martes, 31 de julio de 2012

Los tuyos y los nuestros


Lola no termina nunca de armar su maleta. A pesar de que echó todos sus vestidos y sus zapatos de charol, dice que le falta un poco, que la esperemos. Se parece tanto a ti, aparte de las orejas, del pelo negro largo, de las cejas; se parece en que se demora una eternidad en estar lista para salir.

Ramuntcho espera sentado sobre su mochila. Es pequeña, bien armada, con lo justo y necesario. Me mira con cara de risa por mi desesperación de no poder partir. Escucha un Ipod, canta en inglés perfecto canciones de hace diez años atrás. Es tan distinto a ti y a mí.

Nos subimos al auto, subimos por Santa María, llamo por celular para que baje el triple pack, como cariñosamente los bautizaste.

Pablo viene con su mochila, con una bolsa con los zapatos de los dos, y con un bolso de mano en que trae su ajedrez, el computador y los juegos del Rafa. Pablo le cuesta mirar a los ojos. Cuando lo hace, se queda mirando de lado, como pensando.

El Rafa saluda a los más chicos poniéndoles caras divertidas. La Lola y Ramuntcho le celebran todo, mientras Pablo mueve la cabeza con desaprobación. El Rafa es el centro de mesa y el alma de la fiesta.

La Verito se acerca a mi ventana, me dice que quiere manejar ella.

Nunca le diría que no a algo que me pidiera.

Pasamos a Huentelauquén, a comer empanadas.

Amor a primera vista


Quedamos de juntarnos con la corredora en el departamento 1503 a las cinco en punto. Llego cinco minutos antes, me estaciono en la cuadra anterior, camino apurado, saludo al conserje y espero el ascensor. Pienso que llevo mucho tiempo buscando este departamento. Que es perfecto. Que firmo hoy y me cambio en un par de semanas.

Subo al ascensor, marco el quince, espero que se cierre la puerta. Entonces la puerta se vuelve a abrir y aparece ella. Alta con su abrigo azul, con la chasquilla recortada. Apenas me saluda y vuelve a marcar el quince. La miro de reojo, trae un archivador, unos libros y unas hojas con apuntes. Alcanzo a leer que se trata de un magister. Tiene cara de cansada.

Mis ganas de ser amable le ganan a la ansiedad, la dejo bajar primero, camino casi a su lado por el pasillo estrecho. Para mi curiosidad, se detiene frente a la puerta del 1503 y toca el timbre. Entramos al living. Saludo a la corredora y trato de explicarle que no venimos juntos. Sin embargo, nos cuenta que la llamamos el mismo día, que hicimos la oferta a la misma hora, que nos pongamos de acuerdo sobre quién se queda con el departamento.

Extrañamente, por primera vez no siento rabia ni frustración.

La miro, le digo que ella decida.

Que si le parece, nos casemos y vivamos juntos.

Me dice que no sabe cocinar.

Le digo que eso ya no me importa más.

domingo, 29 de julio de 2012

Baile de bodas


No hace mucho calor, corre un viento tibio. Cien de nuestros mejores amigos y familiares nos abrazan. Me pasas la libreta de familia para que no se pierda, la trato de meter en el bolsillo de la chaqueta y me doy cuenta de que sigue cosido, a pesar de que no es nueva.

Miro tu vestido blanco. Es corto, harto más arriba de la rodilla. Es asimétrico, un hombro queda a la vista y el otro tapado. Tiene un cuello alto y apretado, y un bolsillo en la parte de abajo que calza con el hombro descubierto.

Sirven champaña, la gente brinda, suena una canción de Soraya, todo el mundo ríe. Entonces pasa lo que mil veces te dije que no quería. Hablamos de eso muchas veces y fue lo único que te pedí. Del resto no opiné nada, pero esto para mí era importante. Suena el vals. Todo el mundo hace un círculo alrededor nuestro.

Te miro con cara entre súplica y rabia. Te encoges de hombros haciendo un gesto de inocencia, te acercas y tomas mi mano. Siento como todos están mirando. Quiero escapar de ese lugar.

