Vivo en Buenos Aires.
Estoy sobrio hace un rato, tengo un trabajo a medio tiempo, estoy empezando de
nuevo.
Tomo un taxi, voy al hotel Savoy, entro al lobby, pregunto por mi amigo Juan
Hundred.
Espero un rato
ojeando el Instagram, aparece Juan, pedimos café y medialunas, y le cuento a lo
que vine.
Quiero escribir como vos, no quiero seguir más en lo mío.
Escribir que no quería tragar esos garbanzos ni esa carne quemada.
Escribir que quería agarrarla del pelo y sacarle la ropa en la mitad de la
cocina.
Escribir que quería manosearle el culo tan fuerte que le iba a sacar un pedazo.
Entonces me
interrumpe y empieza a preguntar qué cosas se me vienen a la cabeza.
Sin pensarlo.
Como imágenes. Que cierre los ojos. Como el yoga. O la meditación. O alguna de
esas boludeces.
Inevitablemente
pienso en ti.
En que no puedo olvidarte.
En que me hubiera encantado no haber sido tan pelotudo y haberte dicho lo que
me pasó ese martes.
Haberte dicho que cuando estabas ahí, y te miré fijo a los ojos, no me salieron
las palabras para decirte lo mucho que me importabas.
Que cuando te toqué las cejas y te dibujé con los dedos, me empecé a enamorar
como un pibe de 15.
Entonces, escucho una carcajada, abro los ojos y toda la gente del lobby nos
mira.
Juan se pone de pie, aun riendo, se abrocha la chaqueta, me habla;
“Flaco, pagá vos la cuenta”.
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