viernes, 25 de junio de 2021

Hora agendada

Estábamos en la universidad, lo pasábamos increíble, nos reíamos todo el tiempo.

Pero me empezó a dar miedo.
Quería probar otras cosas, era muy joven, tenía toda la vida por delante, si no era ahí, no sería nunca.
Entonces, pasó lo inevitable.

Habíamos quedado en ir a comprar unos cuadernos, o algo así. Algo para la universidad. No recuerdo bien.
Fuimos en el auto de mi viejo, te dejé en la esquina.
Te dije que me daba la vuelta y te pasaba a buscar por el frente.
Nunca volví.
No me dio pena, no me dio nada.
Me cambié de ciudad, de carrera y de universidad.
Mi viejo murió al poco tiempo y nunca volví a nuestra ciudad.
Nunca me volví a acordar de esa historia.

Pasaron los años, me fue bien.
Empecé a tener demasiado tiempo libre, me bajó la nostalgia, quise recuperar el Toyota beige de mi viejo que nos prestaba para ir a la U.

Lo encontré, estaba intacto.
Lo había comprado un amigo de mi viejo y lo tuvo guardado.

Me subo, sigue ese mismo olor “a maestro” como decía mi vieja.
Bajo la ventana, parto.
Llego a la calle de la librería y como un deja vú; recuerdo toda la historia.

Reduzco la velocidad, alguien me mueve la mano, me detengo.
Eres tú.
Subes dos niños hermosos al asiento trasero.
Me das un beso en la mejilla.
Me preguntas por qué me demoré tanto.
Me entregas una agenda.

“Es la última que quedaba”.

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