Entonces, bailamos. Y cuando creo que viene lo peor, recuerdo esas tardes de miércoles en la casa de Bellavista cuando mi vieja bailaba conmigo un vals, me marcaba el ritmo, me contaba los compases. Yo tenía ocho años.

Te digo al oído que mi vieja me enseñó a bailar.

Me dices que a ti te enseñó tu papá.

sábado, 28 de julio de 2012

Amor (dos)


Nunca encontré cómo decírtelo. Que me gustabas, que quería invitarte a salir. Fue imposible. Yo no existía para ti. A pesar de que nos cruzamos un montón de veces en el ascensor de dónde trabajábamos.

Entonces desistí de la idea, lo olvidé, te cambiaste de pega y no nos vimos más. Hasta ese día que, de borracho, le pinté amarillo el techo a mi auto negro y salí en la mitad de la noche a buscar pasajeros,  me paraste en Apoquindo, y te subiste pidiéndome que te llevara al aeropuerto.

No dije nada, pensé que me ibas a reconocer, pero no. Como siempre, no pude hablar, y me quedé en blanco. No atiné a nada mejor que poner una canción de Sabina que una vez contaste que te gustaba. Tampoco resultó, me dijiste que por favor apagara la música y que no te hablara.

Me dices que me vaya por Vespucio y no por la Costanera Norte. Me dices que suba la calefacción, que tienes un frío de mierda. Me conformo con mirarte por el retrovisor en la oscuridad, mientras tecleas en dos teléfonos a la vez. Me dices que mire para adelante mejor, que vamos a chocar si te sigo mirando para atrás.

Pierdo la paciencia y te digo que te conozco.

Me dices que sabes perfectamente quién soy, y que soy un patético por estar jugando al taxi un jueves en la madrugada en vez de invitarte a salir.

Miro hacia adelante.

No sé qué decir.

jueves, 26 de julio de 2012

Amor (uno)


Me pides que te confiese cuando empezó todo. Que cuando empecé a enamorarme de ti, de ese amor que no tiene vuelta atrás.

Que no fue en la fiesta, porque fue antes de eso; que no fue esa vez que nos encontramos en Bellavista y no te acordaste de mí, a pesar de que estábamos sentados en mesas vecinas y te miré todo el rato. Que fue después de eso.

Que no fue esa vez que te mandé las flores con un nombre falso, porque fue antes de eso; que no fue esa vez que me quedé mirándote con la boca abierta mientras bailabas sobre esa rejilla iluminada, en ese antro en Noviembre. Que fue después de eso.

Que no fue la vez que fuimos por primera vez a mi casa, esa en que estuviste a punto de llorar dos veces , porque fue antes de eso; que no fue la vez que te dije que andaba con el vestido de novio en la guantera del auto. Que fue después de eso.

Que no fue la vez que te abracé y te dije que te quería por primera vez, en la despedida del aeropuerto, porque fue antes de eso; que no fue la vez que te abracé en el terminal de buses de la Alameda como a la una de la madrugada. Que fue después de eso.

Te escucho atentamente y te digo que tienes la razón.
Que no fue ninguna de esas veces.

Que te amo desde siempre.

martes, 24 de julio de 2012

Amor Amor


Me quedo mirando como armas la maleta con las pocas cosas que te quedan en la casa. Me gustaría decirte que te quedes, que lo intentemos una vez más. Que vayamos a terapia, que nos perdonemos, que hagamos un viaje, que hagamos algo.

Pero no hay nada que hacer. Ya me dijiste que habías pensado tu decisión. Que era lo mejor. Que estabas segura. Que no dijera nada más.

Te acompaño al ascensor, no me dejas subir. Me das un beso en la frente y te vas. Vuelvo a entrar, me tiro sobre la cama y me doy cuenta de que olvidaste tu perfume. Ese del frasco rojo.

Y ahí empezó el rito, el de ponerle un poco de perfume a la almohada todas las noches y repetir en voz alta, con la luz apagada, las buenas historias que tuvimos juntos durante todo esos años, para no olvidarlas.

