Ya habíamos quedado en salir, pero ese día no tenía ganas de nada. Mentí en la oficina diciendo que tenía una reunión fuera, pero la verdad era que no pude volver después de almorzar en la casa, si no que apagué la música, cerré las cortinas de la pieza y me acosté tapado, sin siquiera sacarme los zapatos.
Desperté un par de horas después con el sonido del teléfono. La típica llamada perdida anónima.
Miro el reloj y me doy cuenta de que estoy con el tiempo justo para ir a buscar las entradas, pasarte a buscar y partir al teatro. A duras penas me levanto y me lavo la cara con agua helada.
De ahí en adelante lo único que siento es una angustia incontrolable.
Angustia de manejar en el taco, de buscar un estacionamiento, de recorrer esos pasillos interminables llenos de gente.
Tengo la constante sensación de que no voy a poder ser capaz de seguir. Me falta el aire, me siento en el segundo peldaño de una escalera.
Tomo el teléfono y pienso que es una buena idea llamarte para cancelar todo. Las manos me tiemblan, transpiro helado y no logro marcar tu número.
Entonces justo me llamas.
Me dices que mejor no hagamos nada, que te atrasaste en la oficina. Cuando estoy a punto de responderte, levanto la cabeza y te veo con el celular en la mano, a un par de metros, cagada de la risa.
Llevas puesto un vestido azul, con lunares blancos.
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