No hace mucho
calor, corre un viento tibio. Cien de nuestros mejores amigos y familiares nos
abrazan. Me pasas la libreta de familia para que no se pierda, la trato de
meter en el bolsillo de la chaqueta y me doy cuenta de que sigue cosido, a
pesar de que no es nueva.
Miro tu
vestido blanco. Es corto, harto más arriba de la rodilla. Es asimétrico, un
hombro queda a la vista y el otro tapado. Tiene un cuello alto y apretado, y un
bolsillo en la parte de abajo que calza con el hombro descubierto.
Sirven
champaña, la gente brinda, suena una canción de Soraya, todo el mundo ríe.
Entonces pasa lo que mil veces te dije que no quería. Hablamos de eso muchas
veces y fue lo único que te pedí. Del resto no opiné nada, pero esto para mí
era importante. Suena el vals. Todo el mundo hace un círculo alrededor nuestro.
Te miro con
cara entre súplica y rabia. Te encoges de hombros haciendo un gesto de inocencia,
te acercas y tomas mi mano. Siento como todos están mirando. Quiero escapar de
ese lugar.
Entonces,
bailamos. Y cuando creo que viene lo peor, recuerdo esas tardes de miércoles en
la casa de Bellavista cuando mi vieja bailaba conmigo un vals, me marcaba el
ritmo, me contaba los compases. Yo tenía ocho años.
Te digo al
oído que mi vieja me enseñó a bailar.
Me dices que
a ti te enseñó tu papá.
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