Sigo sentado en el auto, escuchando radio, en el estacionamiento del supermercado. No me quiero bajar hasta que termine la canción de la Stevie Nicks que ocupo de excusa para pensar en ti.
Nunca entendí mucho eso de que “estoy viviendo un momento personal importante y no puedo compartirlo”. Solo me acuerdo de haberte visto un par de días después de ese mensaje, besándote afuera del Liguria, con el pendejo que trabajaba para ti.
Ese mismo de la chaqueta de cotelé con parches en los codos.
Pobre.
Varios autos dan vueltas y vueltas buscando estacionamiento, algunos me hacen señas para saber si ya me voy, pero nada. Sigo escuchando la canción.
Miro la lista del supermercado tratando de entender la letra de mi nana, haciéndome el ánimo de entrar a esa mierda llena de gente.
Entonces; de la nada, te veo pasar por el frente. Vas vestida con esa chaqueta vieja de cuero que me gustaba tanto, desabrochada, dejando ver un embarazo ya bastante avanzado.
Trato de esconderme hundiéndome en el asiento, pero te acercas, cruzas directo hacia el auto, te pones al lado de la puerta y me tocas el vidrio.
-¿Todavía sigue en pie la invitación a salir?-, me dices medio riendo y bastante en serio, acariciándote la panza.
Ahí me acuerdo que te dije que estábamos viejos para tener hijos. Eso fue la noche que te invite a mi casa, esa última que nos vimos, la misma en que llevaste la orquídea.
Apago la radio.
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