No me gusta acompañar
a la Cote al cumpleaños de sus amigos. No encuentro tema en común. Puede ser la
diferencia de edad, de gustos, de qué se yo. No me gusta, y punto.
Pero siempre
pongo mi mejor cara, me tomo un par de vodkas, me alegro y lo paso bien.
Voy pensando
en todo esto mientras subimos en el ascensor a un cumpleaños más, pero esta
vez, es diferente. De todas las personas del universo que podrían abrir esa
puerta, apareces tú. Con la misma sonrisa, con un par de arrugas más en los
ojos, un poco menos flaca, pero básicamente igual después de todos estos años.
La Cote
pregunta qué de dónde nos conocemos, y sólo atinas a responder que en una época
en que eras autodestructiva. Me escondo en la cocina, me hago un vodka, la
Cote me reta porque lleno el vaso sin pensar, mientras miro una foto tuya con
un niño que imagino es tu hijo.
Durante toda
la noche hablo distraídamente y pienso que pudimos haber tenido algo serio. Que
te lo dije muchas veces la vez que nos conocimos, y que te reíste, pensando que
era por la borrachera.
Llega el
minuto de la torta, y tienen que ir a buscar a tu marido con una grúa a la
terraza. Apagas las velas y él, a duras penas te da un abrazo y te besa. Como sin
ganas.
Miro la
pared, hay un par de diplomas de título enmarcados.
Es dentista.
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