que pasara el tiempo en lo posible, para que no se me notara lo aburrido que estaba y las ganas de irme a dormir.

Lo peor de todo es que todos me miraban y se preguntaban quién era yo y qué cresta estaba haciendo ahí. Igual se supone que era el cumpleaños de una amiga de la dueña de casa, pero no recuerdo la torta. Si recuerdo a la amiga. Sus zapatos. Y que tenía un diente chueco.

El amigo con que andaba, culpable de esta situación, tampoco me pescaba mucho. Las horas pasaban y todo seguía de mal en peor.

Entonces llegaste.
Me acuerdo de tu falda corta con lunares, tu polera blanca, tus dientes grandes y tu cara de ardilla.
Me acuerdo de tu olor, de tus piernas, de tu conversación.
Por mucho rato logré tener toda tu atención para mí y fuiste todo lo que quise hasta ese minuto.

Siempre supe que íbamos a estar juntos, que tendríamos dos hijas y como se iban a llamar.

No imaginas cuanto he tratado de huir de ese destino.
No imaginas cuanto te he amado.

miércoles, 14 de julio de 2021

Martes 13

Volvemos de la clínica en silencio.

Los resultados no son los que esperábamos.

Ya es inevitable.
Me queda poco tiempo, y no hay mucha vuelta que darle.

No dices nada.
Solo eres tan cariñosa como siempre.
Me tocas la cabeza, el pelo, me regalas tu sonrisa, pero tienes esa mirada melancólica que la disimulas mirando por la ventana.

Estás un poco distinta.
Me discutes todo, me haces bromas por cualquier cosa, te ríes de mis defectos como antes no te permitías hacerlo.
Eso me hace feliz, siento que eres la mejor compañera, pero no encuentro las palabras para decírtelo.

Te cuento algunas historias antiguas.
Malas historias, de novias pasadas, en un intento estúpido por querer decirte que eres lo mejor que me pasó en la vida, pero cómo siempre dijiste; “lo bueno, dura poco”.

Pones cara de sorpresa y desaprobación.


Nunca te dije que me encantaba contarte historias, porque aparte de burlarte, siempre me hacías un comentario que me dejaba algo importante para pensar.
Para sentir.

Me desvío del camino hacia la casa, paramos en la tienda de un buen amigo.
El que hace vestidos de novia.
Te ríes, me preguntas si es en serio.

Está un poco lleno.
Cruzamos a comprar un cappuccino.
Volvemos, y sin mucha explicación, te toman las medidas.
En un vidrio, y con un plumón negro, dibujan tu silueta perfecta.

Te ves más hermosa y feliz que nunca.
Tengo claro que puede que nunca lo vea terminado.

Te pido que nunca me olvides.

sábado, 10 de julio de 2021

Top Ten

Nunca hablamos de nuestras historias pasadas.

Fue como una especie de pacto implícito.
De hecho una vez me empezaste a contar de algunas malas experiencias que te habían sucedido y rápidamente cambiábamos de tema.

Cuando yo empezaba con lo mismo, me auto censuraba y te decía que mejor habláramos de nosotros y que no perdiéramos el tiempo en historias fomes.
Así pasamos mucho tiempo y no sé si tenía una opinión al respecto, pero me parecía que estaba bien.

Hasta que pasó lo de ese día en que nos metimos en un taco infernal, y entre que teníamos mucho tiempo para hablar, que te estaba dando besos y haciendo cariño en la espalda; que fue que apareció el tema.

Me preguntaste por qué tú.
Por qué me había atrevido a emparejarme contigo y  a decirte que te amaba si la cosa no pintaba para nada bien desde un principio.
Traté de excusarme en que había tenido alguna señales tuyas, alguna demostración de cariño o algo, pero no logré decir nada en el fondo.

Traté de responder con preguntas, pero no me dejaste.
Me fuiste acorralando en la conversación y lejos de sentirme incómodo, me sentí tonto por no poder hablar.

Entonces, cuando llegamos a la casa, me pasaste un papel y un lápiz y me pediste que te hiciera una lista de las diez cosas que definitivamente me enamoraban de ti.

Pasé horas escribiendo.
Finalmente boté todo, agarré un papel en blanco y escribí

1-10 : Tu cuello.

viernes, 9 de julio de 2021

Paulina

¿Quién te va a decir que ya es muy tarde cuando todos te digan que recién está empezando, y sea verdad?

¿Quién te dirá que las cosas no son tan buenas, aunque siempre queramos creer lo contrario?

No puedes seguir pensando que nada va mal, porque me voy a romper en mil pedazos y pienso que tú al menos en cien.

