Nunca había
navegado en un yate.
Pero había leído mucho, visitado ferias de embarcaciones y estaba suscrito a un
canal de reseñas de todo tipo de cruceros que anima un inglés medio turnio y
muy simpático.
Soñaba que me ganaba el Kino y me compraba uno.
Con varias cabinas, para invitar a los amigos.
A motor si me ganaba el Powerball y a vela si me ganaba el Kino.
Siempre te
contaba lo mismo, pero no llamaba tu atención en lo más mínimo.
Te mostraba los
videos, las fotos, los atardeceres con una copa en la mano, con un sombrero
para protegerse del sol, en esas reposaderas de cojines interminables.
Pero no había
caso. Cero.
Entonces fuimos
de vacaciones a San Andrés, y de la nada, casi de aburrida, decidiste arrendar
una lanchita para que nos paseara por las pequeñas islas mientras tomábamos
caipiriñas y piñas coladas.
La tripulación
era un papá y su hijo que hablaban mitad español y mitad creole. El hijo se
avergonzaba un poco de las historias del papá, pero igual lo ayudaba buceando y
trayendo una estrella de mar, una mantarraya o cualquier cosa que llamara
nuestra atención.
Su piel era casi azul de lo oscura, sus dientes blancos perfectos y sus ojos;
hermosos.
Entonces, en la
mitad de la nada, borrachos, nos tiramos una vez más al agua.
Me abrazaste y me
dijiste que por fin entendías lo del yate.
Te sonreí.
Me dio un
calambre.
Tragué un poco de agua salada.
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