Cortamos el
teléfono, la última pregunta que me haces es si estoy seguro de que te amo realmente.
Son las dos y media de la tarde, estoy metido en la cama, vestido. Afuera hace
calor aunque es invierno.
Decido que
mejor tomo el auto y voy a verte. No me importa manejar quinientos kilómetros,
pero necesito decírtelo personalmente, que sí estoy seguro, que no es un juego.
Que no soporto la idea de pasar otra noche peleado contigo, de seguir con la
incertidumbre de si esto va a hacia alguna parte o ya no funciona más.
Paso a
echar bencina en la salida de Santiago, como algo, tomo un café para no
quedarme dormido. Pienso en que si te gustará verme, en que quizás no y que ya
no quieres verme más. Pasan las horas y los kilómetros, miro el atardecer con
un cielo anaranjado impresionante en Linares. Cambio de radio cada cinco
minutos para subirme el ánimo, para ganarle al sueño.
Oscurece. A lo lejos miro las luces de Chillán, miro la hora y ya son más de las siete. Me
imagino que estás a punto de salir de la oficina y que debiera llamarte en un
rato, para darte la sorpresa de que por fin nos veremos.
Tomo la
autopista del Itata y comienza a llover un diluvio. Prendo las luces altas y me
acerco al parabrisas tratando de ver mejor. Es hora de llamarte.
Me
distraigo marcando tu número.
Golpeo fuerte
la barrera.
Suena
ocupado.
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