Irremediablemente termino contándote sobre mis
sueños. Algunos son más entretenidos,
otros son de lugares comunes. Trato de levantarme y escribir en la mitad de la
noche lo que sueño, así no olvidarlo al día siguiente.
Este sueño trata de que voy caminando por un bosque.
Es un día de invierno, hay un sol tibio. Es un camino ancho, lo suficiente para
que pudiera circular un auto pequeño. Sin embargo, alguien excavó unos hoyos
cuadrados de unos tres por tres metros, de tres metros de profundidad, de tal
manera de dejar el paso solo a los caminantes. Los hoyos están llenos de
basura, de bolsas, de botellas plásticas, de qué se yo.
El camino tiene unos setecientos metros desde
un portal de madera hasta que se abre entre los árboles para dejar ver una
playa paradisíaca secreta. En la playa hay
gente. No mucha, pero suficiente para que sea una molestia. Algunos hacen
fogatas, otros ponen una música insoportable.
Me alejo de la gente yendo al extremo dónde
está asoleado y no hay nadie. Me siento en la arena, jugando excavo un poco y
encuentro un tesoro.
El sueño transcurre entre la felicidad de
haber hecho el descubrimiento, la imposibilidad de rescatarlo y llevármelo sin
que el resto lo note, el plan de cómo hacerlo en otro momento.
Trabajo varias noches, lo desentierro, lo
llevo escondido a la casa.
No me canso de mirarlo.
Es un cofre, como los de los cuentos.
Está lleno de ramitas de queso.
Soy feliz.
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