Volvemos de la clínica en silencio.
Los resultados no son los que esperábamos.
Ya es inevitable.
Me queda poco tiempo, y no hay mucha vuelta que darle.
No dices nada.
Solo eres tan cariñosa como siempre.
Me tocas la cabeza, el pelo, me regalas tu sonrisa, pero tienes esa mirada
melancólica que la disimulas mirando por la ventana.
Estás un poco
distinta.
Me discutes todo, me haces bromas por cualquier cosa, te ríes de mis defectos
como antes no te permitías hacerlo.
Eso me hace feliz, siento que eres la mejor compañera, pero no encuentro las
palabras para decírtelo.
Te cuento algunas
historias antiguas.
Malas historias, de novias pasadas, en un intento estúpido por querer decirte que
eres lo mejor que me pasó en la vida, pero cómo siempre dijiste; “lo bueno, dura poco”.
Pones cara de
sorpresa y desaprobación.
Nunca te dije que me encantaba contarte historias, porque aparte de burlarte,
siempre me hacías un comentario que me dejaba algo importante para pensar.
Para sentir.
Me desvío del camino hacia la casa, paramos en la tienda de un buen amigo.
El que hace vestidos de novia.
Te ríes, me preguntas si es en serio.
Está un poco
lleno.
Cruzamos a comprar un cappuccino.
Volvemos, y sin mucha explicación, te toman las medidas.
En un vidrio, y con un plumón negro, dibujan tu silueta perfecta.
Te ves más
hermosa y feliz que nunca.
Tengo claro que puede que nunca lo vea terminado.
Te pido que nunca me olvides.