Llegó un jueves o un viernes.
El lunes era feriado y volvió el martes.
A primera hora.
Esa mujer se instalaba
con una sombrilla de colores, varios termos y algunos recipientes que no se
veía qué tenían adentro.
Desde un comienzo me pareció raro vender café en ese lugar. No era muy
transitado. De hecho, casi no pasaba nadie más que los paseadores de perros y
uno que otro jardinero que hacía la mantención del bandejón central.
La comencé a
mirar desde la ventana del comedor, entre las persianas.
Siempre hablando o escribiendo textos por el teléfono. Desde mi departamento no
se le podía ver la cara a esa distancia. Aparte que siempre usaba un jockey que
le tapaba parte de los ojos y le escondía el pelo.
Pasé largas horas
mirándola y cada vez me causaba más curiosidad. Nunca la vi vender un café,
pero religiosamente anotaba algo en una libreta. Entonces se me ocurrió la
brillante idea de poner en aviso a los policías que están de guardia en el
edificio hacia el otro lado de la esquina. Me dijeron que iban a chequear. Los vi
acercarse, no intercambiaron más que un par de palabras, no compraron nada. Cuando
pasaron bajo mi ventana, me hicieron una señal de que todo estaba bien.
La vi por un par de semanas más.
No aguanté.
Bajé a comprar un
café y poder verle la cara.
Era perfecta.
Le toqué el cuello.
Le pedí que
viviera conmigo dos años.
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