¿Quién va a llevarte a casa esta noche, aunque no tengas a dónde ir y yo no tenga cómo hacerlo, ni cómo contártelo?

¿Quién te recogerá cuando te caigas, aunque yo ya no exista nunca más en este mundo, o en tu mundo al menos, o en ningún mundo de nadie?

¿Quién te colgará cuando llames, aunque nunca más me llames y ya me hayas olvidado por completo?

¿Quién le prestará atención a tus sueños, aunque sean sueños con otros y nunca en este puto mundo hayas soñado conmigo?

¿Quién se tapará los oídos cuando tu grites, aunque tus gritos en la noche fueron la cosa más increíble que me pasó en la vida?

¿Quién te abrazará cuando lo desees, aunque siempre me dijiste que había una fila de imbéciles queriendo hacerlo, y no puedo soportar siquiera pensarlo?

¿Quién acudirá a ti cuando te rompas, aunque me juraste por tu vida que nunca te ibas a romper?

No puedes seguir pensando que nada va mal, porque te echo tanto de menos que me gustaría que estuvieras siempre conmigo.

Me voy a hacer un tatuaje.

Una M.

De martes.

miércoles, 7 de julio de 2021

Epidural

Te dije cara de palo que te amaba.

Así no más.
Sin anestesia.
Sabías que no mentía porque prácticamente tuviste mi corazón en tu mano.

No era porque hubiéramos hecho el amor, o porque por era tarde y tenía sueño o porque me estaba quedando dormido, o porque estaba oscuro y habías perdido un aro en la cama y eso me causaba mucha risa y felicidad.

Todavía no terminaste de entenderlo.
Era simple.
Sólo te amaba en ese minuto porque no quería nada más en la vida.
Quería perderme para siempre en esa sensación de que daba lo mismo si todo se iba a la mierda, porque ese momento lo iba a atesorar para siempre.

Porque mientras más perdido me sentía, más apareció tu olor y tu sabor inolvidable.
Porque mientras más racional e incrédula te ponías, yo buscaba el cliché más absurdamente cliché para gritarte que me habías vuelto loco.

Hubiera aprendido poemas de Rimbaud y te los hubiera recitado a viva voz.
Hubiera aprendido a tocar guitarra y te hubiera cantado canciones de Eduardo Gatti o Silvio.
Hubiera aprendido a comprarte flores y llenarte de chocolates.
Hubiera leído esos libros de autoayuda para poder enfrentar nuestra relación.

Pero no.

Solo te dije que te amaba y punto.
Sin anestesia.

Pasaron los días y no me dijiste nada.
Tuve miedo que me encontraras un ridículo.

Entonces, después de un tiempo, en el auto, me dijiste que nunca habías llorado en tu vida.

Te miro.
Te corren las lágrimas.

lunes, 5 de julio de 2021

Buenas noches Octavia

Te miro.

Eres hermosa.
Te balanceas en la silla. Me imagino que nunca te vas a caer.
Miras por la ventana y me dices que ya no escucho música.
Que si lo olvidé.
No me canso de mirarte y no logro conformarme con que lo nuestro ya no va más.

Agarras el teléfono.
Escribes un texto.
Estoy seguro de que le escribes a él.
Cada vez que lo haces tienes esa risa en la boca que antes me dedicabas a mí, pero ya nunca más.

Intento sacarte una sonrisa y pongo “Barro tal vez”.
Pero sigues en tu teléfono escribiendo y riéndole a otro.
Giras la cabeza hacia el respaldo de la silla, te tocas el mentón, te tocas los labios.

Trato de hacer memoria de cuándo fue la última vez que reímos juntos y no tuve este miedo del orto.
Trato de no llorar frente a ti, porque sé que no te gusta que lo haga si no hay un buen motivo para hacerlo.
Me voy rompiendo en mil pedacitos pequeños.
Sigues con tu teléfono.
Sigues en un lugar muy lejos de aquí.

Subes los pies arriba de la mesa y no me miras.
Es tu manera de dejarme que te deje partir.
Te tocas la frente, frunces el sueño, te muerdes la comisura de los labios.

Entonces llega el coro.
Sueltas el teléfono, tomas aire y gritas a todo pulmón:

“Ya lo estoy queriendo”.

Te paras, haces una reverencia, agarras el teléfono y te vas.

domingo, 4 de julio de 2021

Mal entendido

Nos sentamos a conversar por última vez.

Me dijiste que no me creías nada.
Que nunca salíamos de esta etapa de conocerse y pasábamos a la siguiente.
A construir algo en conjunto. Algún proyecto concreto. Alguna cosa.

