No era lo mío celebrarle el cumpleaños a la Paula.
Yo siempre pedía tu ayuda como su hermana mayor.
Siempre sabías que regalarle.
Lo de las flores, los globos con números y letras.
La torta.
Este año justo tocaba un domingo.
La idea era que cuando llegáramos de la playa, estuviera todo listo.
Como de sorpresa.
Aunque la Paula siempre sabía que eras tú.
Llegamos antes de
que oscureciera.
Y ahí empezó el drama.
Cómo te pasé mis llaves, tuvimos que tocar el timbre.
Nunca abriste.
La Paula se metió por una ventana y nos abrió.
Yo entré con las maletas y las niñas.
No había globos
ni torta.
Nada de nada.
Tu figurabas
absolutamente borracha sobre el sillón del living.
Una montonera de vasos y botellas de todo tipo, vacías sobre la mesa de centro.
La Paula llevó a las niñas a sus piezas.
Me empezaste a
decir que te habías aburrido de ser la hermana mayor, la buenita, la mejor alumna
del colegio y de la universidad.
De haberte hecho cargo de la empresa de tu mamá cuando no pudo seguir
trabajando.
De los huevones egoístas con que te relacionaste.
Mientras
hablabas, te ibas bajando los pantalones, sacando la blusa y quedando solo en
ropa interior.
Te sientas en el
sillón, te cruzas de piernas y me miras como Sharon Stone.
Me dices que la torta está escondida adentro del horno y el regalo en mi
clóset.
Tienes un tatuaje
con forma de corazón en el poto.
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