Hace mucho calor, no hay casi nada de viento. Caminamos por la avenida La Marina, paralelo al Marga-Marga, desde el Miramar hasta el Casino.
Nos detenemos frente al edificio Copacabana y me quedo mirando los balcones de colores. Me encanta el amarillo. Pintaría todo un edificio de ese mismo amarillo perfecto.
Estoy transmitiendo mi teoría de los colores cuando te miro y veo que no me estás poniendo atención en lo más mínimo. Miro tus ojos llenos de pena y me cuentas una historia de amor de invierno que terminó mal en ese mismo lugar.
-Tú eres igual que el resto, sólo te importan tus cosas y nada más- me dices tan despacio, que apenas puedo oír tu voz. Trato de defenderme, pero no tiene sentido. Estoy acostumbrado a esos cambios de ánimo que vienen de una historia muy antigua.
Seguimos caminando, cruzamos el puente, no hablamos.
Tomamos avenida San Martín, paramos frente al Bravissimo. Apenas mueves la cabeza, para responderme con un gesto, que no quieres nada. Para hacerme el divertido, pido un "helado amarillo". -¿De qué sabor?- me pregunta el vendedor. Le respondo que no importa, el que sea más amarillo.
Te miro de reojo y sigues triste. Tomo el helado y cuando voy a probarlo, siento que me tiras el pelo, y me lo quitas.
No alcanzo a reaccionar, cuando de una mascada, te lo comes casi entero.
Miro tu cara llena de helado y me hablas cagada de la risa.
-Esto da cáncer, huevón.-
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