Siempre fuiste impaciente, pero ese día sentí que la cosa se estaba poniendo grave.
Que ya no había más plazos, que tenías ganas de mandar todo a la mierda debido a mi impavidez.
Corriste la silla, te sentaste muy cerca mío, me hiciste cariño y me pediste que te dijera qué estaba pensando.

Para variar, traté de adornar lo que iba a decir.
A hablar en bonito.
A tocarte alguna fibra para que te quedaras tranquila.

Pero no.
No hubo caso, y con el mismo cariño y tranquilidad me diste a entender que pusiera mucho cuidado en lo que iba a decir porque quizás no habría más conversación que esa.
No fue una amenaza. Lo dijiste con una tranquilidad y compromiso increíble.

Me sentí un poco tonto.


Me acordé de esa mañana de sol cuando fue la primera vez que caminamos, primero de la mano, y luego abrazados por el parque.

Entonces, por fin te hablé desde el corazón.
En simple.
Lo que sentía.
Que pensaba todo el día en ti.
Que te veía en cada cosa que me pasaba.
En que pensaba todo el día en lo maravilloso que sería poder “abrazarse”.

Tú entendiste “embarazarse”.

Hoy tenemos hora para la ecografía.
Son mellizos.

Pienso que nos deberíamos comprar una van.

sábado, 3 de julio de 2021

Mutualismo

Me pediste que te cocinara una vez más.

Pero con esa mirada que no se trataba de tener hambre.
No se trataba de comer por comer, si no que querías esa cosa de mí que te encantaba.
Que te sorprendiera, que te hiciera feliz.
Que fuera algo nuevo.
Algo que te evocara alguna de nuestras historias, de nuestros viajes, de nuestras ganas de pasarlo bien, a pesar de todo.

Por primera vez tuve un poco de miedo.
Miedo de empezar a repetirme en las ideas, en los sabores.
O que simplemente me estaba esforzando tanto en ser lo que siempre soñaste que fuera, que corrí el límite a un punto que cada vez me costaba más superarlo.

Salí a comprar los ingredientes y, como un fantasma, volví con las manos vacías.
Nada me emocionaba para emocionarte.
Nada era digno de lo que merecías, después de haberme dado tanto.

Caminé un par de cuadras, por esas calles que una vez me dijiste que las querías memorizar para siempre. Prendí un cigarrillo, llovió un poco. Caminé otro poco y no tuve nada de inspiración.
Pensé que quizás te prometí más cosas de las que podía cumplir.
Pensé que quizás te estabas aburriendo de lo nuestro.

Tomé el teléfono y te escribí preguntándote si tenías alguna idea, algún antojo.
Me respondiste que tenías ganas de que no nos separáramos nunca.
Que nos juntáramos en el café detrás de la tienda.

Llego con las manos vacías.
Me esperas con un café.
Te amo.

miércoles, 30 de junio de 2021

El delicioso

Siempre quise más de ti.

En realidad lo quería todo y me lo diste.

O casi.
Siempre quedó ese pendiente y a medida que llevábamos más tiempo juntos, el tema empezó a aparecer. Primero medio en broma, luego no tanto.

Te pregunté por qué me lo negabas.
Al principio evadiste las preguntas y luego me confesaste la verdad.
O a medias. O eso creo.

Algo de unas experiencias anteriores con tus ex novios que no funcionaron.
Como que lo hiciste con todo tu cariño y dedicación, pero no fue apreciado.
Que después se volvió una lata y, no me lo dijiste, pero en la nostalgia de tus ojos noté un desagrado. Un cierto hastío de la situación que transformó mi curiosidad estúpida en preocupación.

Pensé en preguntarte más sobre el tema, pero me dio miedo que sintieras que me estaba obsesionado con la cuestión.
Que era un bruto más de la colección y que no representaba ninguna diferencia.
Tuve miedo que fuera algo mucho más grave de lo que me contaste, y eso explicaría muchas cosas, pero fui un cobarde y no me atreví por miedo a develar una historia muy fea.

Dejé pasar el tiempo, me hice el tonto.
Pero siempre que estábamos ahí, existía la incomodidad si dar el paso y romper ese mito.

Finalmente la vida nos separó.
Pero nos volvimos a juntar más pronto que tarde.

Y entonces, me lo diste.

El mejor pollo al cognac del universo.
La famosa receta de tu familia.

martes, 29 de junio de 2021

La Cage aux folles

Salimos un buen tiempo.

Yo siempre quise ir más lento, pero tú eras demasiado impaciente e impulsiva.

Entonces te aburriste que yo estuviera esperando a juntar más plata para irnos a vivir juntos de una buena vez, y te fuiste a vivir con Pablo y Renato que eran pareja en ese minuto.

