Lola no
termina nunca de armar su maleta. A pesar de que echó todos sus vestidos y sus
zapatos de charol, dice que le falta un poco, que la esperemos. Se parece tanto
a ti, aparte de las orejas, del pelo
negro largo, de las cejas; se parece en que se demora una eternidad en estar
lista para salir.
Ramuntcho
espera sentado sobre su mochila. Es pequeña, bien armada, con lo justo y
necesario. Me mira con cara de risa por mi desesperación de no poder partir. Escucha
un Ipod, canta en inglés perfecto canciones de hace diez años atrás. Es tan
distinto a ti y a mí.
Nos subimos
al auto, subimos por Santa María, llamo por celular para que baje el triple
pack, como cariñosamente los bautizaste.
Pablo viene
con su mochila, con una bolsa con los zapatos de los dos, y con un bolso de
mano en que trae su ajedrez, el computador y los juegos del Rafa. Pablo le
cuesta mirar a los ojos. Cuando lo hace, se queda mirando de lado, como
pensando.
El Rafa
saluda a los más chicos poniéndoles caras divertidas. La Lola y Ramuntcho le
celebran todo, mientras Pablo mueve la cabeza con desaprobación. El Rafa es el
centro de mesa y el alma de la fiesta.
La Verito se
acerca a mi ventana, me dice que quiere manejar ella.
Nunca le
diría que no a algo que me pidiera.
Pasamos a
Huentelauquén, a comer empanadas.
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