Me quedo mirando como armas la maleta con las
pocas cosas que te quedan en la casa. Me gustaría decirte que te quedes, que lo
intentemos una vez más. Que vayamos a terapia, que nos perdonemos, que hagamos
un viaje, que hagamos algo.
Pero no hay nada que hacer. Ya me dijiste que
habías pensado tu decisión. Que era lo mejor. Que estabas segura. Que no dijera
nada más.
Te acompaño al ascensor, no me dejas subir. Me
das un beso en la frente y te vas. Vuelvo a entrar, me tiro sobre la cama y me
doy cuenta de que olvidaste tu perfume. Ese del frasco rojo.
Y ahí empezó el rito, el de ponerle un poco de
perfume a la almohada todas las noches y repetir en voz alta, con la luz
apagada, las buenas historias que tuvimos juntos durante todo esos años, para
no olvidarlas.
Fueron meses de hacerlo todas las noches,
luego empezó a ser un par de veces al mes, luego pasaban meses sin volver a lo
mismo. Entonces pasó el tiempo, se acabó el perfume, compré otro frasco pero ya
no era lo mismo.
Olvidé el asunto, boté todo a la basura, me
cambié de casa. Me puse viejo, pasó el tiempo, nunca volví a estar con alguien,
enfermé irremediablemente.
Miro por la ventana de la pieza de la clínica,
me dicen que tengo visitas. Hace años que no tengo visitas.
Entras tú, o alguien muy parecida a ti.
Huelo tu perfume.
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