No lo encontré tan mala idea en un principio, porque podía verte cuando quisiera, porque ya no tenías que vivir con tu mamá que te trataba como que tuvieras doce años, y porque ya no sentía esa presión de arrendar algo para vivir contigo.

Entonces cambiaste. Te volviste demasiado responsable y estructurada, cada vez salías menos, te gustaba quedarte cocinándole a tus amigos y haciendo vida casera. Te volviste una obsesiva del orden, de sacarse los zapatos, de no fumar, ni de comer carne, ni emborracharse sin motivo.

Y luego la agarraste conmigo. Que no era autónomo, que no sabía cocinar, que era machista, que me vestía pésimo, que no usaba perfume, que tenía mal gusto, que era un bruto.

Te amaba tanto, que cambié para hacerte feliz. Hice caso en todo lo que me decías, pero no fue suficiente. Entonces le pedí consejo a Pablo. Me enseñó demasiadas cosas. A vestirme mejor, a escuchar buena música, a tomar sólo una copa de un buen vino, a no comer como una bestia, a cortarme el pelo y arreglarme la barba, a no decir pachotadas.

Siempre me lo dijo con cariño. 

Hoy cumplimos dos años.

lunes, 28 de junio de 2021

Corazón

No era lo mío celebrarle el cumpleaños a la Paula.

Yo siempre pedía tu ayuda como su hermana mayor.
Siempre sabías que regalarle.
Lo de las flores, los globos con números y letras.
La torta.
Este año justo tocaba un domingo.
La idea era que cuando llegáramos de la playa, estuviera todo listo.

Como de sorpresa.
Aunque la Paula siempre sabía que eras tú.

Llegamos antes de que oscureciera.
Y ahí empezó el drama.
Cómo te pasé mis llaves, tuvimos que tocar el timbre.
Nunca abriste.
La Paula se metió por una ventana y nos abrió.
Yo entré con las maletas y las niñas.

No había globos ni torta.
Nada de nada.

Tu figurabas absolutamente borracha sobre el sillón del living.
Una montonera de vasos y botellas de todo tipo, vacías sobre la mesa de centro.
La Paula llevó a las niñas a sus piezas.

Me empezaste a decir que te habías aburrido de ser la hermana mayor, la buenita, la mejor alumna del colegio y de la universidad.
De haberte hecho cargo de la empresa de tu mamá cuando no pudo seguir trabajando.
De los huevones egoístas con que te relacionaste.

Mientras hablabas, te ibas bajando los pantalones, sacando la blusa y quedando solo en ropa interior.

Te sientas en el sillón, te cruzas de piernas y me miras como Sharon Stone.

Me dices que la torta está escondida adentro del horno y el regalo en mi clóset.

Tienes un tatuaje con forma de corazón en el poto.

sábado, 26 de junio de 2021

Te adoro

Ya veníamos peleando hace semanas.

Almorzamos a las patadas, ya no nos soportábamos, pedimos la cuenta en lo de las pizzas, salimos a la calle.
Sentía que quería un espacio para mí, que por alguna vez pudiera darme un gusto sin pensar en el resto. Se me ocurrió la idea que con el retiro del 10% de la AFP me podía comprar una moto.

Había tantas cosas que pagar, tantas cosas que arreglar en la casa, que ahora que lo pienso; era una imbecilidad.
Pero le di con eso, como cabro chico.
Te enojaste mucho, discutimos hasta el infinito, me dijiste que era un inmaduro, aparecieron recriminaciones de historias que ya creíamos olvidadas.

El asunto es que vamos caminando hacia el parque que tiene los juegos. Tú caminas unos treinta metros adelante y das vuelta a la esquina. Te pierdo de vista por un segundo y justo pasa mi moto. La que quiero comprar.

Me detengo mirándola embobado .
Me imagino arriba de ella, viajando sin rumbo.
La sigo con la mirada y en eso, de la nada; un jeep Toyota se pasa el pare de la esquina y choca la moto.

Mi moto.
O la que me gusta.

Siento un grito destemplado.
Es tu voz diciendo mi nombre.
Corres hacia la moto, miras al herido como si fuera yo.

Te grito, me ves, pero sigues acercándote al accidentado.
Le ofreces el café que llevas en la mano.
Le preguntas si la vende.

Así como está no más.

viernes, 25 de junio de 2021

Hora agendada

Estábamos en la universidad, lo pasábamos increíble, nos reíamos todo el tiempo.

Pero me empezó a dar miedo.
Quería probar otras cosas, era muy joven, tenía toda la vida por delante, si no era ahí, no sería nunca.
Entonces, pasó lo inevitable.

