Quedamos de
juntarnos con la corredora en el departamento 1503 a las cinco en punto. Llego cinco
minutos antes, me estaciono en la cuadra anterior, camino apurado, saludo al
conserje y espero el ascensor. Pienso que llevo mucho tiempo buscando este
departamento. Que es perfecto. Que firmo hoy y me cambio en un par de semanas.
Subo al
ascensor, marco el quince, espero que se cierre la puerta. Entonces la puerta
se vuelve a abrir y aparece ella. Alta con su abrigo azul, con la chasquilla
recortada. Apenas me saluda y vuelve a marcar el quince. La miro de reojo, trae
un archivador, unos libros y unas hojas con apuntes. Alcanzo a leer que se
trata de un magister. Tiene cara de cansada.
Mis ganas de
ser amable le ganan a la ansiedad, la dejo bajar primero, camino casi a su lado
por el pasillo estrecho. Para mi curiosidad, se detiene frente a la puerta del
1503 y toca el timbre. Entramos al living. Saludo a la corredora y trato de explicarle
que no venimos juntos. Sin embargo, nos cuenta que la llamamos el mismo día,
que hicimos la oferta a la misma hora, que nos pongamos de acuerdo sobre quién
se queda con el departamento.
Extrañamente,
por primera vez no siento rabia ni frustración.
La miro, le
digo que ella decida.
Que si le
parece, nos casemos y vivamos juntos.
Me dice que
no sabe cocinar.
Le digo que
eso ya no me importa más.
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