Nos sentamos a conversar por última vez.
Me dijiste que no me creías nada.
Que nunca salíamos de esta etapa de conocerse y pasábamos a la siguiente.
A construir algo en conjunto. Algún proyecto concreto. Alguna cosa.
Siempre fuiste
impaciente, pero ese día sentí que la cosa se estaba poniendo grave.
Que ya no había más plazos, que tenías ganas de mandar todo a la mierda debido
a mi impavidez.
Corriste la silla, te sentaste muy cerca mío, me hiciste cariño y me pediste
que te dijera qué estaba pensando.
Para variar,
traté de adornar lo que iba a decir.
A hablar en bonito.
A tocarte alguna fibra para que te quedaras tranquila.
Pero no.
No hubo caso, y con el mismo cariño y tranquilidad me diste a entender que
pusiera mucho cuidado en lo que iba a decir porque quizás no habría más
conversación que esa.
No fue una amenaza. Lo dijiste con una tranquilidad y compromiso increíble.
Me sentí un poco
tonto.
Me acordé de esa mañana de sol cuando fue la primera vez que caminamos, primero
de la mano, y luego abrazados por el parque.
Entonces, por fin
te hablé desde el corazón.
En simple.
Lo que sentía.
Que pensaba todo el día en ti.
Que te veía en cada cosa que me pasaba.
En que pensaba todo el día en lo maravilloso que sería poder “abrazarse”.
Tú entendiste “embarazarse”.
Hoy tenemos hora para
la ecografía.
Son mellizos.
Pienso que nos
deberíamos comprar una van.
No hay comentarios:
Publicar un comentario