sábado, 28 de julio de 2012

Amor (dos)


Nunca encontré cómo decírtelo. Que me gustabas, que quería invitarte a salir. Fue imposible. Yo no existía para ti. A pesar de que nos cruzamos un montón de veces en el ascensor de dónde trabajábamos.

Entonces desistí de la idea, lo olvidé, te cambiaste de pega y no nos vimos más. Hasta ese día que, de borracho, le pinté amarillo el techo a mi auto negro y salí en la mitad de la noche a buscar pasajeros,  me paraste en Apoquindo, y te subiste pidiéndome que te llevara al aeropuerto.

No dije nada, pensé que me ibas a reconocer, pero no. Como siempre, no pude hablar, y me quedé en blanco. No atiné a nada mejor que poner una canción de Sabina que una vez contaste que te gustaba. Tampoco resultó, me dijiste que por favor apagara la música y que no te hablara.

Me dices que me vaya por Vespucio y no por la Costanera Norte. Me dices que suba la calefacción, que tienes un frío de mierda. Me conformo con mirarte por el retrovisor en la oscuridad, mientras tecleas en dos teléfonos a la vez. Me dices que mire para adelante mejor, que vamos a chocar si te sigo mirando para atrás.

Pierdo la paciencia y te digo que te conozco.

Me dices que sabes perfectamente quién soy, y que soy un patético por estar jugando al taxi un jueves en la madrugada en vez de invitarte a salir.

Miro hacia adelante.

No sé qué decir.

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