Fueron meses de hacerlo todas las noches, luego empezó a ser un par de veces al mes, luego pasaban meses sin volver a lo mismo. Entonces pasó el tiempo, se acabó el perfume, compré otro frasco pero ya no era lo mismo.

Olvidé el asunto, boté todo a la basura, me cambié de casa. Me puse viejo, pasó el tiempo, nunca volví a estar con alguien, enfermé irremediablemente.

Miro por la ventana de la pieza de la clínica, me dicen que tengo visitas. Hace años que no tengo visitas.

Entras tú, o alguien muy parecida a ti.

Huelo tu perfume.

lunes, 23 de julio de 2012

Hormigas


Irremediablemente termino contándote sobre mis sueños.  Algunos son más entretenidos, otros son de lugares comunes. Trato de levantarme y escribir en la mitad de la noche lo que sueño, así no olvidarlo al día siguiente.

Este sueño trata de que voy caminando por un bosque. Es un día de invierno, hay un sol tibio. Es un camino ancho, lo suficiente para que pudiera circular un auto pequeño. Sin embargo, alguien excavó unos hoyos cuadrados de unos tres por tres metros, de tres metros de profundidad, de tal manera de dejar el paso solo a los caminantes. Los hoyos están llenos de basura, de bolsas, de botellas plásticas, de qué se yo.

El camino tiene unos setecientos metros desde un portal de madera hasta que se abre entre los árboles para dejar ver una playa paradisíaca secreta. En la playa  hay gente. No mucha, pero suficiente para que sea una molestia. Algunos hacen fogatas, otros ponen una música insoportable.

Me alejo de la gente yendo al extremo dónde está asoleado y no hay nadie. Me siento en la arena, jugando excavo un poco y encuentro un tesoro.

El sueño transcurre entre la felicidad de haber hecho el descubrimiento, la imposibilidad de rescatarlo y llevármelo sin que el resto lo note, el plan de cómo hacerlo en otro momento.

Trabajo varias noches, lo desentierro, lo llevo escondido a la casa.

No me canso de mirarlo.

Es un cofre, como los de los cuentos.

Está lleno de ramitas de queso.

Soy feliz.

martes, 17 de julio de 2012

Pulsar

Justo cuando nos conocimos, te pasó lo del tobillo. Vi tus fotos en lo de facebook con esa bota gris, las típicas que ponen ahora, en vez de la bota blanca de yeso de antes. Entonces nos mandamos mensajes por primera vez y te conté mi accidente a caballo; que yo sabía lo que era estar con esa bota por meses y caminar con bastones.

Me preguntaste más detalles, de cómo había sido, que si me había recuperado bien y todas esas cosas. Te respondí que lo buscaras en google, que estaba en todas las noticias, que había sido famoso por el par de días que quedé perdido en el bosque y que todos me buscaron.

Luego no nos vimos más, luego pasó el tiempo, nos encontramos, nos pusimos de novios, nos fuimos a vivir juntos, nos casamos. Luego nunca más hablamos de ese asunto.

Y ahí se juntan las dos historias. Los caballos con la de la playa famosa que nos contaron que existía, cerca de Lenga, dando al Pacífico. La que buscamos en nuestra primera cita, y también en la segunda. La que creímos haber encontrado una vez, que sacamos fotos y luego supimos que no era.

Y ahí estamos, bajando el caballo del trailer, porque ahora sabemos donde queda la playa y que solo se llega a caballo. Te subes a una cerca, mientras observas ponerme las botas y ensillarlo.

Miro al caballo, gira la cabeza y me queda mirando.

En sus ojos veo la locura.

jueves, 12 de julio de 2012

Resaca


Estamos sentados, nadie nos atiende, el lugar está lleno, una abeja sobrevuela solamente la mesa de nosotros. Hay un olor intenso a pescado frito, el sol me da directo en la cara. Me duele la cabeza, anoche tomamos más de la cuenta, seguimos esperando que alguien nos atienda.

