Entramos un poco atrasados a la sala de reuniones por culpa del maldito tráfico del centro. Algunos intercambian tarjetas de presentación mientras el resto se prepara un café en la mesita del rincón. Nos dicen que esperemos cinco minutos más, mientras llega el abogado que los representa, para que haga las preguntas de rigor.
Pasan los minutos y me comienzo a molestar. Esta fusión les conviene a ellos, que aunque no lo reconozcan, están al borde de la quiebra por su estúpida administración "familiar".
Siento por el pasillo un taconeo apurado que se dirige hacia nosotros, imagino a la secretaria confirmando que el abogado sigue atrasado, como si nosotros no lo supiéramos.
Pero no.
A través del vidrio pavonado distingo el pelo rojo y largo. Las medias a rayas blancas y negras, como el teclado de un piano, y su voz tratando de cortarle a alguien una conversación por celular.
La María.
En todos los años que estuvimos juntos, nunca le puse mucha atención a que idiotas asesoraba, ni nada de nada en realidad. La historia terminó muy mal y ahora la tenía frente a mí.
Me mira y pone disimuladamente su índice sobre los labios cerrados, con una mirada seria.
Durante la presentación, hace sugerencias bastante lógicas y les comenta a ellos que le parece bien lo que estamos ofreciendo.
Finalmente me pregunta:
-Pablo, ¿Vas a cumplir tus promesas esta vez, o vas a ser un maricón cómo fuiste conmigo?-
Miro el suelo, la alfombra es café.
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