Me dijiste
que harías cualquier cosa por mí. Lo que sea. Es verdad, fue en una pelea en la
mitad de la noche, en que te desesperaste porque por primera vez hablamos de
separarnos. Me miraste y me dijiste que ni cagando, que no ibas a dejar las
cosas así. Me abrazaste y me dijiste que agarrabas tus pilchas, y que renunciabas
a tu pega, y que te venías conmigo al norte.
Y fue en ese
minuto, en que me di cuenta de que era un imbécil y que no podía pensar mi vida
sin ti, en que eras todo lo que yo quería, todo lo que me importaba en el
mundo.
Y bueno,
nunca más se habló del tema, pero de vez en cuando jugaba con eso y te pedía
cosas. Tonteras. Pequeñas pruebas estúpidas de que era verdad. Como que dijeras
garabatos, o meterte la lengua por la nariz, o hacerte cosquillas. Ponerte la
polera de la U y subir la foto a facebook, para que tu familia que es del Colo se
enojara.
Entonces, te
pedí que me acompañaras a los setenta años de mi viejo, que no veía hace años.
Te pedí que dejaras de fumar, que nos casáramos, que adoptaras a mis hijos, que
nos fuéramos a vivir al campo, que dejaras tus clases, tu trabajo, tu familia.
Y todo lo hiciste.
Y ahora, que
han pasado años, te pido que me dejes de querer.
Y ahora me
sales con que no.
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