Miro la puerta de vidrio de la entrada y me da risa una leyenda, escrita a mano con pintura blanca, que dice que no está permitido el ingreso de personas ebrias. Supongo que estamos ebrios técnicamente. Miro hacia afuera, los autos pasan por la costanera, el mar está tranquilo, el cielo azul perfecto, un par de nubes esponjosas a lo lejos. Logramos que nos traigan un par de cervezas, la abeja sigue molestando, ya no cabe más gente en el boliche.

Te miro, estás con un vestido corto con flores, medias negras y un chaleco negro con los puños elasticados. Como te veo a contraluz, tu pelo se ve de color rojo.  Hago un silencio, pienso en que me gustaría formalizar el tema contigo, que llevamos mucho tiempo juntos, pero que no hemos dicho nada. Entonces, justo cuando nos traen los platos con el pescado frito y las sopaipillas, te miro a los ojos y te digo si quieres ser mi novia.

Te empiezas a reír de nerviosa, me preguntas por qué te pregunto eso.
Te digo que quiero que seas mi novia, que es una pregunta simple.

Me dices que bueno.
Te ríes.

Me pides que te pase la sal.

martes, 10 de julio de 2012

Purísima


Como Juan, yo también empecé a repetirme en las historias. Pero bueno. Ya está.
Es esa del puente de Purísima con Bellavista. Esos puentes que en realidad son dos, juntos iguales, porque como yo soy más viejo, me acuerdo cuando lo corrieron con rieles un par de cuadras. Creo que uno era el de Loreto. Porque el puente de Pio Nono lo corrieron un poco y luego lo transformaron en un café. Ahora es un teatro.

Bueno, el asunto es que vamos por Purísima, a cruzar uno de los dos puentes, cuando un taxista por cambiar de pista, nos encierra y casi choca tu puerta. Con una mano te agarro y te empujo hacia mí y con la otra giro el volante para pasarlo y encerrarlo de vuelta.

No alcanzo a bajar el vidrio para decir algo, cuando me empiezas a putear. Que por qué hice eso, que el taxista también es una persona, que no lo conozco, que debe tener una familia e hijos, que seguramente está estresado por la pega del taxi y todo eso. Que qué derecho tengo a pensar que es un imbécil, si no lo conozco.

Prefiero no decir nada, una vez más me siento estúpido y solo. Sigo por la costanera hacia arriba, te miro de reojo la chasquilla que ya te creció, y me acuerdo que la había guardado en un papel la última vez que te la cortaste.

Me acuerdo que botaste el papel.

Bueno, al final son detalles sin importancia.

jueves, 5 de julio de 2012

Doppler


Vamos por la ciento cincuenta y seis desde Collipulli a Santa Juana, cerca de Nacimiento. Vamos últimos en una fila interminable de autos detrás de un camión. Aprovechamos de hablar un poco del fin de semana, de los planes para el futuro, de las discusiones de tu familia y de la mía.

Me miras, pones la voz de niña y me preguntas si todavía pienso en tener hijos contigo. Te respondo que no, que en realidad no quiero. Te ríes porque sabes que te estoy molestando. Miro hacia adelante, veo la fila de autos y que nadie se anima a adelantar.

Tengo muchas ganas de llegar a la casa, ducharme y cocer los camotes que compramos. Cambiamos la música y ponemos Close Cover de Wim Mertens, aparece una recta infinita, engancho en tercera y comienzo a adelantar a todo el mundo. Nos acercamos a una subida, pongo cuarta, pasamos a todos los autos y quedamos a nada de pasar al camión.

Me dices que no lo pase, que no se ve nada hacia el otro lado. Te hago caso, terminamos la subida detrás del camión  y nos encontramos con los pacos que están controlando la velocidad. Te miro con cara de culpable agradecido, me dices que doble en un camino de tierra que se ve adelante.

Te hago caso, doblo de curioso, avanzamos y me pides que me detenga. Te bajas, te sacas los pantalones, me dices que mire para otro lado.

Me cuentas que ya no aguantabas más.