Se suponía que me iban a emparejar con la dueña de casa, pero nunca fue así. Nunca entendí muy bien para qué me habían invitado a la fiesta, si en realidad la mina estaba pololeando con un vendedor de calzoncillos y yo no conocía a nadie.
Me entretuve, un
poco, tratando de descifrar a los invitados, entender sus historias, quiénes
estaban emparejados, y dejar que pasara el tiempo en lo posible, para que no se
me notara lo aburrido que estaba y las ganas de irme a dormir.
Lo peor de todo
es que todos me miraban y se preguntaban quién era yo y qué cresta estaba
haciendo ahí. Igual se supone que era el cumpleaños de una amiga de la dueña de
casa, pero no recuerdo la torta. Si recuerdo a la amiga. Sus zapatos. Y que
tenía un diente chueco.
El amigo con que
andaba, culpable de esta situación, tampoco me pescaba mucho. Las horas pasaban
y todo seguía de mal en peor.
Entonces
llegaste.
Me acuerdo de tu falda corta con lunares, tu polera blanca, tus dientes grandes
y tu cara de ardilla.
Me acuerdo de tu olor, de tus piernas, de tu conversación.
Por mucho rato logré tener toda tu atención para mí y fuiste todo lo que quise
hasta ese minuto.
Siempre supe que
íbamos a estar juntos, que tendríamos dos hijas y como se iban a llamar.
No imaginas cuanto
he tratado de huir de ese destino.
No imaginas cuanto te he amado.