Habíamos quedado en ir a comprar unos cuadernos, o algo así. Algo para la universidad. No recuerdo bien.
Fuimos en el auto de mi viejo, te dejé en la esquina.
Te dije que me daba la vuelta y te pasaba a buscar por el frente.
Nunca volví.
No me dio pena, no me dio nada.
Me cambié de ciudad, de carrera y de universidad.
Mi viejo murió al poco tiempo y nunca volví a nuestra ciudad.
Nunca me volví a acordar de esa historia.

Pasaron los años, me fue bien.
Empecé a tener demasiado tiempo libre, me bajó la nostalgia, quise recuperar el Toyota beige de mi viejo que nos prestaba para ir a la U.

Lo encontré, estaba intacto.
Lo había comprado un amigo de mi viejo y lo tuvo guardado.

Me subo, sigue ese mismo olor “a maestro” como decía mi vieja.
Bajo la ventana, parto.
Llego a la calle de la librería y como un deja vú; recuerdo toda la historia.

Reduzco la velocidad, alguien me mueve la mano, me detengo.
Eres tú.
Subes dos niños hermosos al asiento trasero.
Me das un beso en la mejilla.
Me preguntas por qué me demoré tanto.
Me entregas una agenda.

“Es la última que quedaba”.

jueves, 24 de junio de 2021

Sin disfraz

Vivo en Buenos Aires.

Estoy sobrio hace un rato, tengo un trabajo a medio tiempo, estoy empezando de nuevo.
Tomo un taxi, voy al hotel Savoy, entro al lobby, pregunto por mi amigo Juan Hundred.

Espero un rato ojeando el Instagram, aparece Juan, pedimos café y medialunas, y le cuento a lo que vine.

Quiero escribir como vos, no quiero seguir más en lo mío.


Escribir que no quería tragar esos garbanzos ni esa carne quemada.
Escribir que quería agarrarla del pelo y sacarle la ropa en la mitad de la cocina.
Escribir que quería manosearle el culo tan fuerte que le iba a sacar un pedazo.

Entonces me interrumpe y empieza a preguntar qué cosas se me vienen a la cabeza.
Sin pensarlo.
Como imágenes. Que cierre los ojos. Como el yoga. O la meditación. O alguna de esas boludeces.

Inevitablemente pienso en ti.
En que no puedo olvidarte.
En que me hubiera encantado no haber sido tan pelotudo y haberte dicho lo que me pasó ese martes.
Haberte dicho que cuando estabas ahí, y te miré fijo a los ojos, no me salieron las palabras para decirte lo mucho que me importabas.
Que cuando te toqué las cejas y te dibujé con los dedos, me empecé a enamorar como un pibe de 15.

Entonces, escucho una carcajada, abro los ojos y toda la gente del lobby nos mira.
Juan se pone de pie, aun riendo, se abrocha la chaqueta, me habla;

“Flaco, pagá vos la cuenta”.

miércoles, 23 de junio de 2021

Huevos de Pascua

Bañamos y acostamos a los niños.

Salimos un rato a la casa de amigos.
Nos emborrachamos.
Reímos.

Siempre volvemos caminando, conejeando por calles interiores, bromeando que te regalo un departamento gigante.
Hablamos en ruso con las nueve palabras que nos aprendimos por google.

Subimos en el ascensor y aprovecho de hacerte cariño.
Entramos al departamento, nos sacamos lo zapatos y me recuerdas que hay que esconder los huevitos.
Sacas una bolsa pequeña, y empezamos a meterlos en cada rincón posible.

Estamos en eso y te pregunto si cuando eras chica lo hacían en tu familia.
Me cuentas que sí, que todos los años.
Hasta que no lo hicieron más.
Miro tus ojos y están brillantes. Miras por la ventana. Te pierdo.

Hago mis chistes inclusivos del conejite de pascue y los huevites, pero no te hace gracia.
Trato de cambiar el tema pero nada funciona.
Cada vez que pasa eso, te pregunto directamente y hablamos largas horas y me cuentas tus historias. Las buenas y las no tanto.

En mi desesperación por recuperarte, recuerdo algo.
Destrozo un huevito lo muelo y lo meto junto los pedazos de su envoltorio y plásticos varios en una de las bolsas celestes que ocupamos para la caca del perro.
Le escribo con un plumón rojo; “No sea intrusa, señora”.
Lo meto bajo tu almohada y bajo a pasear al perro.

A mi vuelta sostienes la bolsa con dos dedos muerta de la risa.

Me agradeces preocuparme por ti.

Estás sin ropa.


martes, 22 de junio de 2021

Drive

Te dije que te quería pedir algo.

