sábado, 23 de junio de 2012

Hay locuras


Cortamos el teléfono, la última pregunta que me haces es si estoy seguro de que te amo realmente. Son las dos y media de la tarde, estoy metido en la cama, vestido. Afuera hace calor aunque es invierno.

Decido que mejor tomo el auto y voy a verte. No me importa manejar quinientos kilómetros, pero necesito decírtelo personalmente, que sí estoy seguro, que no es un juego. Que no soporto la idea de pasar otra noche peleado contigo, de seguir con la incertidumbre de si esto va a hacia alguna parte o ya no funciona más.

Paso a echar bencina en la salida de Santiago, como algo, tomo un café para no quedarme dormido. Pienso en que si te gustará verme, en que quizás no y que ya no quieres verme más. Pasan las horas y los kilómetros, miro el atardecer con un cielo anaranjado impresionante en Linares. Cambio de radio cada cinco minutos para subirme el ánimo, para ganarle al sueño.

Oscurece. A lo lejos miro las luces de Chillán, miro la hora y ya son más de las siete. Me imagino que estás a punto de salir de la oficina y que debiera llamarte en un rato, para darte la sorpresa de que por fin nos veremos.

Tomo la autopista del Itata y comienza a llover un diluvio. Prendo las luces altas y me acerco al parabrisas tratando de ver mejor. Es hora de llamarte.

Me distraigo marcando tu número.

Golpeo fuerte la barrera.

Suena ocupado.

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