Estamos
sentados, nadie nos atiende, el lugar está lleno, una abeja sobrevuela
solamente la mesa de nosotros. Hay un olor intenso a pescado frito, el sol me
da directo en la cara. Me duele la cabeza, anoche tomamos más de la cuenta,
seguimos esperando que alguien nos atienda.
Miro la
puerta de vidrio de la entrada y me da risa una leyenda, escrita a mano con
pintura blanca, que dice que no está permitido el ingreso de personas ebrias.
Supongo que estamos ebrios técnicamente. Miro hacia afuera, los autos pasan por
la costanera, el mar está tranquilo, el cielo azul perfecto, un par de nubes esponjosas
a lo lejos. Logramos que nos traigan un par de cervezas, la abeja sigue
molestando, ya no cabe más gente en el boliche.
Te miro,
estás con un vestido corto con flores, medias negras y un chaleco negro con los
puños elasticados. Como te veo a contraluz, tu pelo se ve de color rojo. Hago un silencio, pienso en que me gustaría
formalizar el tema contigo, que llevamos mucho tiempo juntos, pero que no hemos
dicho nada. Entonces, justo cuando nos traen los platos con el pescado frito y
las sopaipillas, te miro a los ojos y te digo si quieres ser mi novia.
Te empiezas
a reír de nerviosa, me preguntas por qué te pregunto eso.
Te digo que
quiero que seas mi novia, que es una pregunta simple.
Me dices que
bueno.
Te ríes.
Me pides que
te pase la sal.
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