Una sola cosa.
Pero no me atreví.


Te quería pedir algo de tiempo.
Pero tenía claro que tiempo era lo que menos tenía derecho de pedirte y para peor; lo único que no podías darme.

Igual nos seguimos viendo.
Cada vez más esporádicamente.
Cada vez quedaba más triste de esos encuentros.

Te borré del Instagram.
Por un lado me hacía feliz de que fueras feliz.
Por un lado me ponía muy triste el que yo no fuera el que te hiciera feliz en esas fotos.

Seguí cuidando de ti, esperando nada.
Seguí enviándote el mismo regalo para todos tus cumpleaños.
Entonces me escribiste. Tan cariñosa como siempre. Que mejor te olvidara. Que mejor quedarse con un recuerdo maravilloso.

Pasó el tiempo y te hiciste cada vez más perfecta.
Pasó el tiempo y me hice cada vez una peor versión de mi personaje patético.
Soñaba que como Jenny de Forrest Gump, volvieras a casa para poder cuidarte. Pero nunca volviste.

Una vez te vi con tu novio que te abría la puerta del auto y te trataba como una reina.
Una vez te vi con tu hermana paseando a tus dos hijos preciosos.
Siempre pensé en acercarme y saludarte. Nunca lo hice.

Siempre te quise preguntar si estabas arrepentida de lo nuestro.
Siempre te quise de una manera única.
Ni mejor, ni más, ni más fuerte. Tan solo diferente. Maravillosamente diferente.

Hoy por primera vez voy a tu cumpleaños.
Te llevo un Hennessy.

Su merced.

Estaba nervioso.

Por fin tenía la cita que tanto había esperado contigo.

Una sensación de somnolencia me acompañó durante todo el camino.
Me costaba abrir los ojos. Como si estuviera dormido. Como si estuviera soñando.

Se supone que nos juntábamos en ese restorán que siempre pasamos por fuera.
Ese doble altura con una barra en forma de círculo.
No tengo recuerdos de como llegué.
Si fue en taxi o caminando.

Solo recuerdo que aparecí de improviso en el lugar.
Pero ahora es distinto, es como un supermercado. Color crema.
Es iluminado por una luz blanca.
Me da miedo que vaya a llover, aunque estemos bajo techo.
No entiendo mucho.

Entonces llegas.
Tal como lo prometiste.
Con tu vestido negro impecable, el pelo suelto y zapatillas.
Perfecta.

Pero de repente, no eres tú.
O sea eres tú, pero tienes otra cara. Eres Sasha Lane.
Me miras y me sacas la lengua en tono burlesco.
Te respondo igual.

Suena Rihanna por los parlantes.
We found love.
Yo ya no soy yo. Soy Shia LaBeouf.
Como todos saben que me subo arriba de las mesas y bailo, lo hago sobre una de las cajas.
La cajera llama a seguridad.
Me echan.
Te dejo un beso a través de la puerta de vidrio.


Entonces despierto.

Está oscuro
El televisor está prendido.
Mi gato me mira.

Con una de sus patas apaga el televisor con el control remoto.
Le hago cariño en la espalda.
Se le paran los pelos.

Me dice que duerma.

domingo, 20 de junio de 2021

Legacy

 

Siempre llegas a las 6.
No entiendo por qué mierda llegas a esa hora si el colegio abre a las 7:30.
Religiosamente te estacionas al frente de mi casa, de tal manera que pueda verte. Un Subaru Legacy 97 gris desteñido y asqueroso.

A las 7:25 se baja tu hijo del auto. Es hermoso, igual a ti. Te da un beso y entra al colegio. Lo esperas toda la mañana leyendo un libro. Luego vuelve y lo obligas a limpiarse las suelas de los zapatos antes de subirse y partir.

Durante todo ese lapso de tiempo no puedo salir de la casa.
El miedo a mirarte directamente a los ojos me bloquea y prefiero quedarme acá.
He visto crecer a tu hijo en este proceso y nunca me he animado a salir.

Hasta que creció tanto que salió del colegio y en ese marzo esperé ya no verte.
Pero nuevamente estabas ahí.

De pura rabia salgo a enfrentarte, empuño la mano y me encuentro cara a cara contigo, parada frente a mi puerta.
Te digo que la cortes, que mantengo lo que te dije que prefería que nos separáramos antes de que rompieras mi corazón.
Que te daba lo que quisieras. Un viaje. Muchos viajes.
Pero que no podía seguir.

Me miras con tu risa diabólica que tanto adoraba.
No dices nada.
Con una mano te subes el polerón, dejas a la vista tu cintura perfecta y con la otra te acaricias cerca del ombligo.

