Miro mis zapatos negros, de suela. Siempre están opacos, nunca muy lustrados, con la punta de los cordones deshilachadas.
Me acuerdo que la Constanza me los regaló para una navidad, porque se los pedí. De hecho siempre me regalaba zapatos, siempre con muy buen gusto, siempre pagados con mi tarjeta de crédito. Cuando ya no empezó a regalármelos más, debí haberme dado cuenta que algo andaba mal. Muy mal.
Hace frio, no es una buena idea andar un día de invierno trayéndolos puestos, la humedad se cuela hasta las rodillas, el tibio sol de invierno no calienta a nadie.
Mi día transcurre invariablemente hacia el fracaso desde todo punto de vista. No tengo ganas de nada, ni siquiera de desaparecer.
Bajo un brazo toco entre mis rodillas. Bajo el otro, junto las palmas, la cabeza aún a poyada sobre el escritorio. La boca seca, las comisuras de los labios con heridas, la barba de cuatro días sigue creciendo. El ventilador del computador con un ruido insoportable, una chimenea quemando leña a lo lejos.
El metal liso entre las palmas, rozando la madera justo debajo de mi oído.
La campanita del computador avisa que entra un mail. Giro un poco la cabeza y alcanzo a ver la nube celeste en la esquina de la pantalla, que avisa de que respondiste mi correo.
"No, muchas gracias Pablo, dejémoslo hasta acá."
Un estruendo.
Los zapatos quedan teñidos de rojo. Pequeñas astillas de madera flotan.
Ya no siento frío. Ya tengo sueño.
No hay comentarios:
Publicar un comentario