Me pediste que te cocinara una vez más.
Pero con esa mirada que no se trataba de tener hambre.
No se trataba de comer por comer, si no que querías esa cosa de mí que te
encantaba.
Que te sorprendiera, que te hiciera feliz.
Que fuera algo nuevo.
Algo que te evocara alguna de nuestras historias, de nuestros viajes, de
nuestras ganas de pasarlo bien, a pesar de todo.
Por primera vez
tuve un poco de miedo.
Miedo de empezar a repetirme en las ideas, en los sabores.
O que simplemente me estaba esforzando tanto en ser lo que siempre soñaste que
fuera, que corrí el límite a un punto que cada vez me costaba más superarlo.
Salí a comprar
los ingredientes y, como un fantasma, volví con las manos vacías.
Nada me emocionaba para emocionarte.
Nada era digno de lo que merecías, después de haberme dado tanto.
Caminé un par de
cuadras, por esas calles que una vez me dijiste que las querías memorizar para
siempre. Prendí un cigarrillo, llovió un poco. Caminé otro poco y no tuve nada
de inspiración.
Pensé que quizás te prometí más cosas de las que podía cumplir.
Pensé que quizás te estabas aburriendo de lo nuestro.
Tomé el teléfono y
te escribí preguntándote si tenías alguna idea, algún antojo.
Me respondiste que tenías ganas de que no nos separáramos nunca.
Que nos juntáramos en el café detrás de la tienda.
Llego con las
manos vacías.
Me esperas con un café.
Te amo.
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