Siembre quise invitar a salir a la rubia de cuarto piso, mi vecina.
Sabía perfecto que había terminado con su novio hace poco. Además sabía, que ella le gustaba el baile, a sobremanera. La veía salir a sus clases de flamenco, o con zapatos de Tap, o vestida para el tango.
Todos los martes salía como a las ocho de la noche a eso del baile, religiosamente. Ahí fue cuando vi la oportunidad.
Siento su puerta, y salgo por la mía, con mis zapatos de baile, recién comprados, en la mano. Ella me queda mirando curiosa, y yo hago como si nada. Nos subimos al ascensor y no puede evitarlo. -¿Tú bailas?- me pregunta. -Sí, claro, como todo el mundo- respondí haciéndome el interesante. Entonces hablamos sobre el tema, ofrecí llevarla y quedamos en salir a la semana siguiente. A bailar, por supuesto.
Me tomé la semana completa, fui a clases de ocho horas diarias, hasta que supe que estaba listo.
Salimos al famoso salón de baile, ella con un vestido rojo y un peinado perfectos, yo cagado de susto. Entonces pasó que nos sentamos, pedimos unos tragos y luego otros, hablamos hasta el infinito de nuestras vidas, de los viajes , de los miedos, de astrología.
De bailar, nada.
Pasaron las horas, ella, como una niña, apoya sus dos pies sobre mis rodillas, miro sus zapatos brillantes y sus uñas rojas y me dice, -¿Vamos a mi casa?-
Le hago cariño en los tobillos.
Calza ocho.
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