Como Juan,
yo también empecé a repetirme en las historias. Pero bueno. Ya está.
Es esa del
puente de Purísima con Bellavista. Esos puentes que en realidad son dos,
juntos iguales, porque como yo soy más viejo, me acuerdo cuando lo corrieron
con rieles un par de cuadras. Creo que uno era el de Loreto. Porque el puente de
Pio Nono lo corrieron un poco y luego lo transformaron en un café. Ahora es un
teatro.
Bueno, el
asunto es que vamos por Purísima, a cruzar uno de los dos puentes, cuando un
taxista por cambiar de pista, nos encierra y casi choca tu puerta. Con una mano
te agarro y te empujo hacia mí y con la otra giro el volante para pasarlo y
encerrarlo de vuelta.
No alcanzo a
bajar el vidrio para decir algo, cuando me empiezas a putear. Que por qué hice
eso, que el taxista también es una persona, que no lo conozco, que debe tener
una familia e hijos, que seguramente está estresado por la pega del taxi y todo
eso. Que qué derecho tengo a pensar que es un imbécil, si no lo conozco.
Prefiero no
decir nada, una vez más me siento estúpido y solo. Sigo por la costanera hacia
arriba, te miro de reojo la chasquilla que ya te creció, y me acuerdo que la
había guardado en un papel la última vez que te la cortaste.
Me acuerdo
que botaste el papel.
Bueno, al
final son detalles sin importancia.
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