Salimos un buen tiempo.
Yo siempre quise ir más lento, pero tú eras demasiado impaciente e impulsiva.
Entonces te
aburriste que yo estuviera esperando a juntar más plata para irnos a vivir
juntos de una buena vez, y te fuiste a vivir con Pablo y Renato que eran pareja
en ese minuto.
No lo encontré
tan mala idea en un principio, porque podía verte cuando quisiera, porque ya no
tenías que vivir con tu mamá que te trataba como que tuvieras doce años, y
porque ya no sentía esa presión de arrendar algo para vivir contigo.
Entonces
cambiaste. Te volviste demasiado responsable y estructurada, cada vez salías
menos, te gustaba quedarte cocinándole a tus amigos y haciendo vida casera. Te
volviste una obsesiva del orden, de sacarse los zapatos, de no fumar, ni de
comer carne, ni emborracharse sin motivo.
Y luego la
agarraste conmigo. Que no era autónomo, que no sabía cocinar, que era machista,
que me vestía pésimo, que no usaba perfume, que tenía mal gusto, que era un
bruto.
Te amaba tanto,
que cambié para hacerte feliz. Hice caso en todo lo que me decías, pero no fue
suficiente. Entonces le pedí consejo a Pablo. Me enseñó demasiadas cosas. A
vestirme mejor, a escuchar buena música, a tomar sólo una copa de un buen vino,
a no comer como una bestia, a cortarme el pelo y arreglarme la barba, a no
decir pachotadas.
Siempre me lo dijo con cariño.
Hoy cumplimos dos años.
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