Ya empezaste de nuevo.

sábado, 19 de junio de 2021

La espía Rusa

Llegó un jueves o un viernes.

El lunes era feriado y volvió el martes.
A primera hora.

Esa mujer se instalaba con una sombrilla de colores, varios termos y algunos recipientes que no se veía qué tenían adentro.
Desde un comienzo me pareció raro vender café en ese lugar. No era muy transitado. De hecho, casi no pasaba nadie más que los paseadores de perros y uno que otro jardinero que hacía la mantención del bandejón central.

La comencé a mirar desde la ventana del comedor, entre las persianas.
Siempre hablando o escribiendo textos por el teléfono. Desde mi departamento no se le podía ver la cara a esa distancia. Aparte que siempre usaba un jockey que le tapaba parte de los ojos y le escondía el pelo.

Pasé largas horas mirándola y cada vez me causaba más curiosidad. Nunca la vi vender un café, pero religiosamente anotaba algo en una libreta. Entonces se me ocurrió la brillante idea de poner en aviso a los policías que están de guardia en el edificio hacia el otro lado de la esquina. Me dijeron que iban a chequear. Los vi acercarse, no intercambiaron más que un par de palabras, no compraron nada. Cuando pasaron bajo mi ventana, me hicieron una señal de que todo estaba bien.

La vi por un par de semanas más.

No aguanté.

Bajé a comprar un café y poder verle la cara.

Era perfecta.
Le toqué el cuello.

Le pedí que viviera conmigo dos años.

martes, 15 de junio de 2021

Medusa

 

Me levanto en la mañana.
Tengo los ojos casi pegados de pena.
Recorro el camino hacia la cocina apoyándome en los muros para no caerme.
Ya salió el sol y me cuesta ver bien por el reflejo.
Me acuerdo que existe la palabra resolana, pero nadie la usa.

Busco el control remoto del equipo.
Me agacho para recogerlo debajo del sillón y me doy cuenta que hay un calcetín tuyo.
Quizás desde cuando nadie limpia ahí porque partiste hace demasiado tiempo.

Me acuerdo cuando la empecé a cagar y sentir celos de ti.
A revisar tus cosas, tu mochila, tu teléfono.
Nunca entendí que me estabas dejando de amar por estúpido.
Era más fácil echarle la culpa a otra cosa.

Prendo la música, pongo The Power of love de Frankie.
Entro a la cocina, caliento el café preparado hace tres días.

Miro alrededor y esta casa ya no es mi casa.
No reconozco nada de lo que hay y en realidad nada me importa si ya no estás más.
Debí haberte regalado flores cuando pude, aunque fuera cliché.
Debí haberte confesado que te amé mucho antes de lo que me atreví a confesar.

Pero siempre me tomé todo a la talla, nunca paré de bromear y fue tanto; que en algún minuto ya no se distinguía que todo lo que decía de viajar juntos, de cumplir mis promesas, de cambiar para mejor, era verdad. Y que de verdad lo sentía. O lo creía.

Miro el calcetín.
Tiene un hoyo.

jueves, 3 de junio de 2021

Máquina del tiempo

 Metro línea uno.

Hace rato que no andaba en metro. Años. Décadas.
Le robé, 
a la Manu, los audífonos que se le quedaron  en el auto y encontré buena idea escuchar algo de música.

Spotify con sus ideas propias me pone una canción de Sting.
Y ahí sucede, como Ego con la lapicera.

Estamos en el sillón, escuchamos el disco que acaba de salir, el que me trajo mi primo para que lo pasara a casette en el equipo de mi viejo. Te hago cariño en el pelo, luego en los pies. Invento un rito en que con dos círculos de saliva que dibujo con el dedo, uno en cada pantorrilla; eres mía.

O en realidad, tienes algo de mí que no tiene nadie más en este mundo.

Perdemos el tiempo con un poco de culpa, mañana hay entrega de taller, estamos casi a fin de año y nuestras notas están al filo de reprobar. Las maquetas a medio hacer, los planos con muy poca información.

Siento la felicidad máxima de no saber lo que quiero, solo de saber que sea para siempre.

Llega la mejor parte de la canción:

“Entonces déjame construir un puente, porque no puedo llenar el abismo”

Y siento que alguien me saca los audífonos desde atrás. Abro los ojos, volteo para verte y eres tú.

No envejeciste.
Me apuntas las puertas abiertas del vagón.
Suena la alarma de que se van a cerrar.

Salgo corriendo.

Es Tobalaba.

