Siempre es lo mismo.
Cada vez que algo anda mal en mi vida, termino llamándote. A las horas más insólitas, en el estado en que esté. O deprimido, o borracho, o sin pega, o sin novia.
Camino por Apoquindo hasta tu casa, desde el metro Alcántara, doblando por el cerrito Navidad, en ese lugar que me da miedo pasar de noche.
Y siempre estás ahí, sentada afuera de tu edificio, esperando. Siempre lo mismo, que caminas a encontrarme, que me abrazas por la espalda, que me haces cariño en el pelo y subimos. Siempre nos reímos de lo viejo de tu Ford Escort azul, de el hall de entrada inútil del edificio, del gimnasio que sólo ocupas tú.
Me acuerdo cuando los dos estábamos enfermos y vimos el final de LOST mientras hablábamos por teléfono, cada uno desde su casa. Me acuerdo como lloramos juntos, y hablamos casi toda la noche. Me acuerdo de la música y de pensar en la suerte de tenerte, me acuerdo de que usabas frenillos en esa época.
Subimos al ascensor, marco el cinco, me miro en el espejo y veo que tengo los ojos rojos y unas ojeras espantosas. La puerta del departamento está abierta, entramos a la cocina y preparas un té. Siento tanta vergüenza que esta escena se repita una y otra vez.
Apagas el televisor y en tono solemne me dices:
-Me voy a casar-
Te miro en silencio, y te encuentro hermosa.
Te pido leche para el té.
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