Nunca
encontré cómo decírtelo. Que me gustabas, que quería invitarte a salir. Fue
imposible. Yo no existía para ti. A pesar de que nos cruzamos un montón de
veces en el ascensor de dónde trabajábamos.
Entonces
desistí de la idea, lo olvidé, te cambiaste de pega y no nos vimos más. Hasta
ese día que, de borracho, le pinté amarillo el techo a mi auto negro y salí en
la mitad de la noche a buscar pasajeros, me paraste en Apoquindo, y te subiste
pidiéndome que te llevara al aeropuerto.
No dije
nada, pensé que me ibas a reconocer, pero no. Como siempre, no pude hablar, y
me quedé en blanco. No atiné a nada mejor que poner una canción de Sabina que
una vez contaste que te gustaba. Tampoco resultó, me dijiste que por favor
apagara la música y que no te hablara.
Me dices
que me vaya por Vespucio y no por la Costanera Norte. Me dices que suba la
calefacción, que tienes un frío de mierda. Me conformo con mirarte por el retrovisor
en la oscuridad, mientras tecleas en dos teléfonos a la vez. Me dices que mire
para adelante mejor, que vamos a chocar si te sigo mirando para atrás.
Pierdo la
paciencia y te digo que te conozco.
Me dices
que sabes perfectamente quién soy, y que soy un patético por estar jugando al
taxi un jueves en la madrugada en vez de invitarte a salir.
Miro hacia
adelante.
No sé qué
decir.
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