Tú vas a Escuela Militar.

miércoles, 12 de mayo de 2021

Grace Jones

Recuerdo perfectamente cuando esos amigos en común te llevaron a la casa.

Nunca me gustaron las citas a ciegas.


Se los dije muchas veces, que no quería conocerte, que al final sabía que iba a terminar enamorándome de ti, que ya estaba viejo, que no quería preocuparme por alguien.

Pero ahí estabas, sentada tímidamente, en mi propia casa, puntualmente. Antes que llegara yo, incluso.

A duras penas me miraste a los ojos y ahí me acordé que te había pasado eso del ojo, no recuerdo bien que era, pero lo tenías como una pelota roja a punto de explotar.

Todos hablaron por ti, que te ibas a operar, que no era nada para preocuparse, que ya ibas a estar mejor.

Seguías mirándome tímidamente, te acercaste, te sentaste a mi lado y no dijiste nada.

Me enamoré perdidamente de ti, de tu forma de ser, de tu olor, de tus arrebatos de furia, de tus tardes tomando el poco sol de invierno que entraba por la ventana.

Me acostumbré a entender que independiente de que estuviéramos peleados, siempre llegabas de la otra pieza, al final de la noche, te metías a la cama y me abrazabas sin decir nada.

Me acostumbré a nunca más salir con mis amigos y poder estar tranquilo, pues te extrañaba y quería siempre estar contigo.

Me acostumbré a tus ojos tristes, a tu odio a la lluvia y a tu pelo negro.

Me acostumbré a decirte Subarú.

Por el ruido que hacías al roncar.

jueves, 22 de abril de 2021

Alzheimer

 

Tal como “Still Alice” con la Julianne Moore cuando va trotando y no sabe dónde está ni quién es.
Siempre tuve miedo de eso.

Y ahí estoy, es una bencinera, pero no tengo claro qué es lo que sucede, cómo me llamo, ni qué tengo que hacer.

Te miro, abres la ventana muy poco y un hombre en uniforme nos dice que le pasemos la llave del auto para abrir la tapa de la bencina.
No reconozco el auto, pero trato de seguir la instrucción.

Y ahí sucede lo peor.

En mi desesperación no logro pasar la llave si no que, a cambio, empiezo a apretar botones al azar. El hombre insiste que le pase la llave y yo insisto en hacer cualquier otra cosa. Siento que no tengo control de nada. Me miras sorprendida.
Abro la maleta, prendo las luces, activo el limpiaparabrisas.

El hombre vuelve a pedir la llave, ya molesto.

Yo no logro juntar lo que estoy pensando con lo que debiera hacer.

Aprieto un par de botones más, se prende la radio, el hombre vuelve a pedir la llave, suena “Henny and Gingerale”.

Amablemente me tomas el antebrazo, me miras a los ojos, sacas la llave y se la entregas al hombre.

No te reconozco. Pienso que pudieras ser mi hija, quizás mi nieta.
Te pareces mucho a alguien que recuerdo haber amado demasiado.

Escucho un poco más la canción.

Te recuerdo bailándola en medio del campo.

 

El hombre nos pregunta si limpia el parabrisas.

lunes, 15 de marzo de 2021

Luna Rossa

 

Nunca había navegado en un yate.
Pero había leído mucho, visitado ferias de embarcaciones y estaba suscrito a un canal de reseñas de todo tipo de cruceros que anima un inglés medio turnio y muy simpático.
Soñaba que me ganaba el Kino y me compraba uno.
Con varias cabinas, para invitar a los amigos.
A motor si me ganaba el Powerball y a vela si me ganaba el Kino.

Siempre te contaba lo mismo, pero no llamaba tu atención en lo más mínimo.

Te mostraba los videos, las fotos, los atardeceres con una copa en la mano, con un sombrero para protegerse del sol, en esas reposaderas de cojines interminables.

Pero no había caso. Cero.

Entonces fuimos de vacaciones a San Andrés, y de la nada, casi de aburrida, decidiste arrendar una lanchita para que nos paseara por las pequeñas islas mientras tomábamos caipiriñas y piñas coladas.

La tripulación era un papá y su hijo que hablaban mitad español y mitad creole. El hijo se avergonzaba un poco de las historias del papá, pero igual lo ayudaba buceando y trayendo una estrella de mar, una mantarraya o cualquier cosa que llamara nuestra atención.
Su piel era casi azul de lo oscura, sus dientes blancos perfectos y sus ojos; hermosos.

 

Entonces, en la mitad de la nada, borrachos, nos tiramos una vez más al agua.

Me abrazaste y me dijiste que por fin entendías lo del yate.

 

Te sonreí.

Me dio un calambre.


Tragué un poco de agua salada.