Bañamos y acostamos a los niños.
Salimos un rato a la casa de amigos.
Nos emborrachamos.
Reímos.
Siempre volvemos
caminando, conejeando por calles interiores, bromeando que te regalo un
departamento gigante.
Hablamos en ruso con las nueve palabras que nos aprendimos por google.
Subimos en el
ascensor y aprovecho de hacerte cariño.
Entramos al departamento, nos sacamos lo zapatos y me recuerdas que hay que
esconder los huevitos.
Sacas una bolsa pequeña, y empezamos a meterlos en cada rincón posible.
Estamos en eso y
te pregunto si cuando eras chica lo hacían en tu familia.
Me cuentas que sí, que todos los años.
Hasta que no lo hicieron más.
Miro tus ojos y están brillantes. Miras por la ventana. Te pierdo.
Hago mis chistes
inclusivos del conejite de pascue y los huevites, pero no te hace gracia.
Trato de cambiar el tema pero nada funciona.
Cada vez que pasa eso, te pregunto directamente y hablamos largas horas y me
cuentas tus historias. Las buenas y las no tanto.
En mi
desesperación por recuperarte, recuerdo algo.
Destrozo un huevito lo muelo y lo meto junto los pedazos de su envoltorio y
plásticos varios en una de las bolsas celestes que ocupamos para la caca del
perro.
Le escribo con un plumón rojo; “No sea intrusa, señora”.
Lo meto bajo tu almohada y bajo a pasear al perro.
A mi vuelta
sostienes la bolsa con dos dedos muerta de la risa.
Me agradeces preocuparme por ti.
Estás sin ropa.
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