Tal como “Still
Alice” con la Julianne Moore cuando va trotando y no sabe dónde está ni quién
es.
Siempre tuve miedo de eso.
Y ahí estoy, es
una bencinera, pero no tengo claro qué es lo que sucede, cómo me llamo, ni qué
tengo que hacer.
Te miro, abres la
ventana muy poco y un hombre en uniforme nos dice que le pasemos la llave del
auto para abrir la tapa de la bencina.
No reconozco el auto, pero trato de seguir la instrucción.
Y ahí sucede lo
peor.
En mi
desesperación no logro pasar la llave si no que, a cambio, empiezo a apretar
botones al azar. El hombre insiste que le pase la llave y yo insisto en hacer
cualquier otra cosa. Siento que no tengo control de nada. Me miras sorprendida.
Abro la maleta, prendo las luces, activo el limpiaparabrisas.
El hombre vuelve
a pedir la llave, ya molesto.
Yo no logro
juntar lo que estoy pensando con lo que debiera hacer.
Aprieto un par de
botones más, se prende la radio, el hombre vuelve a pedir la llave, suena “Henny
and Gingerale”.
Amablemente me
tomas el antebrazo, me miras a los ojos, sacas la llave y se la entregas al
hombre.
No te reconozco.
Pienso que pudieras ser mi hija, quizás mi nieta.
Te pareces mucho a alguien que recuerdo haber amado demasiado.
Escucho un poco
más la canción.
Te recuerdo
bailándola en medio del campo.
El hombre nos
pregunta si limpia el parabrisas.
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