Miro el desastre que tengo en la pieza del hotel. Siempre lo mismo, las cosas tiradas por todas partes, la ropa de anoche pasada a cigarrillo, las carpetas para la reunión de hoy esparcidas por el suelo.
Debiera levantarme de una vez, pero sigo tapado, abrazado a la almohada, con la mitad de la cama intacta. Nunca me acostumbré a dormir solo, nunca dejé de ocupar el lado derecho, nunca me gustaron los hoteles.
Suena el teléfono, contesto, y una voz amable me avisa que me están esperando abajo.
Prendo la radio del despertador y suena la canción de la Annie Lenox, la de los vampiros. La misma que tanto te gustaba y que escuchábamos cien veces seguidas en el auto cuando íbamos al norte. En realidad no me acuerdo si te gustaba tanto la canción, o es la excusa para pensar en ti.
Nunca me perdonaste que tomara esta pega de viajes eternos. Cada vez nos empezamos a ver menos, ya no íbamos a la casa de la playa, no celebrábamos los cumpleaños, dejamos de viajar. Y nos fuimos separando de a poco. Muy de a poco.
El teléfono vuelve a sonar y no contesto. No quiero hablar con nadie ahora.
Tengo los ojos llenos de lágrimas, pienso en ese domingo que me fuiste a dejar abajo en pijama, que nos dimos el beso más cariñoso del universo.
Pienso en que prometí cuidarte para siempre, y no cumplí mi palabra.
Tomo el teléfono, marco tu número, contestas.
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