lunes, 16 de enero de 2012

Tristeza no tiene fin

La sala de reuniones se llena cada vez más de gente desconocida. Faltan sillas, así que tienen que traer algunas de la oficina de al lado. Miro los platos con las galletitas ordenadas, con ganas de sacar una. El problema es que el orden es tan perfecto, que da como vergüenza matarlo.

Alguien baja las cortinas con un control remoto para que la imagen de la presentación se vea mejor. De las doce personas sentadas en la mesa, ocho tienen notebooks abiertos y teclean alguna cosa muy distante de este lugar.

Se abre una vez más la puerta y entra la pasajera número trece. Es una mujer ni tan joven ni tan vieja, ni tan alta ni tan baja, con el pelo crespo negro, perfecta. Lleva un vestido negro con escote redondo, un bolso cruzado adelante y unos zapatos rojos maravillosos. Apenas logro verlos en la oscuridad, pero sé que son hermosos.

Mi vecino de asiento presenta a la trece, con nombre y apellido. Miro la minuta, y ahí está su nombre y su mail. Salgo de mi aburrimiento pensando en que nos tocará trabajar juntos por un tiempo.

Inexplicablemente la mujer me mira fijamente y no esquivo la mirada tratando de ganar el desafío. Casi sin apartar la vista, saca su blackberry y teclea alguna cosa.

Siento la vibración de mi teléfono en el bolsillo.

Es un mail de ella.

Me escribe que mis zapatos son divertidos.

Los miro.

Tengo uno negro y uno café.

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